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José Díaz Cervera

 

 

Escribimos para ser lo que no somos
o para proyectar lo que quisiéramos ser

Svetlana Larrocha

 

Con motivo de la reciente publicación de su libro Para astillar la longitud del rayo (Ed. Dante, 2002), José Díaz Cervera, quien recientemente formó parte del jurado del V Premio Internacional de Poesía “Nicolás Guillén”, nos habla de sus libros, de sus apreciaciones poéticas, de sus certezas.

 

—Háblanos de tus primeros encuentros con la poesía.

—Tenía 10 años cuando leí Siddharta: fue mi primer contacto con la literatura. No leo mucho ni rápido, pero la poesía ha sido el género que siempre me ha gustado, aunque no intenté escribirla en mis inicios. Incluso en la Universidad miraba con respeto a quien escribía poesía, ya que me daba cuenta que mis recursos eran más limitados… eso me inhibía.

En 85, estando de viaje por Europa, me enteré del terremoto de la Ciudad de México… Al regresar, me di cuenta de la necesidad de decir cosas. Entonces un amigo me recomendó un taller literario. Yo no sabía qué era un taller. Llegué y era el que coordinaba Carlos Illescas.

Ahí encontré lo que buscaba. Ya luego, mi condición de yucateco me hizo entrar en contacto más amistoso con Carlos, y lo demás se fue dando sobre la marcha. Facilitó el que yo había sido lector. Lo demás fue voluntad, deseo de hacer las cosas, con respeto y ánimo… siempre con la voluntad de querer decir algo y, sobre todo, de aprender. Y aprendí también que en este oficio de escribir sólo se logra las cosas con paciencia. La poesía me redime de la impaciencia.

Un día, descubrí que ya estaba escribiendo lo que a mí me gustaba, que empezaba a decir cosas y sentí que eso era definitivo. Tenía yo 27 años.

—Y llega Licantra. La crítica especializada ha dicho que es uno de los mejores libros, si no el mejor, de la colección El Ala del Tigre. ¿Qué significó el que haya sido tu primera obra?

—Es una alegoría a una mujer que simboliza la sensualidad, y un hombre común y corriente, absolutamente anónimo, quien le escribe poemas pero jamás se acerca a ella. Precisamente a través de esta interrogación que se da, de no contacto ––Licantra sabe que alguien la desea, le escribe, la oye pasar, oye su taconeo––, a través de esta relación-no relación, se crea un puente de enorme erotismo.

Fue en Tuxtla, Gutiérrez, Chiapas, la única presentación que el libro tuvo y ya luego se agotó. Roberto Rico y Óscar Oliva, los presentadores, comentaron que para ser el primer libro no era autobiográfico, como el común de las óperas primas. Porque allí todo es ficción. La mujer y el bibliotecario son una fusión de personajes.

—En cambio, en Manual del fingidor se vislumbran inquietudes más cercanas… ¿qué evolución percibes entre Licantra hasta llegar a Para astillar la longitud del rayo?

—Más que evolución, hablaría de transformación, de maduración. Creo que el arte no es evolutivo —no creo que sea mejor la poesía del siglo xiii que la del siglo xx—. Hay una instancia en la que puedes decir ya gané ciertas bondades estilísticas, cierta coherencia expresiva, etc. Digamos que pasé de hablar en alegorías a hablar en imágenes que apelan a mi subjetividad más clara.

Creo, por otra parte, que la frescura e intensidad de Licantra jamás regresarán a mi poesía. En Para astillar… quise desprenderme de ataduras, quise tratar de buscar un lenguaje menos dependiente de los significados, más volátil, más encaminado a los significantes, y el prejuicio de pensar en el lector ––que todo poeta tiene–– con este libro comenzó a quitárseme. ¿Qué hubiera hecho Eliot si hubiera pensado en el lector? Seguro que no hubiera publicado sus cuartetos. Claro, Eliot añadió unas notas en Tierra Baldía, pero en los cuartetos ya se desprendió del prejuicio de tratar al lector como un analfabeto emocional. Intento acuñar una poesía de ese nivel. En el libro que estoy preparando actualmente, que aún no tiene un título muy claro, trato de nuevo de acercarme a estos aspectos tan variados de los sentidos y de la emoción. Ojalá y lo logre.

 

Al pedirle que defina en dos palabras su libro más reciente, José no lo piensa mucho: “La desnudez. En Para astillar… desnudo muchos aspectos de lo que soy, de lo que pienso, de lo que anhelo, alguien con preocupaciones paternales, sexuales, sociales. Quizá el título tenga que ver con esta desnudez que está ahí, pero que sólo se vislumbra en esa fracción de segundo que puede alumbrar el rayo. Y es una desnudez que no es sólo mía, sino también del lector”.

 

—¿Y Manual del Fingidor? Es la que obtuvo el premio de los Juegos Florales Nacionales…

—Un premio o una publicación no me hace mejor poeta. La importancia del premio, creo, no tiene que ver más que con la del dinerito que uno gana ––y gasta con mucha rapidez––. Manual… es un libro que yo amo no por el premio, sino porque me permitió entender dos aspectos. El primero: si yo hubiera seguido escribiendo del mismo tema, en el mismo tono, en las mismas circunstancias de Licantra, entonces me hubiera sentido mal por repetirme. El segundo: uno tiene que entender que la vida es que como si se escribiera un solo poema.  Entonces, si bien es cierto que hay una ruptura entre Licantra y Manual…, en el fondo hay preocupaciones que continuaron vigentes.

—Pero el escritor también escribe para mostrar su trabajo, para publicar…

—Mira, he publicado libros que me han dado satisfacciones, en lugares importantes. Sin embargo, creo en el trabajo, y creo en mi trabajo. No me interesa esa comparsa de reyezuelos que detentan el poder. La cultura se hace a pesar de los funcionarios. A mí no me interesa si quien dirige un Instituto de Cultura es un payaso o un inepto. Eso no me hará dejar de publicar. Creo que he sido leído tanto en la Ciudad de México como en mi Estado. Conocen mi trabajo aunque no me conozcan a mí. Recuerdo una anécdota: un muchacho que dirigía una revista, Pregonarte, al conocernos me habló muy bien de Licantra, pero me imaginaba alto, melenudo, de mezclilla, tipo antropólogo, y no como realmente yo era…. Esto es parte de la sublimación del artista. Creo que escribimos para ser lo que no somos o para proyectar lo que quisiéramos ser. Hace años se iba a  realizar en Mérida una antología de poetas yucatecos denominada Tiempo vegetal. Quien la hizo llegó a Mérida preguntando por mí y alguien le dijo que nadie sabía de mi persona ni dónde andaba. Y sin embargo,  el antologador sabía de mí. Pero, bueno, publicar es gratificante, aunque realmente lo que me llena es ver concluido un trabajo. Es un momento inigualable de gozo, incluso mayor que ver el libro publicado o el poema en una revista o suplemento.

—Siempre has mencionado la necesidad de poemarios, más que de poemas sueltos…

—Pienso que los libros de poemas tienen que estructurarse con pasión, con rigor,  con un sentido muy claro del tono poético que debe respetarse en cada capítulo, con los distintos matices entre un capítulo y otro, lo que va a configurar una totalidad.

La lírica del siglo veinte nos dice que el poema que es absolutamente biográfico está totalmente fuera de la jugada. O sea, el poema de amor que en el fondo no es un poema de una gran pasión por el mundo, por la humanidad, que no habla de los poemas del hombre, está ya rebajado, lo cual no quiere decir que no se hagan poemas de amor. Pero todo debe estar perfectamente estructurado, donde se manejen tonos, matices, colores, capacidades lingüísticas, aspectos formales, todo lo que permita construir  una especie de mosaico poético en el que se queden dichas todas tus inquietudes.

Por eso, un poemario que se construya meramente por acumulación no tiene ningún sentido. Un poema lo puede hacer casi cualquiera; un buen poemario, no. Hay que pensar en una inquietud, en una obra, no en una yuxtaposición de poemas, en una incoherente suma de estados de ánimo. Puedo amanecer feliz porque mi hijo me despertó con un beso y no dejar de sentir desazón por el peligro de una guerra. Si se acabara el mundo y quedara un solo libro que fuera una colección de estados de ánimo, y alguien de otro planeta llegara y leyera aquel libro, no podría saber qué pasó; nada habría que lo conecte con la realidad de la Tierra.

Recientemente leí un volumen de la historia cotidiana de la Roma antigua, donde muchos aspectos de ella se han extraído de textos de poetas latinos. El poeta debe ser un historiador. Creo que ellos no querían hacer historia, pero en el fondo de su poesía está la huella de su tiempo, y es la más confiable porque es la más subjetiva.

 

José hace hincapié en que es una responsabilidad acuñar una palabra y que aunque sea respetable tener ideologías, el poeta no debe ponerse al servicio del poder, porque si lo hace se está traicionando. “Siempre he buscado mi independencia económica e intelectual y los únicos vínculos que reconozco son los emanados de la amistad. Fuera de eso, como poeta, no me ata absolutamente nada. No podría ver a mis  hijos o a mi esposa a la cara si yo traicionara esta palabra que empeño cuando escribo un poema.”

 

—¿Honestidad con el entorno?

––El poeta que se vende en el fondo no es poeta. Edgar Alla Poe finalizó su vida en medio de una crisis de alcoholismo y haciendo ditirambos, vendiendo su pluma a lidercillos, a politicastros, y sin embargo fue un gran poeta. Pero pudiéramos decir que para ese entonces, su vena poética ya estaba agotada; la circunstancia alcohólica matiza este asunto. Ahora, el que en la plenitud de su capacidad expresiva y con un futuro promisorio, venda su pluma, se alíe con el poder y oferte su expresividad por prebendas políticas, por “chambas” o por premios, la historia lo va a juzgar.

 

Para Díaz Cervera, el poeta es un ave de mal agüero “porque cuando se da cuenta que la palabra no tiene una función meramente designadora, sino que la palabra tiene una categoría genésica, es decir, de identidad creadora,  entonces el poeta empieza a pisar terrenos de la conciencia, casi podemos decir de la conciencia pura. Esto a nadie le gusta. Es como cuando un médico nos diagnostica una enfermedad que pudiera ser grave, creo que hasta lo odiamos, porque no nos está dando buenas noticias. Y el poeta, cuando penetra en la conciencia pura, siempre termina dándonos malas noticias”. Y recuerda a Marcial, a Catulo, a Quevedo, a Góngora, al Marqués de Santillana, al Arcipreste de Hita, poetas que han quedado para la posteridad “porque fueron los cronistas de su tiempo: aun de los que se dice que eludieron la realidad en la que vivieron, por esa elusión consignaron lo pesada que era esa realidad que les tocó padecer. Por eso, si un poeta dice que está enamorado de lo bello, ni está enamorado ni conoce lo bello. Rimbaud sentó a la belleza en sus rodillas y la injurió. Ahí que la perspectiva de la creación en nuestros tiempos haya tenido un vuelco diametral. El  creador que haga lo contrario, está condenando su poesía a la intrascendencia. Cuando era adolescente escuché unos versos: ‘Quien dice que la ausencia causa olvido merece ser de todos olvidado’. No importaba quién los había escrito, eran, a mi juicio, verdaderos, profundos: Luego supe que eran de Juan Boscán. Pero el texto valía sin conocer al autor”.

José reflexiona acerca de la poesía de nuestro tiempo: “Es de búsqueda, aunque esta búsqueda no siempre obtiene encuentros. Ahora bien,  mientras no se deje ver honestidad intelectual, honradez emocional, la poesía no tendrá futuro. Puedo encontrar una obra que no me satisfaga, pero sé reconocer estos factores si existen. A lo mejor no me satisfizo lingüísticamente, pero no por eso voy a perder la fe en este autor y en sus propuestas posteriores. La palabra puede servir par escondernos o para desnudarnos. Quien la usa para esconderse jamás tendrá un destino. También quien la usa como mera voluptuosidad del lenguaje está condenado a no decir nada. Por eso no es fácil asumir que la palabra te va a dejar desnudo en medio de miradas anónimas. Si no se tiene valor para eso y se usa una jerigonza, el estilo nunca se logra. Ya sabes, el hombre es el estilo.

Al preguntarle sobre la poesía experimental, el autor de Elocuencias del delirio se queda en silencio,  luego sonríe:

––No hay poema que no sea de búsqueda. Pero si para cubrirte comienzas a tildar de experimental algo, me parece que no se tiene una vocación poética.

Yo no soy un poeta viejo. Tampoco soy un jovencito. Y Dios me libre de que un día me ponga yo a satanizar a los poetas jóvenes. Si hay alguna esperanza para la poesía, ésta se encuentra en los jóvenes. Opino que los jóvenes deben “aventarse” y experimentar. Eso sí, hay que experimentar a partir de un ABC de cultura literaria. Como te dije al principio, no tengo la experiencia de haber escrito a una edad joven, pero creo que mi poesía es bastante juvenil: habla de muchas inquietudes. Entonces, que la poesía experimente, bien; que la poesía se arriesgue, bien; pero –y esto es para jóvenes y viejos–: no podemos confundir ignorancia con riesgo. Si te vas a arriesgar tienes que tener un principio de conocimiento literario. Decir que es un estilo de bailar el no llevar el ritmo cuando uno baila es usar la ignorancia como riesgo o experimentación. A ver, métete sin condón con una prostituta, tírate de un helicóptero sin paracaídas. La experimentación no es para ver qué pasa, sino para tener un objetivo muy claro. Hay que decir “voy a experimentar con esto para llegar a esto’”. Muchos jóvenes poetas ni saben qué es un verso…

 

Los conceptos de José son precisos; sus definiciones, contundentes: “El verso es una unidad sintáctica, métrica y de sentido. Pero el verso también es una circunstancia altamente compleja: en primer lugar, su carácter rítmico tiene que ver con la sonoridad de las palabras, con la cadencia con que ellas están ensambladas y con la disposición interna de los acentos. Tiene que tener una correspondencia con la vibración interior del verso, con ese rumor que te queda después de leerlo, capaz de evocar una serie de circunstancias, olores, colores, sabores. El plano sonoro que está en el verso, empíricamente observable en  su estructura externa, tiene que corresponderse también con esta música interna que sostiene todo lo demás. Esto permite que el poema se orqueste, como una breve sinfonía. Aprenderlo no es sencillo, ya que puede quedar en una mera concupiscencia sonora  y esto debe trascenderse, porque lo importante es decir y no la palabra en sí. El poeta podría quedarse sin decir, lo que sería su tragedia… También debe saber en qué momento callar: el silencio tiene un alto valor poético”. Tropo