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Cintio Vitier

 

Premio Internacional de Literatura Latinoamericana y del Caribe 2002

 

Le he sido fiel a mi propia experiencia

 

Agustín Labrada

 

Cintio Vitier (Cayo Hueso, 1921) es uno de los poetas cubanos más destacados del siglo xx. Su obra —que inició dentro del romanticismo y evolucionó hacia las búsquedas formales más experimentalistas—, se caracteriza por la nitidez discursiva aunada a un rigor formal ejemplar, incluso aquella comprometida con la realidad de su país luego de la Revolución. Entre sus obras poéticas más destacadas se encuentran Vísperas (1938), Canto llano (1950), La luz del imposible (1957), Testimonios (1968) y Nupcias (1977). El texto que publicamos ahora, es la entrevista en exclusiva que Agustín Labrada sostuvo con el fundador de la revista Orígenes (donde también participaron Eliseo Diego, José Lezama Lima, Ángel Gaztelu y Fina García Marruz) y ahora ganador del Premio Internacional de Literatura Latinoamericana y el Caribe “Juan Rulfo” 2002, que se otorgó en Guadalajara, en el marco de la Feria Internacional del Libro dedicada a Cuba.

 

Amanece en Guadalajara y el frío que agradezco me impulsa a llegar rápido al Hotel Hilton, donde Cintio Vitier —ganador del Premio Internacional de Literatura Latinoamericana y el Caribe “Juan Rulfo” 2002— aguarda con calidez por mis preguntas y donde destierro al fin un largo y respetuoso silencio para dialogar con el autor de Vísperas y testimonios.

Años atrás, cuando vivía en Cuba, siempre me quedaba mudo frente a Cintio Vitier y Fina García Marruz. Coincidimos en disímiles eventos, donde jóvenes de mi generación leíamos nuestros poemas ante los ojos de este poeta de Orígenes que tanto conoce y ama la cultura insular, y posee una ética profunda y una cubanía a salvo de todos los ciclones.

La obra de Vitier abarca diversos géneros, aunque él insista en que todo es poesía. Pueden encontrarse en bibliotecas y librerías del mundo libros suyos de poemas, narrativa y ensayos, como, entre otros: Para llegar a Orígenes, La fecha en pie, Nupcias, Hojas perdidizas, Rajando la leña está, Lo cubano en la poesía, De Peña Pobre, Cuentos soñados…

Además de ser un poeta espléndido y un acucioso ensayista, Cintio ha dado cauce —como afirma el crítico Francisco López Sacha— a esa modalidad conocida por memoria novelada, desde mucho antes de que Frank Mc Court escribiese Las cenizas de Ángela, y García Márquez Vivir para contarla. Es también un apasionado estudioso de la obra martiana.

 

          —Este Premio Juan Rulfo ¿dignifica la cultura cubana o es un mérito individual?

—Las dos cosas. La Feria Internacional del Libro de Guadalajara estaba dedicada a Cuba desde mucho antes de que me dieran el premio, y nos hemos sentido muy felices. La relación de Cuba con México la fundó José Martí, y por ello es para nosotros una amistad sagrada e inquebrantable.

La invitación la hizo el Comité Organizador de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara desde hace dos años y desde entonces Cuba se ha estado preparando para llegar con la mayor cantidad posible de trabajos importantes, personalidades, música, revistas, libros, literatura y danza.

Cuando me llamó el entrañable amigo Ambrosio Fornet, reconocido crítico y ensayista que era parte del jurado, y me dio la noticia por poco me da un colapso. Eran demasiadas alegrías juntas, y eso es lo que ha sido el premio para mí: una gran alegría, una gran emoción y un gran honor.

          —¿Puede interpretarse como simbólica su relación con Eliseo Diego, donde coinciden amistad, familia, creación literaria, pertenencia al grupo Orígenes y el mismo Premio Juan Rulfo?

—Eliseo es hermano mío de toda la vida. Lo conocí cuando tenía 15 años. Íbamos al mismo colegio. Estudiamos lo que entonces se llamaba en Cuba preparatoria, y, cuando entramos a la Universidad de La Habana a estudiar la carrera de derecho, los dos conocimos a estas dos hermanitas: Fina y Bella.

Nos hicimos amigos de un grupo de poetas mayores que nosotros, que dirigía José Lezama Lima. Hicimos juntos varias revistas, entre ellas Orígenes, que duró 12 años. Tuvimos a Lezama como director y a José Rodríguez Feo, traductor y crítico graduado de Harvard,  financiaba la revista.

La historia de la revista Orígenes ya es muy conocida. Hay un número muy bonito, que a mí me gustaría que se divulgara más, pues está dedicado a México. Diego García Elío, una especie de hijo espiritual de Eliseo Diego y director de la editorial El Equilibrista, publicó un facsímil de esa edición.

          —¿Su visión de Cuba a través de la literatura sigue siendo la misma hoy que la expresada en Lo cubano en la poesía?

—No, porque Lo cubano en la poesía fue escrito en un momento muy dramático, realmente trágico de la historia de Cuba, en el año de 1957. Recuerdo que era una serie de charlas y conferencias. Las escribí por petición de un gran poeta y amigo, Samuel Feijoo, quien publicó el libro.

Cuba estaba ensangrentada en 1957. La represión de la tiranía de Fulgencio Batista en toda la isla era espantosa. No puedo tener actualmente la misma visión de Cuba, porque entonces parecía que nuestra historia se había metido en un callejón sin salida. Yo no tenía ninguna esperanza.

El tirano se fue como por acto de magia, porque tenía con él todo el ejército. Pero no, se dio cuenta de que estaba perdido.  Hubo una especie de súbita mutación escénica del 31 de diciembre de 1958 al primero de enero de 1959, donde vimos realmente la resurrección de la patria.

          —A esta altura de su vida y de su trayectoria, ¿cómo define Cintio su propia creación?

—Eso que lo vean y lo digan otros. Le he sido fiel a mi propia experiencia, siempre a través de la poesía. A algunos le gustan más mis ensayos que mis poemas y otros más mis poemas que mis novelas. Pero te digo, sencillamente, Agustín, todo lo que he escrito en prosa y en verso lo he hecho desde la poesía. La poesía como guía de conocimiento.

          —¿Qué peso ha tenido su esposa, la poetisa Fina García Marruz, sobre su escritura, sobre su sensibilidad…?

—Imagínate, ella ha sido y sigue siendo todo para mí. Nos conocimos muy jóvenes y nos hicimos novios, como Eliseo y Bella, hermana de Fina. Entonces, los noviazgos eran más largos. Hemos tenido la suerte de estar juntos siempre y tener una familia muy buena con nuestros hijos músicos.

Esa es otra de nuestras pasiones: la música. La madre de ella era una gran pianista, yo intenté ser un gran violinista. Sergio y José María Vitier, nuestros hijos, además de ser músicos reconocidos, son muy buenos compositores y nos han dado, en este aspecto, por la vena del gusto.

Yo le escribí a Fina, cuando éramos adolescentes, un poemita que se llama “Amor” y termina con el verso: “Fundaremos de amor un fijo imperio”. José María le puso música y esa música está en el disco Canciones del buen amor. Esta canción con letra mía la canta muy bien el brasileño Iván Lins.

          —¿Puede explicar los nexos entre música y literatura entretejidos en su obra?

—Aquí en la feria, Francisco López Sacha, gran conocedor de mi obra y excelente narrador, presentó mi novela De Peña Pobre, donde hay mucha música y terminamos cantando “El son de la loma”. Para los cubanos la música es lo más importante de Cuba, sobre todo la música popular, nacida de una gran pureza y de una eficacia política incluso: irónica, satírica, crítica…

A mis siete años, empecé a estudiar el violín. Fui alumno del maestro Cándido, sobrino de Miguel Failde, creador del danzón, en Matanzas. Allí comencé estudiar el violín con pasión. Después seguí con un gran maestro en La Habana hasta que llegó el instante en que me di cuenta de que no podía llegar a ser un experto. Eso dejó una huella indeleble en toda mi vida.

La casa de Fina era muy musical. Su madre Josefina Marruz era una gran pianista, y su hermano Felipe Dulzaides Marruz, quien introdujo el jazz latino en Cuba, un gran jazzista que jamás recibió una lección de piano ni de música ni de nada. Era intuitivo total, autodidacta y sumamente talentoso. Su otro hermano tenía una voz maravillosa. Esa casa estaba llena de música.

Los coros ensayaban allí, el esposo de la madre de Fina fue un buen trompetista de música popular, aunque su pasión era Mozart. Hubo una vasta experiencia de formación y de riqueza musical, era por suerte “música y razón”, como dijera José Martí. Esa ha sido nuestra divisa.

          —¿Siente que la espiritualidad del cubano sigue siendo la misma de la que hablaba José Martí y de la que usted ha comentado en sus libros?

—Aspiramos a eso. José Martí es un hombre que pertenece al futuro. Su concepción de Cuba y su proyección de la espiritualidad cubana, que comenzó mucho antes con el padre Félix Varela y el maestro José de la Luz y Caballero, va hacia el futuro. No se puede decir que hayamos alcanzado esa espiritualidad. Todavía nos queda, por suerte, mucho por hacer.

Algo me ha deslumbrado y conmovido en los últimos tiempos: el hallazgo de un investigador. Rolando Rodríguez descubrió en archivos de España los papeles que traía José Martí en su bolsillo cuando lo mataron. Uno de esos papelitos, ¿sabes lo que tenía escrito de su puño y letra? Unos versos de Stéphane Mallarmé. La poesía en la manigua cubana.

          —¿Al antologar la poesía cubana hace también una revisión crítica de nuestras letras?

—Mi primera antología se titula Diez poetas cubanos. La hice en 1940. Era la presentación de los poetas de Orígenes. No quería decir que fueran los mejores ni los únicos. En1952, preparé 50 años de poesía cubana. Más que una antología es un panorama. Me propuse presentar las corrientes importantes de nuestra poesía. Tuvo su utilidad y tuvo muchos detractores.

Todos hacemos las cosas desde algún punto de vista y esta antología está hecha desde el punto de vista de Orígenes, y eso no me parece un pecado. Como había otra corriente muy fuerte y simultánea en Cuba, la poesía social, cuya cabeza más visible era Nicolás Guillén, me hicieron críticas en el sentido de que no le daba mucha importancia a la poesía social y la poesía afrocubana.

Hubo muchos ataques, tanto de la derecha como de la izquierda, porque Orígenes fue hostilizado por los dos bandos. Tuve mucha suerte, porque la defensa de esta antología la hicieron José Lezama  Lima, en Orígenes, y Nicolás Guillén, en El Nacional, de Caracas. Defendió la antología y me defendió a mí. Casi fue una especie de absolución  frente a tanta censura.

Pasaron cosas muy cómicas, pues los poetas de nuestros países florecen como la verdolaga. Recuerdo que un crítico publicó un artículo en un periódico diciendo que faltaba en mi antología una lista de poetas que él enumeraba. Al otro día, un lector indignado le mandó una carta diciéndole que en su lista faltaban otros 20 poetas. Habría sido una enciclopedia.

Cuando fue creada la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, Nicolás Guillén fue nombrado presidente y José Lezama Lima vicepresidente. Ellos se hicieron amigos entrañables. Las asperezas superficiales que existían entre la corriente de la poesía social y la corriente de la poesía pura desaparecieron. Hoy puedo decir que toda poesía es pura y es social.

          —¿Qué opina del quehacer literario de las nuevas generaciones cubanas?

—La literatura en Cuba, a principios del siglo xxi, está en su mejor momento. La justificación es muy sencilla. ¿Cómo empieza la Revolución? Con la Campaña Nacional de la Alfabetización. Eso ha provocado que el número de lectores aumente notablemente y también el número de autores.

Creo que los cubanos tenemos un talento innato para la literatura. Desde el siglo XIX eso se manifestó y ahora ha crecido en calidad y cantidad. Siempre pienso que en primer lugar está la poesía, género privilegiado, pero también ha aumentado mucho el número de narradores con obras de calidad.

Estamos muy aislados a causa del desdichado bloqueo estadounidense, y no podemos hacer muchas comparaciones y recibir el influjo, que sería benéfico, de los países hermanos de América Latina y el mundo. No nos llegan muchos títulos, por eso esta feria ha sido una fiesta para los cubanos.

          —Si tuviera la posibilidad de volver a vivir su vida, ¿qué cambiaría?

—Nada, no cambiaría nada, Agustín. No es que esté satisfecho, creo que cada cual tiene un destino y no deseo otra vida que la que he tenido con sus virtudes y sus defectos, sus caídas y sus ascensos. Es la vida que me ha tocado y la he tratado de vivir con la mayor dignidad, felicidad y fidelidad posibles. Hay una cosa que quiero decir: Me interesa más mi conducta que mi obra.

 

Agustín Labrada. (Holguín, Cuba, 1964). Poeta, periodista cultural y coordinador del Premio Internacional de Poesía “Nicolás Guillén”. Autor de los libros La soledad se hizo relámpago, Viajero del asombro, La vasta lejanía, Palabra de la frontera y Más se perdió en la guerra. Correo electrónico: asere28@prodigy.net.mx