Omar Ortega Lozada: una consolidación en ascenso

 

Por Miguel Ángel Meza

 

Como una suerte de reconocimiento de la efervescencia poética actual que vive la literatura de Cancún —el segundo momento en su historia naciente—, dos poetas locales recibieron recientemente el Premio Peninsular de Poesía “José Díaz Bolio”, el prestigioso certamen de Yucatán, considerado como el más importante de la región: Omar Ortega Lozada en 2020, por su poemario El libro de Lot, y Sara Hernández Romero en 2021, por su obra Zhi lan (con lo cual se convierte en la primera mujer de Quintana Roo en obtener este acreditado galardón), y, además, una de las menciones honoríficas (de 2020) recayó sobre Mauricio Ocampo.

            De la joven Sara Hernández (Toluca, Edo. de México, 1999, que lleva doce años viviendo en Cancún), esta revista ha publicado en dos ocasiones obra suya, la más reciente como parte de la muestra de poetas mujeres del norte de Quintana Roo aparecida en el número anterior. Y Mauricio Ocampo, desde 2013, forma parte de la plantilla de colaboradores frecuentes de este medio en el género ensayo, donde se le ubica mayormente y no tanto en el verso, a pesar de su prolífica producción lírica en publicaciones independientes.

Sin embargo, Omar Ortega Lozada (Apan, Hidalgo, 1978), quien reside en Cancún desde hace más de veinte años, no había sido atendido por nuestro medio como lo merece un autor de su estatura. Emanado de la cantera del célebre taller Sian Ka´an dirigido por Ramón Iván Suárez Caamal, Ortega Lozada es uno de los poetas más consistentes de Quintana Roo, con una voz propia que muy pronto lo distanció de cualquier influencia limitante del semillero donde creció. Ahora, con este poemario ganador continúa una consolidación en ascenso y recibe una mayor visibilización.

El Libro de Lot es un largo discurso poético en prosa, pletórico de imágenes de altas y ricas connotaciones. El sentido de esta riqueza tropológica —que ubica a Omar en un estrato imaginístico más allá de la experiencia metalingüística de la que nace— encabalga intuiciones sensibles de tal manera enfáticas e iterativas que sumergen al lector en atmósferas cargadas de emoción.

Con un sujeto lírico totalmente inmerso en la enunciación, en una cercanía melódica que acrecienta el significado emotivo, el léxico del poema es fiel a una tradición que exalta la naturaleza marítima, sin atraer lenguajes de otros discursos. Al contrario, enaltece al infinito lo proteico de ese ecosistema conocido, si bien metaforiza de manera general el tema de raigambre bíblica que se anuncia en el título.

Sobre todo, el de un personaje que recibe dicha enunciación, Edith, la mujer de Lot convertida en estatua de sal mítica, que se reconfigura aquí como la gran declaración de empatía amorosa del propio elemento acuático, específicamente “el rojo silencio de las algas”, motivo con que arranca este notable poema.

Este tópico amoroso asimismo establece un vaivén que va de aquel pasado mítico a un referente actual del propio sujeto lírico, al aludir a una historia contemporánea de amor, que dialoga con el poema de Wislawa Szymborska “La mujer de Lot” y proyecta el drama de una renuncia, una partida, una desobediencia no tan secreta: “Aunque ocultes el llanto, las tachaduras de los versos que escribes a la orilla de la playa, te delatan.”

Con la anuencia de su creador, ofrecemos los párrafos correspondientes al segundo apartado, “Efluvios de Edith”

Premio Peninsular de Poesía José Díaz Bolio, 2020:

 

Y el hombre justo acompañó al luminoso agente de Dios

por una montaña negra, siguiendo su huella,

mientras una voz incansable acosaba a la mujer:

-No es demasiado tarde, aún puedes mirar hacia atrás.

Anna Ajmátova

 

2:1.

 

El silencio es un gemido plano, liso, como la piel no pronunciada por mis manos. El viento te roza levemente, vibra un rumor en tus adentros. Un estremecimiento te inunda, te invade el oleaje con el que emites un líquido murmullo cuyos acordes tocan las cuerdas de mi sangre y la tintura de una larguísima pulsión, como aquellos querubes desterrados que osaron rasgar los nervios de la lira que despierta el crisol de los amantes. De mi costado, un rojizo humor escapa, rompe el espejo, resquebraja tu sombra y una bandada de ondas –aves líquidas- se evapora a la distancia.

 

2:2.

 

Se evapora el día, tu piel y boca entre los dedos, como resoplos que no alcanzo a contener entre las sábanas mientras duermes, como pétalos hurtados por la gravedad a la flor, como el desvelo del más insondable secreto que los capullos guardan. Tu respiración es lenta, suave, inunda el aire con notas de diamantes que se incuban en tu cuerpo; colorada infusión de la carne cuyos efluvios se esparcen en una danza invisible donde asciendes al piélago astral. A ciegas descubro el origen del alba al rozar los fosfatos que nos cubren y percutir la oscura y cálida dureza de nuestros vientres. Y en esa búsqueda de la luz tribal no tienes la desavenencia de enmudecer por instantes, pues serafines microscópicos capturan rosáceos sollozos que los flamencos se encargan de revelar más adelante cuando se transforman en saetas que asaltan las murallas de la aurora.

 

2:3.

 

Un fósforo se desangra. El fuego de la aurora se expande después de rasgarse con la piel de los fosfatos y azufres: flamenco que alza el vuelo para no ser consumido por las ascuas que guardamos en la entrepierna de la noche. Ebrio de esta travesía, navego a la deriva sobre lomos de olas y me dejó llevar por la corriente.

 

2:4.

 

Un murciélago ebrio de insoportable negrura, vuela sobre la corola del celaje, poliniza el horizonte con su errático vuelo; brota la noche: fruto de acendrados aromas que maduran en las comisuras de tus muslos, Edith. Bajo las sábanas de una tenue neblina me sumerjo en el mosto que fulgura; sorbo lentamente los alcoholes de tus vides. Se fermenta el amor bajo las cristalinas notas que desfogan tus labios: fragua donde forjo las palabras que marcan mi lengua. Con el leve murmullo de las aguas, atizas el fuego para avivar nuestra sal –luz que se astilla lentamente– y maceras el ardoroso y cauterizante humor de donde se desprenden los besos que sellan las heridas de antiguas tempestades.

 

2:5.

 

Rosado es el dolor de los recién nacidos, la afonía del fuego, el sonido de un beso, el hervor de la sangre, la sonrisa de la fragua donde el día salta entre las olas y del hedor de los amantes. El sudor de la noche se resume en ti al igual que la herrumbre de los barcos y del mar. Soy bajel a la deriva que tus manos moldean con el barro de la noche, ahogado en la espuma de tus cálidas mareas. Encallo para ser derruido por los tiernos cristales de tu voz que me ahogan en arenales de gozo, cuando expelemos el calor con nuestra lengua al untarla a la luz que se oxida. Ah, Edith, el deseo es rojo salitre que brota de estrellas que envejecen lentamente.

 

2:6.

 

Transparente es el silencio y tu cuerpo donde puedo ver las estrellas que han sembrado los flamencos a su paso –teas que hallan contrapeso con el cuello entre las alas–, enturbian el agua buscando respuesta a su eterna interrogante o la brea que las haga eternas, guardando el equilibrio para no formar parte de la líquida hoguera en que se convierte tu tez de piélago cautivo. Ah, cuánta luz dentro de ti, ahogada en un profundo sueño que poco a poco se desgasta en la vigilia del sol que cada día se afana por liberar galaxias contenidas. Sabe que con la lija del tiempo el agua se luye en estrellas que cielo y mar reclaman.

 

2:7.

 

Bajo el manto de estrellas primitivas vengo a ofrecerte mi cuerpo, Edith. Desuella este cordero después de apuntalar las mantas de tu tienda donde pastan astros y navíos. Con la punta de tu lengua hurga el sabor de los pastos y las olas, la ladera de mi torso y el cayado con que arreo el oleaje de mi sangre; mientras sorbo la temblorosa infusión que desprende la hirviente vulva de la orquídea cautiva bajo las faldas de los montes que impetuoso escalo. Y frente al Mar Salado, muerto, me sumerjo en ti para macerar mi piel en la cálida tenería de la tuya, donde dejo apostadas las heridas que la sal habrá de conservar después del rescate.

 

2:8.

 

Después de lamernos las heridas y ofrecerte mi cuerpo en sacrifico –cordero herido por la húmeda saeta de tus senos- te entrego la salea que cubre los tejidos de mi historia y su fluvial amor. Restriégala de sal –ardiente luz, primitivo maná que cauteriza las heridas del olvido, espuma que guarda el diálogo de náufragos y sirenas, espesísimo sudor que escurre de sus pezones insurrectos, tiza que traza el camino hacia buen puerto, polvo de estrellas, cementerio de luciérnagas, resumen de las edades, escarcha de sol, nieve del trópico, plumaje temprano de aves que rompen el cascarón de la espera, arena repleta de sinsabores, hoguera donde los ángeles quemaron sus alas después de caer, rescoldo de los cuerpos que se consumen en sus jugos- para que conserve las huellas de tu paso.

 

2:9.

 

Todas las tardes, el celaje te imita para ver si seduce la otra cara de la luna. Tierno fuego, pira donde incinero la interrogante que mi fémur sostiene, ¿cuánto tiempo le queda a mi costilla? Las dudas cuelgan del superlativo cuello de flamencos cuyos anzuelos creen encontrar la respuesta azuzando el agua, removiendo el fango donde las algas nutren el silencio. Mientras tanto, los días transcurren en una confluencia de espasmos de luz y sombra donde arreas constelaciones de aves y su errante vocación de mar, y te guías por el incansable faro al que se aferran tus instintos hasta desfallecer a orillas del cansancio. Con el filo de una pregunta alguien hirió a Dios: en el horizonte se desangra lentamente frente el arribo de la noche.

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Omar Ortega Lozada. Director de la revista literaria Sonarte editada en Bacalar de 1996 a 1999, el autor de los cuadernos de poesía “Matices de la piedra”, “Donde la noche se hace llama”, La suerte de las aguas y Aleteos del colibrí, ha obtenido reconocimientos en diversos certámenes —tercer lugar en el Concurso Nacional de Literatura ISSSTE 2015, Premio de Poesía Rosario Castellanos (UADY), premio de los Juegos Literarios Nacionales Universitarios 2016— y varias menciones honoríficas —en los VI Juegos Florales de Isla Mujeres (1992), en el Certamen Regional de Poesía de Bacalar, Quintana Roo (1995) y en los Juegos Florales de Isla Mujeres 2014, en el propio Premio de Poesía “José Díaz Bolio” (2016), en el certamen de poesía Cancún 2019, y en el Premio Internacional Caribe IM 2019.

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