Casus belli

Por Miguel Pickering

 

Todo comenzó con un manotazo sobre la mesa. La acalorada discusión había venido subiendo de tono entre temerarias acusaciones, en las que se arrebataban la palabra para señalar lo que cada uno consideraba que le correspondía según sus intereses. La crisis sentaba condiciones para adelantar posiciones, la repartición de la herencia vagamente descrita en el testamento, la concesión de los denuncios mineros, la participación accionaria en el corporativo de medios y telecomunicaciones, los dividendos del negocio inmobiliario, la oficina principal con el escritorio de caoba, la dirección del destino manifiesto que cada parte interpretaba a conveniencia asegurando ser la elegida para determinar los porvenires ajenos.

El periodo de duelo predisponía un campo propicio para mostrar los filos de sus antagonismos antes disimulados. Muerto el patriarca, no hacía falta guardar las formas. Al contrario, exhibir su animadversión por el otro liberaba la ira que por tantos años sujetaron con práctica malabarista para no desbalancear el precario equilibrio que hasta ahora les regulaba. La discusión pronto pasó de las palabras a los gritos; y, al calor de los reclamos, no tardaron en lanzarse amenazas, cruzaron las líneas rojas, rompieron los códigos, llevaron la situación a un punto de no retorno, llegando al extremo de hacer inviable cualquier intento de mediación de quienes buscaban contenerles. Si no llegaron a los golpes fue porque sus consejeros y la mesa en torno a la cual peleaban obstaculizaron la desaforada violencia. Aun así, se arrojaron restos de comida y alguna que otra pieza de la vajilla, escaramuzas que hicieron volar por los aires todo atisbo de cordura en preludio de lo que vendría: ¡esto es la guerra!, zanjaron antes de retirarse a preparar el combate.

 

«No queremos comenzar con una definición altisonante y grave de la guerra, sino limitarnos a su esencia, el duelo. La guerra no es más que un duelo en una escala más amplia. Si quisiéramos concebir como una unidad los innumerables duelos residuales que la integran, podríamos representárnosla como dos luchadores, cada uno de los cuales trata de imponer al otro su voluntad por medio de la fuerza física; su propósito siguiente es abatir al adversario e incapacitarlo para que no pueda proseguir con su resistencia. La guerra constituye, por tanto, un acto de fuerza que se lleva a cabo para obligar al adversario a acatar nuestra voluntad».

 

Carl von Clausewitz, De la Guerra, 1832

 

Aún no clareaba el alba cuando su mujer avivaba la lumbre en el fogón para echar unas tortillas al comal y calentar el café. Era una cuestión vital salir al trabajadero bajo la oscuridad de la noche para no ser blanco de los francotiradores, ya que la condición topográfica de sus tierras resultaba en una desventaja ante la posición más elevada de sus rivales; junto con su hijo, el mayor, habían improvisado algunas trincheras en los puntos más críticos de la vereda, pero su mejor parapeto seguía siendo la noche y la niebla. El problema era añejo. Hace décadas el registro agrario cercenó un buen pedazo de los dos ejidos. Ellos siempre pelearon por sus tierras, pero el conflicto comenzó cuando los del ejido de arriba se vendieron a un prominente señor de la ciudad, quien se adueñó de todo el terreno, contratando a algunos de ellos como sus guardias blancas para cuidarlo.

Resultaba muy difícil vivir bajo los constantes ataques armados, un día sí y otro también. Hace apenas un año, su hija la más pequeña fue herida por una bala calibre 7.62 x 51 mm que le atravesó la pierna destrozándole la tibia y el peroné cuando alimentaba a las gallinas. La suya era una historia familiar escrita con sangre: la opresión de sus abuelos como peones acasillados en la finca, el levantamiento armado en el que murió su padre, la tortura que sufrió él cuando lo apresaron por participar en los movimientos normalistas siendo estudiante y ahora su niña con su piernita amputada. La grandeza de un hombre se mide por el tamaño del enemigo que escoge, recordaba que le había dicho su abuelo mientras le contaba cómo mató a machetazos al patrón al enterarse de que había hecho valer su derecho de pernada desflorando a su madre el día que se casó con su finado padre. Por todo esto, al cumplir su hijo el mayor 14 años, comenzó a instruirlo en el combate. Pronto vendrá la guerra, le dijo.

 

«Reunidos todos allí, celebramos consejo, decían nuestros padres y abuelos Gagavitz y Zactecauh […] En verdad la guerra está cercana: ataviaos, cubríos de vuestras galas, revestíos de plumas, desenvolvamos nuestros presentes. Aquí tenemos las prendas que nos dieron nuestras madres y nuestros padres. He aquí nuestras plumas».

 

Francisco Hernández Arana Xajilá,

Memorial de Sololá. Anales de los Cakchiqueles, 1560

 

Apenas salieron a la calle comenzaron las detonaciones, desatándose un intenso tiroteo pues la respuesta de los guardaespaldas ante la agresión fue organizar un pasillo reactivo que diera cobertura a la evacuación del protegido. En el piso yacían los cuerpos de las primeras bajas. Gracias a las botas tácticas, quienes quedaban de pie no resbalaron en los charcos hemáticos formados por el flujo de la sangre emanada de los abatidos. La escasa planeación de los atacantes, aunada al fogueo de los escoltas habituados a acomodarse para eludir las balas, terminó por inclinar la balanza en favor del hombre al que intentaron asesinar, quien logró huir ileso de la emboscada en una camioneta blindada. Ya bajo resguardo se preparó para el contragolpe. Él sabía que tenía el tiempo en contra si quería evitar que su adversario se afianzara.

Por años había repasado en su mente mil formas de reivindicarse ante la condescendencia que siempre le prodigó el patriarca al hermano menor de su madre. Siempre lo aborreció; eran casi de la misma edad, pero de carácter totalmente opuesto: él, metódico y perseverante, mientras que su tío era un desgobernado y pendenciero. Días antes, había establecido las acciones legales para solventar los inconvenientes surgidos por la ambigüedad del testamento, pero los acontecimientos recientes rebasaban sus proyecciones iniciales, considerando ahora los amagos de su rival como una seria amenaza que podría escalar desestabilizando al país entero. Lo primero que ordenó fue reforzar la seguridad en sus negocios y poner en marcha un plan de ataque para que sus hombres se regodearan con la venganza de los compañeros caídos recientemente. El objetivo tenía que ser un punto muy sensible que además sirviera como distractor para avanzar en su estrategia.

Dispuso además fraguar diversas tretas para acotar los caudales económicos de los que abrevaba su contendiente. De manera inescrupulosa y en plena connivencia con el líder del sindicato, urdió una operación para precarizar todavía más la riesgosa labor de los mineros, induciendo condiciones para que ocurriera un accidente que paralizara la compañía que conducía su tío. Cuando sucedió la tragedia, su padrino le aconsejó que no solicitara licencia en el Senado, para conservar el fuero. Así que lo más difícil para él fue comunicarles a sus jefes políticos en el gobierno y a los altos jerarcas del crimen organizado que, dadas las circunstancias, comenzaría una guerra total contra su tío para hacerse con el control absoluto del emporio familiar.

 

«Una vez que César ve el ánimo de sus soldados, decide dar el paso definitivo e ir a Rímini. Esto suponía cruzar el Rubicón y salir de su provincia, que era precisamente lo que los cónsules le habían prohibido. Por tanto, era el principio de la guerra».

 

Julio César,

Comentarios a la Guerra Civil, Libro 1, 40 a.C.

Luego de varias noches de discusión, la asamblea reconoció que las medidas tomadas hasta ahora resultaban insuficientes para frenar las incesantes balaceras. Se decidió entonces formar una comisión de seguridad comunitaria que se encargaría de organizar la defensa de las tierras. La mediación que habían hecho la pastoral social y los organismos de derechos humanos fue bien valorada, pero lo primordial ahora era establecer contacto con quienes pudieran suministrarles armamento y municiones. Se sabía que aquello implicaría necesariamente recaudar dinero que no tenían, así que acordaron vender el ganado, pedir la contribución de los parientes que habían emigrado y comenzar los bloqueos en la carretera para exigir peaje. Prohibieron asaltar a los comerciantes de la zona y el secuestro. Todas las demás formas de allegarse recursos que no implicaran hechos de sangre quedaban permitidas; su urgencia era conseguir principalmente maíz y pertrechos para la manutención de los combatientes y sus familias durante el tiempo que durara el conflicto.

Por la memoria de lo vivido hacía 30 años, cuando el alzamiento armado, tenían claro que la ofensiva debía ser rápida y contundente, a los compañeros de aquella lucha les pidieron su apoyo para reclutar milicianos en otras regiones. Concluir los preparativos supondría tomarse algún tiempo. Su mejor defensa era pasar a la ofensiva, no tenían dudas de ello, pero esto implicaba cargar con la comunidad entera para romper el cerco dentro del cual les tenían sometidos sus contrincantes. No podían dejar que otros grupos paramilitares llegaran para reforzar a los testaferros locales del mandón, su verdadero enemigo. Mientras conseguían los medios suficientes para hacer la guerra, fueron preparando los refugios en la montaña donde habrían de montar los campamentos que resguardarían a las familias. En el pueblo dejarían postas y nidos donde alinear fusileros para responder a las agresiones, así como algunos puntos de observación en los caminos.

 

«El mejor aliado del guerrillero es el terreno porque él lo conoce como la palma de su mano. El tener el terreno como un aliado significa conocer cómo utilizar sus irregularidades con inteligencia, sus puntos más altos y bajos, sus curvas, sus pasajes regulares y secretos, áreas abandonadas, terrenos baldíos, etc., tomando la ventaja máxima de todo esto para el éxito de las acciones armadas: escapes, retiradas, coberturas y escondites».

 

Carlos Marighella,

Mini-manual del Guerrillero Urbano, 1969

 

Pasados algunos meses desde la celada, el senador se encontraba ahora en la capital a sugerencia del alto mando militar; en su estado, el curso de las acciones se había salido de cauce luego del atentado en el prostíbulo que frecuentaba su tío. Si bien a ninguno de los poderes fácticos les convenía tanta violencia, a todos les resultaba muy sugestiva la posibilidad de hacerse con lucrativas porciones del consorcio familiar que estaba en juego. Esto le dio una ventaja para establecer alianzas clave sin reparar en el precio pactado. Sabía de antemano que el fuego desatado abrasaría a todos, se comprometieran o no con su causa; de esta manera, los costos serían tan altos que al final tendrían que pagarse en conjunto, lo cual lo dejaría en una mejor posición de la que tenía antes de iniciar las hostilidades.

A pesar de la distancia, se mantenía pendiente de los detalles en todos los frentes. Inclusive avanzaba en la arena política. Aun cuando su partido era pequeño, había conseguido importantes triunfos en las pasadas elecciones, lo cual se logró gracias a un arreglo que orquestó con el Cártel del Ocaso para masificar la compra y coacción de votos en vastos territorios, situación que le daba un amplio margen de maniobra con el gobierno nacional, pues ahora su partido serviría como ariete en el Congreso para aprobar controvertidas leyes al servicio de la actual administración o de la oposición, según conveniencias. Solamente le faltaba concretar la arremetida final para doblegar a su tío, quien se defendía con desmedida rudeza. Esta guerra cegaría muchas vidas antes de que alguno pudiera proclamarse vencedor, pero el senador ya había puesto en marcha un movimiento sagaz que rendiría sus frutos para alzarse victorioso.

 

«Un príncipe no debe entonces tener otro objeto ni pensamiento ni preocuparse de cosa alguna fuera del arte de la guerra y lo que a su orden y disciplina corresponde, pues es lo único que compete a quien manda. Y su virtud es tanta, que no solo conserva en su puesto a los que han nacido príncipes, sino que muchas veces eleva a esta dignidad a hombres de condición modesta; mientras que, por el contrario, ha hecho perder el Estado a príncipes que han pensado más en las diversiones que en las armas».

 

Nicolás Maquiavelo,

El Príncipe, 1532

 

En mitad de la noche, partieron varios contingentes que movilizaron a la comunidad entera, incluyendo ancianos, mujeres y niños, animales de carga, aves de corral, avituallamiento y pertrechos. La guerra de todo el pueblo era la estrategia acordada, se basaba en una premisa fraguada por el dolor de vivir asediados durante años y que juramentaron frente a las tumbas de sus difuntos antes de partir: —Más vale morir peleando que vivir de rodillas, pues no hay modo más noble de vencer que luchar hasta la muerte por nuestra dignidad.

Los exploradores, avezados en la vida montuna, dirigieron la expedición que fue dividida en etapas, considerando la lentitud en la marcha de los elementos más vulnerables. El principal escollo fue salir del pueblo sin que los punteros hostiles lo advirtieran. Con la sobria luz de la luna, se guiaron durante el trayecto en el que la vegetación era escasa. Apremiaba internarse en la tupida floresta antes de que el sol saliera. Ya bajo el cobijo de la montaña, pudieron detenerse en repetidas ocasiones para descansar. Tardaron toda la noche y buena parte del día siguiente en llegar para establecerse en las cuevas y refugios preparados con anticipación. Los campamentos se ubicaban dispersos, pero dentro de un área compacta que facilitaba su defensa a cargo de la propia población, que contaba con silbatos y caracoles para dar la voz de alarma en caso de ser descubiertos. Los combatientes tenían algunos equipos radiales de doble vía para coordinar operaciones y evitar interferencias. Una vez posicionada la retaguardia, estaban en condiciones para dar inicio a la etapa más decisiva, el ataque.

 

«Las fuerzas armadas populares estaban constituidas por el ejército regular y también por las tropas regionales, los guerrilleros y los francotiradores. Bajo la consigna de: —Todo el pueblo en armas—, cada habitante se convertía en un combatiente, cada aldea en una fortaleza, cada célula del partido y cada comité de resistencia en un estado mayor. Así ocurrió en la zona liberada y aun en la retaguardia enemiga».

 

Vo Nguyen Giap.

 Guerra del Pueblo Ejército del Pueblo, 1964

 

Saturado el teatro de operaciones por el avispero de intereses alborotado, el conflicto se empantanó en un espiral de terror y devastación. El senador buscaba romper esta inercia con una jugada maestra que nadie esperaba. Era de todos conocido que su tío no podría mantenerse en la posición de poder que ostentaba por sí solo, pues dependía de La Pantera, su mano derecha, un sayón muy ducho dirigiendo a sus huestes. Así que, para anularlo, envió a uno de sus hombres más competentes en una misión clandestina, cuyo objetivo era penetrar el círculo de seguridad de su tío.

El espía se presentó como agente del gobierno que buscaba pacificar al estado. Para ganar su confianza, les entregó información confidencial. Aun así, sus contrarios dispusieron que un equipo externo lo investigara. Interceptaron después de un tiempo un mensaje encriptado de su teléfono que revelaba proximidades de La Pantera con el senador. Su tío, azorado al vislumbrar una posible traición, encaró a su jefe de sicarios, quien, fastidiado, le respondió reclamándole altaneramente su incapacidad para conducir la guerra. El tío desencajado desenfundó la 45 y le sorrajó dos balazos en el pecho a su lugarteniente; ahí mismo ejecutó al doble informante también y luego sin miramientos se fue a la cantina.

El senador fingió sorpresa cuando a los pocos días recibió una llamada de la arquidiócesis de su estado. El obispo lo invitaba a que se reunieran con el propósito de conversar sobre los términos de una posible tregua solicitada por los jefes que apoyaban a su tío. La artimaña había resultado. Para él, aislar completamente a su enemigo bien había valido el sacrificio de uno de sus mejores hombres; destapó una botella de Balvenie, se sirvió en un vaso y al saborear los tonos del whisky añejado por 30 años en maderas de roble, paladeó su triunfo.

 

«Los operativos secretos son muy importantes en la guerra; de ellos depende el ejército para efectuar cada una de sus estrategias. Chia Lin: —Un ejército sin agentes secretos es como un hombre sin ojos ni oídos—».

 

Sun Tzu, El Arte de la Guerra, 400 – 320 a.C.

 

Tres columnas de combatientes salieron rumbo al ejido de arriba donde los paramilitares tenían la comandancia. Otras dos columnas se incorporaron para el asalto con caballos y vehículos que agilizaran el despliegue. Muchos compañeros milicianos habían acudido desde lejos atraídos por la promesa del reparto de tierras que serían recuperadas si ganaban el combate. Poco antes de iniciar la ofensiva, comenzó a caer un aguacero. No podía haber mejores condiciones para atacar, pensó él, explicándole a su hijo cómo la torrencial lluvia sobre los techos de lámina escondería el ruido de su llegada y mantendría a los paramilitares acuartelados, lo que favorecía el ataque inicial con granadas. La resistencia de quienes defendían fue ardua, pero no duró mucho tiempo. El volumen de fuego y la resolución de los atacantes resultaron determinantes para tomar el control del ejido de arriba y sus alrededores. Los paramilitares que sobrevivieron, sus colaboradores en el pueblo y algunos policías estatales que les resguardaban fueron hechos prisioneros. Al resto de los campesinos les advirtieron que si no colaboraban con la causa serían expulsados de sus tierras.

En eso andaban cuando una comunicación por radio interrumpió la discusión de cómo habrían de repartirse las tierras. En seguida, un grupo de milicianos se aprestó para salir en los vehículos rumbo a la ciudad. Él se dirigió hacia su hijo indicándole que debía quedarse con el resto de combatientes a defender las tierras, y dio la orden de cortar las alambradas del rancho del patrón y de sacrificar unas vacas para alimentar a la tropa. La comunicación radial provenía de un compañero de lucha que era diácono, quien sabedor del embate que habían emprendido les informó que recién se enteraba sobre el arribo del hijo del mandón al estado, quien acudiría a la catedral en unas horas para hablar con el obispo acompañado solamente de una discreta guardia. Se apresuraron para llegar cuanto antes a cercar la catedral. Un grupo de milicianos ingresó por una puerta lateral que daba justo a la sacristía, donde les esperaba su compañero el diácono. Dentro de la diócesis, pronto ubicaron y detuvieron al hijo del mandón. Para cuando los escoltas reaccionaron, ya una multitud armada lo llevaba por la calle sujeto con un lazo y tapado de los ojos. No sabía lo que sucedía, nada más sentía los jalones mientras lo subían a una camioneta de redilas. Lo que estaba viviendo le resultaba inconcebible.

Al volver a las tierras recuperadas, el ánimo era tenso. Los campesinos del ejido de arriba se encontraban muy preocupados por las represalias que tomaría el ejército. Los milicianos enfrentaban también emociones encontradas: por un lado, el júbilo de haber cumplido su misión sin demasiadas muertes, pero, por el otro, la angustiante responsabilidad de tener que dirigir esta nueva etapa de la lucha que involucraba a tantas almas. Ciertamente, con la retención del hijo del patriarca tenían una moneda de cambio valiosa para las negociaciones con el gobierno, pero la realidad es que el pueblo estaba sumido en la pobreza, el estado en llamas y el país hecho un polvorín a punto de estallar.

En medio del gentío le descubrieron los ojos y desataron al senador, quien tímidamente alcanzó a preguntar si querían dinero o qué más podía ofrecerles para que lo liberaran. Fue entonces que aquel muchacho de dieciséis años, hijo primogénito del comandante Hiber, dio un paso al frente y con voz firme le respondió que no se preocupara, que como era un invitado no le habrían de faltar un plato de frijolitos, tortillas y una champa donde dormir. Continuó diciéndole, mientras señalaba las tierras recuperadas, que no le pedirían nada a cambio, pues lo que por derecho les pertenecía ya lo habían recuperado; para rematar se dirigió a su gente gritando de alegría diciéndoles que ahora lo verdaderamente importante era traer a sus familias para festejar con un baile la toma de las tierras y la reparación de su dignidad.

 

«El Ejército dio el parte de la detención de todos los campesinos que colaboraron con nosotros en la zona de Masicuri; ahora viene una etapa en la que el terror sobre los campesinos se ejercerá desde ambas partes, aunque con calidades diferentes; nuestro triunfo significará el cambio cualitativo necesario para su salto en el desarrollo».

 

Ernesto Guevara de la Serna,

Diario del Che en Bolivia, 1968

 

La guerra de los de arriba inicia por la avaricia del poderoso que pretende acaparar el despojo; la guerra de los de abajo inicia con la conciencia del oprimido que busca su liberación. La guerra civil estalla en el momento en que éstas dos fuerzas antagónicas adquieren semejante escala que terminan envolviendo a toda la población, lo cual sucede cuando coinciden las guerras desde arriba y las guerras desde abajo en geografía, calendario y poder de fuego.

Los coliseos para la lucha fratricida se construyen con los ladrillos de la indolencia y el mortero de la indiferencia, cuando el debate de las ideas se descarta para imponer doctrinas, cuando se utiliza al humilde para conservar privilegios, cuando los prejuicios y atavismos ceban visceralmente al odio, cuando la codicia supera al raciocinio, cuando la ofuscación aviva las ansias de venganza, cuando la mentira se cultiva como propaganda, cuando la crispación desecha alternativas que buscan reconstruir cívicamente el tejido social, cuando el resentimiento aísla a la humanidad haciéndole creer que solamente importa el individuo, cuando se promueve el desdén por el otro, el insulto al dócil, la amenaza al prójimo, la agresión a quien resulta diferente, la muerte a los demás por conveniencia, cuando la impunidad sustituye a la justicia, pero, sobre todo, cuando hay intereses de por medio que se benefician del exterminio entre hermanos. ¿Hacia dónde vamos marchando?

 

«En vano marchamos con paso enérgico y sin precedentes hacia la formación de un imperio tan colosal que dejará atrás a todos los antiguos, mayor que el de Alejandro, mayor que el de Roma en su apogeo. En vano nos hemos anexionado Texas, California, Alaska y nos extendemos hacia el norte en busca de Canadá y hacia el sur en busca de Cuba. Es como si se nos estuviera dotando de un inmenso cuerpo, cada vez más equipado, y nos estuviéramos quedando prácticamente sin alma».

Walt Whitman, Perspectivas Democráticas, 1870

Cozumel, Quintana Roo, junio 2021.

 

Miguel Pickering (México D. F., 1974). Biólogo y magíster en Desarrollo Rural. Radica en Cozumel desde 2017. Técnico recolector de pesquisas, extensionista de anécdotas y silvicultor de historias.

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Imagen tomada de la Web: Daydream (2021). Técnica: digital. Obra del ilustrador sueco Alexander Jansson.

 

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