Byung Chul Han y la dialéctica del desastre

 

Marién Espinosa Garay

 

En estos tiempos, cuando el estudio de la filosofía ha sido virtualmente desterrado de las escuelas a nivel global, es reconfortante conocer las peripecias de un coreano que se negó a seguir sus estudios de metalurgia, que abandonó a su familia después de provocar involuntariamente una explosión en su casa y, huyendo de la regañina paterna, llegó a Alemania, donde terminó por convertirse en filósofo, escritor y profesor universitario.  Para extrañeza de muchos, está causando revuelo con unos textos que no solamente desmenuzan la filosofía para los menos ejercitados en estas cavilaciones —como lo somos la gran mayoría de los habitantes de este planeta—, sino que además exorciza con sus lapidarias reflexiones a todos los demonios elegantes que pueblan nuestra hipermodernidad.

Leer a Byung Chul Han es una empresa que pareciera sencilla al examinar cualquiera de sus obras, breves, compactas, accesibles. Sin embargo, cada frase semeja un trazo tan breve y denso como los ideogramas en las escrituras orientales, signos que son capaces de encerrar toda una frase en una sola pincelada. Sin duda, Han aprendió esta escritura de abigarrada caligrafía en su infancia, para volcarse después en la enseñanza de la filosofía occidental, pero mostrándola en una arquitectura conceptual muy similar al pensamiento de Oriente. Han resume en sí dos horizontes antípodas de la cultura.

Por si todo esto fuera poco, se le ha nominado nieto intelectual de los escasos filósofos que han logrado viralizar las redes sociales, como Zygmunt Bauman o Slavoj Zizek [1], y que, a semejanza de ellos, critica sin piedad las formas y usanzas cotidianas del presente.

En su obra La Agonía del Eros [2], apunta sus reflexiones hacia lo que considera aquello que está matando al amor en nuestros días y, digámoslo sin contemplación, nos enfrenta al afán imprudente de quitarle a Eros toda su carga de extrañeza, de sorpresa, de diferencia, aún de dolor y herida, para tratar de homogeneizarlo, desodorizarlo, empaquetarlo y venderlo en cualquiera de nuestras tiendas globales on line.

Más que la moralina o la pudibundez, Han declara que la pornografía no sólo es la negación del erotismo, sino también lo porno lo que ha sustraído lo sublime del arte. [3] Y no solamente se refiere a los cuerpos desnudos, absolutamente expuestos, mecánicos, sin misterio alguno y vacíos de toda intimidad; sino a las cosas lisas, pulidas, transparentes, desde las obras artísticas que se exhiben en museos o galerías —y que aparecen cada vez más huecas y brillantes, como las obras de Jeff Koons—, hasta los gadgets cibernéticos y aun las mercaderías cotidianas, eficientes, deslumbradoras y portátiles, que se muestran sin pudor en los variopintos escaparates virtuales, y que después de la tentación y la seducción, serán destinadas al uso, al abuso, a la obsolescencia y al olvido.

De esta manera, personas, cuerpos, obras, cosas, objetos, en su calidad de mercancías, son usadas en un tiempo que ha cerrado puertas al pasado y al futuro, que se agota en un presente eterno, sin demoras ni anticipaciones gozosas, sin rituales, enamoramientos ni contemplación. [4] Así, el usuario de todas las redes y de todos los widgets languidece sin toparse siquiera con el Otro, aquél siempre distinto, inédito, inesperado como un accidente o una contusión, pero que es capaz de arrancarlo del narcisismo del eterno yo, ese que se repite en las pantallas grandes y pequeñas de la era digital, en memes y whatsapps. “El Eros se dirige al otro en sentido enfático, que no puede alcanzarse bajo el régimen del yo. Por eso, en el infierno de lo igual, al que la sociedad actual se asemeja cada vez más, no hay ninguna experiencia erótica. Esta presupone la asimetría del otro”. [5]

En esta cita de Han, que pontifica en contra del narcisismo y fuerza las puertas hacia la apertura con el Otro, nos topamos con la palabra infierno, siempre ligada al término igual, como irremediables miembros en una ecuación que se repite insistentemente en sus obras. Pero este infierno de lo igual, más que una democrática aspiración a la igualdad, significa el totalitarismo de lo intrascendente, o la nivelación de todas las propuestas vitales vaciadas en los mismos moldes desechables. Han afirma que este infierno igualitario subsiste en la omnipresente actitud narcisista de nuestras sociedades, donde es necesario aceptar el consumo de una felicidad contrapunteada por el mercadeo de lo inútil y el ejercicio cotidiano de los deditos levantados en las pantallas que a todo lo mediano, obtuso y azucarado dicen like.

Pero es en este punto cuando nos asalta una duda capital. Estas reflexiones contrastan perpendicularmente con el pensamiento de Jean Paul Sartre, quien hace decir a Garcín, el personaje de la obra escénica A Puerta Cerrada, una de sus frases fundamentales. Y es que, después de morir y ser guiado por un mayordomo a una habitación muy similar a un hotel —pero sin ventanas, camas o espejos—, Garcín es forzado a convivir con dos mujeres definitivamente malvadas, extrañas y manipuladoras, con las que habrá de discutir sin descanso alguno, durante el curso infinito de la eternidad. Y en un momento memorable, el personaje afirma ante aquel sorpresivo tropiezo con dos alteridades insufribles: “Así que esto es el infierno. Nunca lo hubiera creído… ¿Recuerdan? el azufre, la hoguera, la parrilla… ¡Ah! Qué broma. No hay necesidad de parrillas: el infierno son los otros[6]

Entonces, ¿Quién es el Otro? ¿Es el mismo infierno, como afirma Sartre, o es el antídoto contra el narcisismo, como dice Han? ¿La otredad me libera del enamoramiento propio, de la mismidad que cae en su propio reflejo para ahogarse en una espiral nacarada y tersa, como las circunvoluciones de un caracol? ¿Quién tiene la razón, Sartre o Han? ¿En qué casos es aplicable una teoría, en cuáles la otra? ¿En dónde está cartografiado el infierno?

Han delata nuestra pretensión de amar a un otro sin diferencias ni antagonismos, otro que se pliegue a mis deseos y fantasías —hasta las más inconfesables—, otro (u otra, según el caso) que se parezca tanto a mí, que jamás pueda darme cuenta de lo evidente: estoy enamorado de mi propio reflejo, que naufraga en la pantalla del móvil saturado de selfies, y he de contemplarlo hasta que mi cabeza caiga en el agua de las virtualidades infinitas, como Narciso lo hace una y otra vez, en tiempos recurrentes, aunque sin memoria.

Pero Han llega más allá. Afirma que este ciego narcisismo es una de las causas de la depresión psicológica, mal de nuestro siglo. Y a riesgo de ser extremadamente miope ante las atimias profundas, que arrastran una bioquímica cerebral en implosión, asegura que la melancolía aparece frecuentemente en el sujeto que es incapaz de correr el riesgo de perderse a sí mismo en el amor hacia una alteridad verdadera, demandante, profunda. Pero sin duda Garcín, el personaje de Sartre, le reclamaría: “A veces, señor Han, verdaderamente el infierno son los otros, y los ejemplos pueden apreciarse en cualesquiera de las noticias del día, en las comidas familiares, en las guerras, grandes y pequeñas…” ¿Cómo olvidar el sadismo, la indiferencia, las luchas de poder, el siniestro desfile de todas las perversiones, pecados, crímenes y corruptelas que ennegrecen el pasado y el presente? Entonces, si Sartre tiene razón, la infernal eternidad comienza en la mirada del otro, y se eleva a todas las potencias matemáticas en las interacciones personales de cada día.

Pero, por otra parte, si los otros no son en realidad el infierno como afirma Sartre y, abriendo el paréntesis de la duda, tal vez sean, como asegura Han, el anuncio de la grieta y la ruptura, el resquebrajamiento del ego, el dolor de la herida provocada por Eros para estremecer a Narciso; entonces  se fragmentaría el bello rostro del joven enamorado de sus perfecciones, quien al ver su imagen craquelada en el espejo de las aguas, se alejará de sí mismo, horrorizado, pero salvándose de perecer en el ahogamiento de su mismidad.

De esta manera, Han declara que a veces es necesaria una catástrofe, un desastre (dis, astrum), un planeta desorbitado que nos caiga encima, no sin antes forzarnos a encarar de frente el inevitable rostro de la muerte, para revolvernos en medio del pánico y, al mismo borde de la pérdida, dar un salto dialéctico desde el narcisismo, el hedonismo y la necrofilia hasta el Eros, el tan mencionado y malentendido amor, la donación al Otro y, al final de cuentas, la revivificación, la inmensa sorpresa de la recuperación del auténtico yo, que recibe el regalo inesperado de la otredad compartida, y se encuentra más vivo que nunca, a pesar —y más allá—, de la muerte. Como sucede en la película Melancholia, de Lars von Trier, utilizada por Han para ilustrar sus argumentos, donde la súbita aparición de un planeta errante llamado Melancolía, su inaplazable colisión con nuestro mundo y la inminente extinción total, obligan a la taciturna protagonista de semejante cataclismo —víctima de una depresión agonizante—, a resignificar sus actitudes ante la muerte y la vida, pero sobre todo, a dejar de posponer por tiempo indefinido el aprendizaje de las lecciones del amor a los otros y, ante la urgencia del desastre, desplegar de sí misma lo que antes nunca pudo dar. Porque como afirma Han: “En esto consiste la dialéctica del desastre… El infortunio desastroso se trueca de manera inesperada en salvación.” [7]

 

 

[1]https://elpais.com/cultura/2018/02/09/actualidad/1518178267_725987.html

[2] Han, Byung Chul, La agonía del Eros,  Barcelona, Herder, 2014

[3] Han, Byung Chul, La salvación de lo bello, Barcelona, Herder, 2015

[4] Han, Byung Chul, El aroma del tiempo, Barcelona, Herder, 2014

[5] http://insurgenciamagisterial.com/wp-content/uploads/2018/03/byung-chul-han_la-agon-del-eros.pdf p. 5

[6] (Sartre, APC 186). 3 https://scielo.conicyt.cl/pdf/alpha/n37/art_16.pdf p. 226

[7] Han, Byung Chul, La agonía del Eros, Op. Cit. p. 18

 

Marién Espinosa Garay (Monterrey, NL, 1953). Maestra en estudios humanísticos y Licenciada en Ciencias Humanas. Primer Lugar Premio FIMPES 2012 a la Innovación Educativa y Segundo Lugar Premio FIMPES 1996. 1er. Lugar concurso de cuento “Como el mar que Regresa”, 2000, Casa de la Cultura, Cancún. Premio Sor Juana Inés de la Cruz 1990. Docente universitaria. Artista plástica, pintora y escultora. Correo: marien46@hotmail.com

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Ensayo publicado en Tropo 18, Nueva Época, 2018.

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