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Jorge Volpi

 

Intento explicar la locura o

 el amor en términos racionales

 

Olinka Ávila

 

Invitado por el Instituto Quintanarroense de la Cultura y la Universidad del Caribe, el escritor Jorge Volpi presentó en Cancún El Fin de la locura, su más reciente novela. En el marco de esta visita, el autor de En busca de Klingsor —resonante éxito editorial y de crítica— habló en exclusiva para tropo. En esta entrevista, Volpi menciona dos de los demonios que danzan en sus novelas: el amor y la locura; y nos comparte el origen de esa preocupación: una anécdota desgarradora en la vida del poeta cordobés Jorge Cuesta, que desprende en Volpi la idea de que la literatura es imprescindible en la vida y lo hace sumergirse en un mundo donde imaginación y conocimiento suelen ser aliados hacia lo impredecible.

 

Jorge Volpi es un hombre de su generación. Imbuido en la circunstancia histórica del siglo xx y xxi, se esfuerza por desentrañar en sus novelas la complejidad de su momento. Esto lo lleva a explorar fenómenos sociales e históricos, que entreteje con las hecatombes personales de sus personajes. La historia, la ciencia, el arte y la política vistos no como un suceso de masas, sino como sustancia y germen de las ideas, pasiones, deseos, o limitaciones de los individuos que las protagonizan.

 

—¿Por qué elegir el personaje de Jorge Cuesta, uno de los más importantes poetas mexicanos, para escribir una primera novela?

—La idea me vino cuando escuché a un amigo narrar un episodio de la vida de Cuesta. Cuando están por llevar a Cuesta al manicomio y llegan los enfermeros a su casa, él les pide tiempo. Se rasura, les vuele a pedir tiempo, saca tres hojas de papel de su escritorio y, sobre la cómoda, escribe las tres ultimas estrofas de Canto a un dios mineral. La imagen me pareció tan fuerte… ¡Que alguien sea capaz de querer terminar un poema antes de ser llevado al manicomio! Eso me demostraba que la literatura era algo imprescindible en la vida. A partir de ahí, empecé a investigar sobre Jorge Cuesta, a quien yo había leído muy poco. Su biografía, su vida, me fueron convenciendo de que el personaje era fascinante, no solamente un gran poeta, sino además químico y uno de los primeros críticos modernos de México. Él quería detener el paso del tiempo y eso me pareció interesantísimo. Todo esto me llevó a escribir esta novela.

—¿Te identificabas con el personaje de Jorge Cuesta?

—Para escribir esta novela decidí crear un personaje intermedio, que también se llamaba Jorge. Así que empiezo la novela con esta frase: “Se llamaba Jorge como yo y por eso su vida me duele dos veces.” Esto habla de cierta identificación. Y el otro tema de la novela habla de esta supuesta identificación del personaje y el poeta, quien a fuerza de ir investigando su vida la va repitiendo. Esto era algo que me ocurría a mí, no en el extremo que le ocurre al personaje, desde luego. Pero la relación entre la inteligencia y la locura, de alguna manera, siempre me ha interesado. ¿Hasta dónde la inteligencia se vuelve demencia? Cuesta parece ejemplificarlo de manera muy clara, y ahora, en retrospectiva, sigue siendo uno de mis temas centrales.

En tu primera novela exploras la búsqueda del conocimiento llevado a sus últimas consecuencias. Jorge Cuesta se entrega a esta vorágine, que lo lleva a realizar experimentos con él mismo, y se suicida en esta búsqueda. ¿En El fin de la locura retomas esta necesidad de exploración de los laberintos del pensamiento, en este caso utilizando técnicas psicoanalíticas?

—Qué bueno que lo señalas: hace mucho que no pensaba en la primera novela. Creo que ahora, viéndolo con detenimiento, hay coincidencias entre ésta y ésa. Evidentemente, son dos novelas sobre la locura, pero distintas. Mientras que en Cuesta la locura es real y trágica (ahí, vista como el reverso de la inteligencia), en El fin de la locura se exponen locuras muy diferentes. Desde la del personaje, que se parece más a la estupidez, hasta la del resto de los protagonistas de la novela: Jaques Lacan, el psicoanalista obsesionado por desentrañar los mecanismos de la locura; Althusser, padeciéndola toda su vida y luego ésta llevándolo a cometer un crimen; Michael Foucault, aborreciendo siempre de la locura; detestando todo lo que se acercara a la histeria. Creo que él mismo se sentía cerca de ella y la tenía como uno de sus temas. Su primer gran libro fue La historia de la locura en la época clásica.

Hay muchas locuras distintas. Incluso con métodos de Foucault se puede estudiar la locura de Jorge Cuesta. Es decir, “el loco” es capaz de la mayor lucidez. De pronto, en El fin de la locura Aníbal Quevedo lo intenta: en ciertos momentos es capaz de decir unas cuantas verdades. “El loco” como espejo de la sociedad; “el loco” como el que la sociedad aborrece porque le muestra, también, la verdad.

En El fin de la locura exploras la psique de los hombres poderosos. ¿Es esto otro intento de comprender la naturaleza humana a través de la ciencia?

            —Tú vas relacionándolo todo, lo cual me gusta mucho. Mientras que antes la ciencia y la alquimia de Jorge Cuesta eran una manera de desentrañar el mundo, en En busca de Klingsor la física es la técnica dominante, no sólo para resolver los problemas de la física, sino para tratar de entender las relaciones humanas. Ahora, en esta novela es una deformación de la ciencia, el psicoanálisis, que no es exactamente una ciencia. Incluso, gran parte de la burla en la propia novela, es por no ser propiamente una ciencia. En este caso, es la herramienta que sirve para tratar de comprender a estos hombres de poder. La idea es extrapolar estos conocimientos a través de la novela. La ciencia sirve para explorar el mundo; en una novela, la ciencia sirve para explicar el comportamiento de los que se aman.

—En tus novelas hay una constante búsqueda por desentrañar las esencias del  amor o la locura a través de la ciencia.  Parece que buscaras desenmascarar a Dios por medio del método científico.

—Qué bueno que lo mencionas. Me llama mucho la atención tu intuición o lo que sea. Antes de empezar a escribir, viví una de las experiencias que más me cuestionaron. Yo estaba en la secundaria, en una escuela marista. Teníamos un profesor ateo, quien los viernes, en lugar de dar física —la materia que impartía, lo cual era ya interesante—, se dedicaba a hablar y contradecir la doctrina católica. Decía que la religión católica era un enorme error; y yo, que nunca había sido católico muy practicante, decidí, junto con mi mejor amigo, demostrarle, con argumentos racionales, la existencia de Dios. Teníamos trece y catorce años y leíamos a Santo Tomás de Aquino; y luego, terminó pasando que quien se volvió agnóstico fui yo. Pero la idea misma sigue presente, la idea de que con argumentos racionales se puede, ya no probar la existencia de Dios, sino casi cualquier cosa: tratar de entender el mundo racionalmente y el fracaso que, al final,  representa esto.

Y el amor, ¿crees que se pueda explicar racionalmente?

—Ése es el constante fracaso de los personajes, sobre todo en En busca de Klingsor. Aquí es muy claro. Los personajes son científicos que optan siempre por la razón; pero en el caso del amor, muchas veces tienen que optar por la sinrazón del amor, o de lo que al menos ellos creen que es el amor. En En busca de Klingsor todos los personajes optan por el amor, a pesar de que su naturaleza es racional: apostar por el amor los condena. En El fin de la locura no es tanto así. Ahí, el personaje intenta convertirse en intelectual para satisfacer lo que cree es el deseo de la persona amada, en este caso de Claire. Pero lo peor es que Aníbal Quevedo es un fracaso; no al final, sino desde el principio.

En mis novelas, y en todo, soy muy racionalista. Como información: después de esta etapa en que leímos a Santo Tomas, leímos a todos los padres de la iglesia, todos los que podíamos. Luego empezamos a estudiar latín para leerlos en el idioma original, lo cual era muy excéntrico. Y después, cuando empezamos a leer a los detractores, me topé con Niesztche (y en la adolescencia eso es muy significativo). En ese momento tuve una crisis de conciencia, porque me convenció, desde entonces y hasta ahora, la idea de que la razón es el instrumento privilegiado del ser humano para comprender el mundo y comprenderse a sí mismo. Entonces, este es uno de mis temas centrales, porque yo lo hago cada día y cada día me enfrento a la posibilidad de explicar la locura o el amor en términos racionales.

—¿Y la intuición?

—La intuición es una de esas cosas que me apasiona. La idea de que hay una percepción que escapa a la razón; no sólo a la razón, sino a la percepción consciente.

Al principio de la entrevista hablamos de la búsqueda de Jorge Cuesta llevada hasta sus últimas consecuencias. Tú dices: “En mi primera novela exploro la locura vista como un reverso de inteligencia”. ¿No sucede lo mismo con la humanidad, cuando se lleva un teorema hasta el extremo de que  éste  se vuelve demencial?

—Han empezado a reaparecer de manera terrible cosas que estaban soterradas. Vivimos en un mundo globalizado en constante comunicación. Sin embargo, el resurgimiento de los nacionalismos, las peculiaridades regionales, por un lado, los movimientos de extrema izquierda antiglobalizante, por otro, o los de extrema derecha ultranacionalistas, son planteamientos que a veces se tocan, justamente, por ser extremos. Lo que ocurrió ahora con la guerra de Irak también ha despertado esta movilización pública por todo el mundo. Quizá más adelante, todo esto pueda convertirse en una posible vuelta todavía más coordinada de la globalización. Ahora le dicen alter-globalización, una globalización distinta impuesta por el sistema económico mundial de filiación norteamericano.

Esta novela es parte de una trilogía, de pasado a presente. ¿Tu proyecto incluye explorar el futuro?

—Justamente, la idea es que la tercera novela, parte de esta trilogía, comience en el 89, venga hacia nuestros días y se prolongue hacia el futuro. Porque, en el fondo, lo que une a las tres novelas no sólo es el  siglo XX, sino la idea de la utopía. En el caso de Klingsor, la utopía del progreso científico que se derrumba. En el caso de la nueva, la utopía revolucionaria. En la tercera parte tendrá que ser una utopía en sí misma.

 

La política, incapaz de resolver

las necesidades de la gente

 

—La trama de El fin de la locura se inicia en 1968, año histórico en cuanto a movimientos sociales en el mundo. Los jóvenes compartían ideales. Tú naces ese año. Treinta y cuatro años después, ¿qué pasa con esta generación de adultos ideológicamente hablando?

            —Un amigo mío decía que la nuestra era una generación sin contienda, una generación que no vivió el compromiso político como tal. Ya no hubo necesidad de descreer de comunismo ni de nada, porque ya no había prácticamente nada. Nos tocaron los últimos años del mundo bipolar. Los últimos años de la idea comunista todavía en vigencia, con la cual ninguno de los amigos de mi edad o más jóvenes vivieron comprometidos debido a que se vivía un descrédito político muy intenso. Nuestra generación ve a la política como un instrumento incapaz de resolver las necesidades de la gente. Quizá, también se deba al pensamiento del 68, pero no vivido como nuestros padres, sino educados por esos padres que lo vivieron y se decepcionaron. De ahí creo viene ese desencanto: de hecho, nosotros no estuvimos encantados, nosotros vivimos esa descreencia.

A pesar de todo, a mí me sigue pareciendo que por más que uno desprecie la política, tampoco hay más herramientas para intentar transformar un poco la vida social. Creo que nuestra generación todavía tiene una mínima ilusión de transformar, sin embargo, por el momento en que vivimos, es evidente que enfrentamos una desilusión de los sistemas socio-políticos.

¿Cuál crees que sea el pensamiento político de los jóvenes? ¿Imaginas un mundo transformado por un nuevo pensamiento que ahora se esté gestando?

            —Me intriga muchísimo. Incluso una de las cosas que más me gusta hacer es dar clases para tener  alguna  idea de qué están pensando estas generaciones. He visto dos cosas: por un  lado, un descrédito de la política cada vez mayor; ya no es que ni siquiera la desprecien, no hay el menor interés. Por otro lado, en sectores minoritarios, la antiglobalización.

¿Hay alguna propuesta ideológica en este momento?

            —Al contrario, creo que estamos en una época que es el fin de las ideologías. Es el momento en el que seguimos padeciendo el triunfo de una ideología sobre la otra. El modelo liberal capitalista es una ideología como el modelo comunista. Como lo dice Umberto Eco: “Una verdad que se afirma como única cuando no hay ninguna prueba que lo demuestre.” Eso es lo que pasa con el modelo de libre mercado capitalista liberal. Se afirma que es la única opción para el mundo, pero no nos queda absolutamente claro por qué lo es. Como ideología que domina, creo que va seguir algún tiempo, pero no sé cuanto se necesite para que se dé una reacción.

Siendo simpatizante de la izquierda democrática. ¿Cuál es tu visión de la democracia mexicana?

—Al menos hemos llegado a un estado básico de la democracia: que las elecciones sean limpias y que las irregularidades se denuncien y se corrijan. Eso ya me parece un gran avance, logrado hace muy poco, en las últimas elecciones. Hasta entonces, siempre habían sido muy cuestionadas, aún si en algunos casos los triunfos eran evidentes. Por tantos años de dominación de un partido, el sistema electoral no funcionaba adecuadamente. Ahora bien, en la democracia mexicana creo que aún falta seguir desmontando las estructuras antiguas y autoritarias del Estado. Creo que no se ha hecho demasiado, en estos tres años de gobierno de Fox. La democracia mexicana necesita evolucionar más rápidamente de lo que lo está haciendo. El cambio debe ser estructural, independientemente del partido en el poder. Que el país funcione con una normalidad democrática más allá de quien lo gobierna  en municipios y estados.

¿Cómo diseñas tus novelas? ¿Trazas un mapa?

—Primero hay una idea o dos. A partir de ahí hay un proceso más o menos largo de tenerlas ahí, en la mente, acordándome de ellas de vez en cuando; se van integrando y desarrollando más. Después, paso a una siguiente etapa: tomar notas de todo lo que se me ocurre y luego empiezo a ordenar la historia e historias, el leguaje, estructura, narrador. Después viene un proceso de investigación. Siempre trabajo en cuadernos, esquemas, cuadros, dibujitos. Trato de tener una estructura lo más completa posible antes de empezar a escribir. Desde luego, todo esto se altera profundamente a la hora de escribir. En el caso de la última novela, la idea es que tuviera cuatro partes. Cada parte tendría como centro a uno de los pensadores franceses del estructuralismo y que tuviera un estilo distinto, en cada parte uso cosas que sabía ya desde el principio.

¿Cómo creas a tus personajes?           

—Como en los sueños: a veces se combinan rasgos de una persona con el físico de otra; o a veces, hay historias que me cuentan, eso de vez en cuando ocurre, y se transforman en las historias de los personajes.

            —Hablaste de que en algún momento de tu vida escribirías una novela que tenga a la música como un elemento central. ¿En que momento lo piensas hacer?

—En algún momento pensé, al principio de El fin de la locura que ésta sería una novela sobre música, pero luego desistí completamente. Creo aquélla debe de ser una novela de madurez, o algo así. No sé lo que sea la madurez. Pero, la música para mí es el arte supremo, lo que me hubiera gustado hacer realmente, por lo que le vendería mi alma al diablo. Pero creo no tener todavía las herramientas para escribir esa novela. Aunque ya la música aparece de alguna manera en varios libros. En A pesar del oscuro silencio, el personaje femenino es chelista; en En busca de Klingsor, la estructura es la de la ópera de Wagner. La música aparece de vez en cuando, pero sigue sin ser el tema central.

La música es matemática, y la matemática es querer explicar todo a través de la  razón. ¿Estás volviendo a esa necesidad de “descifrar” a través de la música?

—Puede ser. Por eso la música es la creación más alta de lo humano. Aunque es matemática, la pura matemática no basta para explicar los efectos que produce. Claro que uno puede desmontar matemáticamente un tema musical. Pero el hacerlo, en ninguna medida explica por qué la música produce las emociones o la belleza.

¿Se pueden explicar las emociones de una manera  racional?

             —Me temo que no. Aunque creo que el intento vale la pena. En la tercera parte de la trilogía uno de los temas es las ciencias cognitivas, justo con la idea de tratar, aunque tampoco se logre, de desmontar cómo funcionan las emociones en el cerebro, que tampoco lo va ha explicar pero… habrá que intentarlo.

 

Olinka Avila. Licenciada en Ciencias de la Comunicación. Radica en Cancún desde hace siete años. Forma parte del taller literario Surgir coordinado por Alicia Ferreira. En coautoría con Cecilia Carranza, Maribel Sierra y Lía Villava dio a conocer recientemente el libro colectivo Voces de agua. Correo-e: oave@prodigy.net.mx