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Alí Chumacero

 

Yo me cuido de no ser feliz

 

Gabriel Avilés

 

Durante su visita a Cancún en abril pasado, Alí Chumacero (Nayarit, 1918) leyó fragmentos de su obra, bromeó con el público asistente y demostró el sentido del humor de un escritor de 84 años que está más allá de la solemnidad y las veleidades de la vida literaria. Autor de una obra breve, reunida en Poesía completa (1993) —obra de enorme trascendencia para la poesía mexicana contemporánea—, el también galardonado con los premios “Xavier Villaurrutia” y “Alfonso Reyes” conversó en exclusiva para Tropo a la uña y reveló someramente aspectos cálidos de su sentir como ser humano y de su experiencia a través de la literatura.

—Después de más de medio siglo de conocerla, amarla y darle prioridad en tu existencia, ¿cuál es tu visión actual de la poesía?

—La poesía es un sustituto de la religión, de la filosofía. Es lo que más dignifica a un hombre. No sólo forma parte de las bellas artes —y de lo que probablemente es la cúspide de ellas: la belleza de la expresión—, sino que por su contenido emotivo se expresa como ninguna. Acaso la música sea igual, pues aflora el sentimiento, la emoción, el mundo interior, el mundo inconsciente del poeta. La poesía es el vehículo más intenso, más importante, más lleno de emotividad que pueda tener el mundo inconsciente del hombre: pone de manifiesto aquello que está oculto en la conciencia humana.

—En tu caso, ¿qué se encuentra oculto en tu conciencia?

—Lo que son los recuerdos. El inconsciente almacena todo aquello que sucedió a través de tantos años: relaciones, sentimientos, todo aquello que se va aglomerando en la parte más interna del alma. La poesía es el filtro por el cual fluye el espíritu, a tal grado que a veces pienso que la poesía es el espíritu.

—El crítico Raúl Leyva escribió: “Alí Chumacero, por medio de la poética se rescata, se reinventa de la eterna nostalgia”. ¿Cómo fusionas nostalgia y poesía?

—La poesía es precisamente eso, la expresión de la nostalgia, a diferencia de la prosa, que generalmente describe lo inmediato, el presente, el hoy. La poesía describe el recuerdo del hombre en sus formas alegres, tristes y algunas jubilosas. Es mucho más subjetiva, más llena de experiencias reflejadas que la propia narrativa, que es más descriptiva. La poética es sumamente intuitiva. Pero la poesía y la prosa son dos formas de la literatura no contradictorias, sino complementarias.

—Tu poemario Páramo de sueños es un legado de la literatura mexicana, así como Piedra de sol de Octavio Paz  o La muerte del Mayor Sabines,  de Jaime Sabines.  ¡Cuál ha sido la transición de este primer poemario a tu último libro Poesía escogida, de 1993?

—Mi trabajo poético es el mismo que el de todos los escritores. La poesía del joven es siempre más sencilla, más pura, más limpia, menos complicada. Conforme se va viviendo con más intensidad, la sencillez se va haciendo concepto: el poema va más al concepto que al sentimiento desnudo. El joven destaca, aborda, expone el sentir inmediato en sus diversas manifestaciones, todo de alguna forma descarnada. Ya que ha tenido esa experiencia, se va complicando, quiera o no: es una ley muy antigua de la poesía. El poeta se va liando a través de su trabajo y acaba por hacer una poesía más difícil, más estricta, probablemente más hermosa, pero pierde buena parte de la postura con la que se inició. Hay poetas que son muchos mejores al principio o a la inversa.

—Me gustaría ahondar en tus influencias: ¿qué poeta mexicano ha influido más en tu trabajo?

—Sin lugar a dudas, Xavier Villaurrutia. Otro que influyó de algún modo fue José Gorostiza. Son los poetas más cercanos a mí. Por supuesto, he leído a otros poetas: Rilke, Paul Valéry y a otros franceses. Pero volviendo a tu pregunta, Villaurrutia, más psicológico; y Gorostiza, más filosófico.

—Un símbolo importante en tu poesía es la mujer. ¿Por qué la mujer como constante en el trabajo lírico de Alí Chumacero?

—Bueno, de la mujer venimos, a la mujer vamos. Es la reina del universo, la madre naturaleza, el ser supremo de la tierra, la que da, la que produce. El hombre sólo colabora. La mujer es más limpia, más sincera, más buena; decía Rilke: “La mujer vale porque ve a los hijos como proyecto cuando no se ha casado y al tenerlos vale porque los tiene”. Es el centro de la realidad.

—Teniendo como referencias la  nostalgia, la  mujer, el  amor, defíneme tu poesía.

—Mi poesía es universal. Le canto a todo lo que lleva alma. Alí es para todos. Yo nací del pueblo y por ello me gusta pertenecer a él.  A mí no me deslumbran los premios o nombramientos: me interesa descubrir el lado positivo de todo.

Alí, tú has visto la transformación de la poesía mexicana a través de los años, ¡cómo la percibes en este momento?

—La poesía se ha multiplicado, no por diez o por cien sino por mil. Hay tal cantidad de poetas que se entiende que es evidente que tarde o temprano saldrán grandes poetas. Estos muchachos (la nueva poesía) están madurando, están haciendo algo que va a quedar. Yo tengo mucha fe en la poesía de los jóvenes y que, conforme pase el tiempo, tengamos a cinco o seis grandes poetas.

¡Crees que existe un grupo como, en su época, Contemporáneos? ¡O el poeta actual es  más disperso, más solitario?

—En general el poeta actual es solitario. Existen grupos en diversas ciudades y universidades del país, pues es necesario que la dispersión no destruya a las agrupaciones: éstas son necesarias; te sirve para compartir lecturas, técnicas y conocimientos. No se trata de hacer poetas cuyo estilo sea el mismo en un grupo, con la misma expresión o técnica; se trata de que conozcan, de que abran el camino a fin de no inventar el Mediterráneo, que sepan que las cosas ya están realizadas y sobre eso hay que trabajar avanzando, no quedándose, sino descubriendo nuevas posibilidades.

Una de las enseñanzas para los que estamos a tu alrededor es tu alegría y jovialidad. Conozco al poeta,  pero ¡quién es Alí Chumacero, el ser humano?

—Es importante saber que hay el poeta y existe el hombre: son las dos maneras de resistencia de vivir. No hay por qué confundirlas. Se puede ser un poeta de verdad y un hombre de verdad. Lo que es ridículo es que el escritor se sienta superior, diferente a los demás como hombre. Claro que es diferente por el oficio ejercido, pero no para sentirse en un altar, viendo de arriba hacia abajo. Cuando está encerrado en su mundo lírico es efectivamente otro ser. Pero como ser humano es capaz de ser cordial, de respetar a la gente, de no faltarle al respeto, sin perjudicar para nada su gusto por la cultura. En mi caso, en los últimos años me he enfocado ayudar a los jóvenes, a mejorar su expresión, a cultivar la lectura, a hacer que el oficio esté justificado por la lectura, por un buen conocimiento de causa y no esté espontáneamente trabajando, sin las bases necesarias para que su labor sea reconocida.

¿Le temes a la muerte?

—Hay Alí para rato. Todavía tengo mucha cuerda. Además, cumplo las reglas de todo poeta: poeta que no bebe y no vive, no es poeta.

¿Cuáles son tus futuros proyectos?

—Toda la vida es un proyecto constante. La única ventaja de los proyectos es la no realización de ellos. Los vamos persiguiendo hasta la muerte. Cuando te mueres, la agonía es la posibilidad de pensar en lo no realizado y que pudiste haber intentado. Eso es lo interesante. Porque el que realiza un proyecto y lo redondea, ya se condenó a la nada: no tiene nada qué hacer. Es feliz y la felicidad es el gran enemigo del hombre. Es algo espantoso la felicidad. Yo me cuido de no ser feliz.

Después de esta charla, Alí pide ver el mar del Caribe. Quizá en su oleaje efímero consiga perpetuarse en una imagen desterrada en la nostalgia de la marea en reposo.

Gabriel Avilés (Yucatán, 1974). Poeta y editor. Dirige “Editorial Presagios”. Entre otros, ha publicado los poemarios A la deriva del infinito” (2001) y De la oscuridad a los vitrales (2002).