¿Es verdad que la ciencia favorece el aborto?

 

Por Héctor Hernández

 

Jamás daré a nadie medicamento mortal […]

tampoco administraré abortivo a mujer alguna.

Juramento Hipocrático

 

Parte de la complejidad del debate sobre el aborto es que abarca preguntas de corte científico, filosófico y jurídico, entre otros. Por ejemplo, sobre la base del conocimiento científico se pueden responder preguntas como ¿qué características tiene el ser humano en desarrollo en cada etapa de su gestación?, ¿cuándo se puede decir que existe ya un nuevo individuo de la especie humana? Pero ¿qué se requiere para que un ser humano sea considerado persona?, ¿cuáles deben ser los límites de la libertad? Son de tipo filosófico. De tipo jurídico son: ¿qué derechos puede tener un ser humano por nacer?, ¿qué condiciones se requieren para que la vida de un embrión humano sea protegida por la ley y por qué?

A medida que se va despenalizando el aborto en diversos estados de la república, también se propaga la idea errónea de que la ciencia está de ese lado. Aquí examinaré dos argumentos comunes que presentan quienes defienden el aborto (su legalización, despenalización, aceptación, etc.) y mostraré por qué no tienen fuerza persuasiva (excepto quizás para quienes de antemano ya están a favor) enfocándome en cuestiones que pueden abordarse desde el conocimiento científico.

 

Un argumento común sobre el aborto

 

El argumento más conocido (de una sola premisa y conclusión) que suele presentarse a favor del aborto es el siguiente: “es mi cuerpo y yo decido”. Sin embargo, hay varios problemas con este argumento, aparentemente simple. El problema más grave de la premisa “es mi cuerpo” es que hay hechos verificados por la ciencia que, en conjunto, la refutan:

 

El ser en desarrollo: 1) cuenta con su propio sexo génico (que puede ser masculino), 2) tiene su propio tipo de sangre, generalmente distinto al de la madre (pero corre el mismo tipo de sangre por todo el cuerpo de la madre), 3) requirió la participación de un espermatozoide, que no procede del cuerpo de la mujer, para su formación, 4) tiene rasgos heredados exclusivamente del padre, 5) tiene la posibilidad de sobrevivir a la muerte de su madre, y 6) la clonación de una de sus células corporales no conduciría a clonar el cuerpo de la madre, sino el de él. (Hernández, 2016, p. 83).

 

Otro hecho que confirma que el embrión no es solo una parte del cuerpo de la madre es que, al tener una mitad de sus genes proveniente del padre, resulta un cuerpo extraño al sistema inmunológico materno y por medio de un intercambio de sustancias con el cuerpo de la madre, el embrión empieza un proceso biológico para desactivar localmente las defensas contra él. Este complejo sistema de tolerancia inmunológica no se activaría si el embrión fuera parte del cuerpo de la madre. De hecho, el cordón umbilical y el interior de la placenta (que permiten transferir el oxígeno y los nutrientes de la placenta al embrión o feto) tienen un origen fundamentalmente fetal; por eso no extraña que tengan el mismo código genético del hijo, no el de la madre.

Puesto que la premisa “es mi cuerpo” es poco defendible, es común que se intente fortalecer añadiendo que el desarrollo del embrión ocurre dentro del cuerpo de la madre, lo cual es cierto (aunque ya existe la posibilidad, por ahora limitada, de extraerlo del cuerpo de la madre y colocarlo en un tubo de ensayo o en otro vientre), pero eso no justifica que lo elimine, pues justo el hecho de que se desarrolle dentro del cuerpo materno es un tipo de estrategia biológica para protegerlo. Por ejemplo, si los seres humanos nacieran de huevos como los polluelos sería más fácil que la madre los abandonara, o que un depredador se los comiera o destruyera antes de salir del cascarón. Y si los seres humanos vivieran buena parte de su desarrollo en una bolsa exterior como la de los canguros, correrían el riesgo de morir en caso de que un depredador o la propia madre los expulse de allí.

El argumento “es mi cuerpo y yo decido” adquiriría más fuerza persuasiva si alguien lo presentara para justificar su consumo de alcohol, tabaco o marihuana, o para ponerse tatuajes, pero no es convincente si se usa para justificar el suicidio o la automutilación, mucho menos para el aborto. Incluso sería polémico, si se presenta para justificar la prostitución, para alquilar el vientre o para vender los propios órganos.

 

Comparación de la vida humana

 en etapas tempranas

 

Una estrategia común para intentar minimizar el valor del ser humano en desarrollo es comparar su vida con la de las células corporales, los espermatozoides, los óvulos no fecundados, o en el mejor de los casos con un órgano de la madre. Por ejemplo, Kornblihtt (2021) comenta que las células de un embrión están vivas, pero también los espermatozoides eyaculados y los óvulos desechados en la menstruación, así como las células de un humano recién muerto que siguen vivas por un tiempo. Carl Sagan (1998) pregunta si el hecho de que un joven pueda producir en una o dos semanas espermatozoides suficientes para doblar la población humana significa que la masturbación es un asesinato en masa.

A continuación, se aclara qué tipo de vida humana se defiende y por qué no hay comparación, argumentando a partir de las mismas premisas de quienes apoyan el aborto, ya que en su propio vocabulario (aunque no siempre es preciso), reconocen diversos rasgos de la vida que está en discusión: vida que surge como resultado de la reproducción de los seres humanos (Carl Sagan y otros hablan de “la libertad de reproducción”), vida que hace a la mujer madre (“la maternidad será deseada”), que puede nacer (etimológicamente aborto indica “privación del nacimiento”), que se gesta (se habla de “la gestante”) en el vientre durante un periodo de embarazo (“interrupción del embarazo”), que viene como resultado de las relaciones sexuales (“derechos sexuales y reproductivos”), y que, como “producto de la concepción”, tiene sexo masculino o femenino. Por lo tanto, los ejemplos de vida humana que presentan los defensores del aborto son una falsa analogía: ¿alguien cree que un óvulo no fecundado o un espermatozoide por sí mismo hace a la mujer madre?, ¿una mujer puede embarazarse de una célula de la piel y darla a luz?, ¿un órgano como el corazón, el hígado o el páncreas tiene sexo masculino o femenino y puede nacer?, ¿un espermatozoide es el hijo nacido en la reproducción de una pareja humana?

En algunos casos la falsa comparación se hace por falta de profundización del tema, pero en otros, aun sabiendo que el embrión es muy distinto de esas células vivas que se pierden en grandes cantidades en la vida cotidiana, buscan minimizar su valor. Por ejemplo, Kornblihtt (2021) enfatiza el descubrimiento de que la propiedad de pluripotencia (capacidad de generar los tejidos y órganos de un nuevo individuo) no es exclusiva del óvulo fecundado, sino que hay células adultas que pueden ser reprogramadas para hacerse pluripotentes. De forma muy conveniente para su postura, Kornblihtt pasa por alto la principal propiedad del cigoto que surge en el debate sobre el aborto: la totipotencia. Mientras que las células pluripotentes son capaces de generar cualquier tejido, solo las totipotentes pueden generar un organismo completo. Dos especialistas en embriología funcional lo expresan así: “el cigoto, que de ninguna manera puede compararse con una célula del cuerpo, es el origen del nuevo individuo, que contiene (en potencia) todo lo que constituirá el organismo futuro.” (Rohen y Lütjen-Drecoll, 2008, p. 24). Así que la intención de Kornblihtt de hacer parecer que el cigoto no es tan especial porque otras células pueden realizar funciones pluripotentes no es exitosa, pues basta con su carácter totipotencial para hacer al cigoto singularmente distinto.

Además, expresiones como “interrupción del embarazo” no se ajustan al rigor científico, porque algo se interrumpe cuando existe la posibilidad de reanudación, pero en el aborto no hay esa posibilidad.

En algunas especies de mamíferos (como nutrias, osos, canguros, armadillos y otros), sí existe un tipo de interrupción del embarazo llamado diapausa, que es un periodo en el que se suspende temporalmente el desarrollo del embrión para después reactivar su crecimiento y desarrollo. Por ejemplo, cuando nace una cría de canguro y se traslada al saco, puede haber un nuevo embarazo en el cual el desarrollo del nuevo embrión se detiene, sin recibir daño alguno, hasta que el hijo mayor termine su periodo de lactancia. También se puede realizar esta interrupción en situaciones adversas como cuando hay sequía o escasez de alimentos.  Pero en los seres humanos, el aborto no es una interrupción, es más bien una terminación del embarazo por causa de la muerte del ser humano en desarrollo.

En suma, en el campo de la ciencia, los argumentos más comunes en favor del aborto son muy débiles a la luz de los hechos señalados, confirmados por la biología, embriología, genética, etc. Sin embargo, normalmente el abordaje del aborto se realiza desde otros campos, como la filosofía, el derecho, la política o la salud, y cada uno de ellos amerita su propio examen. Tropo

 

Referencias

 

Hernández, H. (2016). Argumentos seculares en favor de la preservación de la vida humana. Dilemata: revista internacional de ética aplicada, núm. 20, pp. 81-98

Kornblihtt, A. (2021). No, No está bien, está mal. Una pasión argentina por la ciencia (y por el arte y la política). Editorial sudamericana.

Rohen, J., y Lütjen-Drecoll, E. (2008). Embriología funcional. Una perspectiva desde la biología del desarrollo. Editorial Médica Panamericana.

Sagan, C. (1998). Miles de millones. Editorial Grupo Zeta.

 

Héctor Hernández (México, D. F.). Licenciado en Actuaría y Matemáticas, doctor en Filosofía de la Ciencia y doctor en Educación. Maestro en filosofía del lenguaje y de la mente. h2o_mat@hotmail.com

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Imagen digital de un embrión tomada de: www.conceptum.com/post/diferencia-cigoto-embrion-feto del artículo tomado de: www.miembarazo.com.co

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