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Eugenio Aguirre

 

El origen de nuestra cultura

es un acto volitivo de amor

 

Agustín Labrada Aguilera

 

En mayo pasado Eugenio Aguirre presentó en Cancún y Chetumal la coedición Alfaguara-IQC de “Gonzalo Guerrero”, la novela que el escritor publicó por primera vez en 1982 y por la cual es ampliamente conocido. En la siguiente entrevista, el también autor de Pasos de sangre y La lotería desentraña su fascinación por el ilustre y legendario personaje y precisa sus preferencias dentro de la vertiente histórica del género novela.

 

Cuando el viajero llega a Chetumal, tras recorrer una larga carretera ceñida por el verdor, lo primero que crece ante sus ojos es la esculpida imagen del náufrago andaluz Gonzalo Guerrero, su esposa maya y sus dos hijos, frutos de la fusión étnica entre español e indígena y símbolos (dada su nueva estirpe mestiza) de esta esquina sureña, donde comienza México en un río.

Chetumal cumple en 1998 cien años de fundada. Pero hace algunos siglos —aseguran algunos historiadores y arqueólogos— existió una ciudad prehispánica con parecido nombre y en la misma bahía, donde el marino Guerrero (luego de haber naufragado en el Caribe y haber vivido singulares episodios),  permaneció, hizo una familia y fue designado jefe de un ejército maya.

El novelista Eugenio Aguirre supo adentrarse en esa leyenda y, a partir de vestigios históricos y de su fulgurante imaginación, tejió el libro Gonzalo Guerrero, en cuyas líneas explora la psicología de un personaje fragmentado en dos culturas, la civilización maya hacia el siglo xvi y la conquista europea en estas selvas, donde murió Guerrero frente a un arcabuz español.

Aguirre —además de escribir libros como Jesucristo Pérez y El caballo de las espadas— es un amigo de Quintana Roo y de sus autores, quienes recuerdan con afecto las conferencias en torno a la novela histórica impartidas por él en Bacalar, y accede a este desafío de interrogantes y respuestas, cuyo fin está en la luz que pueda diseminarse sobre el  padre del mestizaje latinoamericano.

 

—¿Por qué elegiste, entre tantos personajes de biografía novelesca relacionados con el “descubrimiento” y la conquista de México, precisamente a Gonzalo Guerrero?

—Porque es el primer europeo que vivió el proceso de aculturación en lo que es hoy el continente americano. Es el primer español que contrajo matrimonio con una maya, matrimonio tan legítimo como cualesquier matrimonio cristiano. Porque es el padre de los primeros mestizos nacidos en este continente y, por lo tanto, el gestador de una nueva raza y de una nueva cultura dentro del contexto universal. Porque con su progenie y su gesta se caen todas las teorías relativas al malinchismo y la subestimación del mexicano.

Con él se demuestra que el origen de nuestra cultura es un acto volitivo de amor, y no, como han pregonado Octavio Paz y Carlos Fuentes, producto de una violación infame (Cortés en perjuicio de la Malinche) que nos inscribían en el lamentable estrato de ‘hijos de la chingada’.  Gonzalo Guerrero fue un hombre atípico dentro de su época. Un ser humano capaz de comprender la trascendencia de la cultura que le dio cobijo, al grado de luchar contra sus compatriotas de origen a favor de los mayas y morir por la causa de su libertad.

—¿Son veraces los documentos históricos que dan fe de Guerrero y hasta qué linde te sirvieron de fondo para el entramado ficticio de la novela?

—El testimonio más fidedigno sobre el naufragio, proceso de aculturación y decisión de no regresar a su cultura de origen está registrado en la obra de Bernal Díaz del Castillo Verdadera historia de los sucesos de la conquista de Nueva España, autor que escuchó de viva voz la versión de Jerónimo de Aguilar, el otro náufrago sobreviviente y compañero de Gonzalo Guerrero durante los primeros años de cautiverio entre los mayas de Haman Ha. Los demás cronistas de indias, López de Gómara, Fray Diego de Landa y Antonio de Solís se basaron en la fuente de Bernal Díaz del Castillo, agregándole mentiras e interpretaciones erróneas y maniqueas.

—¿Usaste un modelo específico para concebir la personalidad psicológica de tu héroe o lo fuiste construyendo basándote en sus actos externos y tu fantasía?

—La personalidad del personaje fue construida a partir de la información histórica con que conté y a través de una reflexión profunda sobre sus motivaciones psicológicas y existenciales. Por supuesto, el contexto fue determinante para deslindar su conducta.

—¿Los estudios antropológicos incidieron en tu idea del universo precortesiano maya y sus manifestaciones en la vida cotidiana, las circunstancias bélicas y los ritos ceremoniales?

—Fueron muy importantes para determinar el carácter del personaje, su conflicto dramático y la comprensión y descripción del mundo maya de la época (1511-1536) las obras de Silvanus Morley, Carlos Martínez Marín, Fray Diego de Landa y otros estudios antropológicos sobre la cultura maya. Sin ellos, la novela hubiese quedado inscrita en la ficción pura.

—¿Cómo delineaste, antes de escribir, el conflicto religioso interior de Gonzalo?

—Mediante el estudio y observación de la capacidad sincrética de las culturas originales para mezclar las premisas, características y fundamentos ideológicos de sus religiones politeístas con el cristianismo monoteísta, creando transposiciones iconográficas y dotando a varios símbolos litúrgicos con el mismo significado religioso. Evidentemente, Gonzalo Guerrero tuvo que conciliar su cosmovisión con la de los mayas, a fin de encontrar un compromiso y respuesta a sus interrogaciones religiosas.

—¿De qué manera alcanzas a equilibrar en el lenguaje un tono de época con un léxico accesible para el lector del siglo xx?

—Estudié minuciosamente el lenguaje náutico del siglo xvi y leí con acuciosidad a los autores del Siglo de Oro español para asimilar su lexicografía y su sintaxis, con la finalidad de poder sugerir en la novela la forma de hablar de los españoles de esa época, de tal suerte que el lector apreciase los usos lingüísticos, sin que esto fuese en detrimento de la comprensión cabal del discurso literario moderno.

—¿Qué partículas de la personalidad de Eugenio Aguirre afloran en Gonzalo Guerrero?

—Mucho más de lo que imaginé en un principio. Pertenezco, por las ramas paterna y materna, a familias de añeja nobleza (Aguirre-Vasca; Ramírez de Aguilar-Castellana), en las que los principios de lealtad, honor, dignidad, valor… están sumamente arraigados. Estos valores —mezclados con una educación jacobina, laica, en la que los principios de igualdad, justicia, libertad y fraternidad fueron las guías para conducirme social y políticamente—, están evidentemente impresos en la personalidad de mi personaje.

—¿Qué piensas de la novela Huracán, corazón del cielo, del francés Francis Pisani, donde también es Guerrero la principal figura?

—Conocí a Francis Pisani cuando estaba redactando su novela. Se acercó a mí para consultarme algunos detalles sobre el personaje. Me resultó una persona simpática y con mucho entusiasmo. Desgraciadamente, nunca recibí un ejemplar de su libro que, según me han dicho, es un buen hijo del mío. Supongo que será una novela de buena factura, aunque, te repito, no he podido leerla.

—¿Cuáles son las tendencias de la novela histórica en el México contemporáneo?

—-Es los últimos tres lustros, la novela histórica ha cobrado un auge sin precedentes en México. Muchos escritores cultivan el género con talento y  vocación. Las razones que explican este fenómeno se encuentran en la madurez alcanzada por la sociedad para reflexionar sobre su pasado, cuestionarlo y racionalizar los hechos, cuyos efectos tienen influencia en la vida nacional. La aproximación científica a la “realidad verdadera” del pasado, sin embargo, ha evolucionado con la incorporación de recursos y técnicas de investigación que la hacen más accesible al receptor. La historia regional, la microhistoria, la historia de las mentalidades… le han conferido una nueva dimensión y le han proporcionado un camino divulgador más ameno.  La literatura, hipersensible al acontecer histórico y a la evolución de su estudio, se ha nutrido con estos novedosos enfoques y ha adoptado muchas de sus herramientas para crearse una voz acorde con los vientos que soplan. Basta con crear una estructura formal pertinente y eficaz para la anécdota que se pretenda narrar, alimentada ésta con una previa investigación en las fuentes. La novela histórica, al final del siglo xx, ha logrado arraigarse con fortuna en la literatura mexicana. Cada vez más, los autores acuden a las fuentes históricas para documentar sus narraciones y situar en contexto a sus protagonistas. Recrean y revaloran nuestra historia con libertad, a modo de conformar un corpus que satisfaga las exigencias del público lector.

—¿Puedes ejemplificar tales afirmaciones?

—En Noticias del Imperio, de Fernando del Paso, vemos reflejadas aportaciones de la Historia de las mentalidades (Levi-Strauss, Foucol…) y de la Microhistoria (Luis González, Sergio Ortega, José María Muriá…), sobre todo en la relación epistolar entre los hermanos franceses y el detalle microscópico cotidiano de la época. En los monólogos de Carlota, el escritor Fernando del Paso aporta que podemos presumir ficción pura, la visión íntima, espiritual, metafísica de la protagonista principal de los hechos en que se vio involucrada y que el autor narra, sin que con ello altere los hechos consignados como formalmente históricos. Sin embargo, al expresar esa visión (atribuible a un pasado remoto), lo que el autor hace es dar su punto de vista, esto es su interpretación personal y actual de esa intimidad. En pocas palabras, la locura de Carlota en la novela Noticias del Imperio es la `locura’ de Fernando del Paso frente a los mismos acontecimientos.

—¿Una época tan fascinante como la Independencia también ha sido abordada en la novela?

—Sobre la gesta libertaria y sus personajes se han publicado pocas novelas. A caballo entre el género histórico y el satírico, está la simpática novela de Jorge Ibargüengoitia Los pasos de López (1981), en la que el autor se mofa del acartonamiento oficialista de la figura de José María Morelos y otros personajes, y parodia la conducta retórica y errática de los políticos en pos de cargo y fortuna.

Por su parte, el escritor Jean Meyer escribe y publica en 1995 la novela Los tambores de Calderón, en la que describe los hechos bélicos de la Guerra de Independencia, destacando los errores militares de Hidalgo y sus generales, específicamente los cometidos en la batalla de la Barranca de Calderón, muy cerca de la ciudad de Guadalajara, donde los insurgentes fueron derrotados.

La corte de los ilusos, de Rosa Beltrán, ganadora del Premio Planeta Mortiz 1995, también aborda este periodo histórico. En ella, la autora, amén de relatar el mañoso encumbramiento de Agustín de Iturbide en el trono del primer imperio mexicano, penetra con visión aguda en los entretelones de `palacio’ y en las intrigas de la familia del `emperador’.

A mediados del siglo XIX (1850), fueron asesinados brutalmente en la Ciudad de México el pintor Eggerton y su esposa, en circunstancias turbias que nunca pudieron aclararse. Mario Moya Palencia, previa una lúcida investigación en fuentes históricas, recrea los hechos y hace una descripción pormenorizada del contexto y de la sociedad mexicana de la época en su novela El México de Eggerton (1992).

—¿Y sucesos históricos más contemporáneos?

—Durante las décadas de los años 60 y 70, surgieron varios movimientos guerrilleros en algunos estados de la República, especialmente en Morelos y Guerrero, donde la explotación y el desamparo de los campesinos se ha convertido en una tradición oprobiosa, que pusieron en jaque la estabilidad de los gobiernos federales. Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz reaccionaron cruelmente y los reprimieron hasta su extinción. Carlos Montemayor con Guerra en el Paraíso (1994), novela sumamente bien documentada y valiente, narra la guerra de guerrillas que sostuvo el líder magisterial Lucio Cabañas en la Sierra de Guerrero.

La historia de un movimiento de protesta por parte del proletariado yucateco, acaecido durante la década del 70, que culminó con el asesinato de su líder, es relatada por el narrador Hernán Lara Zavala en su novela Charras (alías del líder Efraín Calderón Lara y protagonista de la gesta), publicada en el año de 1993.

—¿Qué rasgos comunes redondean esas obras?

—Varias preocupaciones están patentes en todas esas obras, a las que hay que añadir las novela Terra Nostra, de Carlos Fuentes, y Al final del milenio, de Gerardo Cornejo: objetividad en la descripción de los hechos; absoluta libertad en la estructura formal del discurso narrativo; desmitificación de los `héroes’ consagrados por el sistema político imperante a partir de la Revolución de 1910; crítica aguda del comportamiento de los sistemas dominantes en cada periodo histórico; denuncia de los métodos represivos desde la colonia hasta la actualidad; y propósito intertextual a favor de los lectores.

—¿Se tratan en Gonzalo Guerrero asuntos que con otros matices perduran intensamente en la actualidad?

—La actitud libertaria y justa de Gonzalo Guerrero al defender con su vida a los miembros de la cultura dominada tiene otros parangones tanto en nuestra historia como en la de Latinoamérica. Basta con recordar a Francisco Javier Mina, a los miembros del Batallón San Patricio, a los caudillos criollos insurgentes, a Simón Bolívar, al Mariscal Sucre, a los caudillos de la Revolución Mexicana Francisco Villa y Emiliano Zapata, al Che Guevara… para saber que siempre habrá individuos entregados a la tarea de reivindicar a los oprimidos y a buscar un mundo más justo, equilibrado y armónico. Desafortunadamente, las cosas no han cambiado mucho, y esto ha sucedido a nivel mundial en los últimos quinientos años.

 

Agustín Labrada. Escritor y periodista de origen cubano radicado en México. Premio Estatal de Periodismo Cultural 2001, y autor de los libros: La soledad se hizo relámpago, Viajero del asombro, La vasta lejanía, Palabra de la frontera y Más se perdió en la guerra. Correo-e: asere28@prodigy.net.mx