Sara Sefchovich: La señora de los sueños

Miguel Ángel Meza

La literatura mexicana escrita por mujeres ha tenido en las últimas décadas un auge sin precedentes y ahora constituye, sin duda, una presencia no sólo importante sino referencia ineludible a la hora de recorrer el panorama de la narrativa que se produce en nuestro país. Sin escritoras como Elena Poniatowska, Soledad Loaeza, Ángeles Masttreta, Silvia Molina, Ethel Krauze, Bárbara Jacobs, Rosa María Roffiel, Brianda Domecq, Laura Esquivel, Alicia Trueba y Alinne Peterson, por citar sólo a algunas, no podría entenderse cabalmente este fenómeno ni las vivencias y repercusiones de un amplio sector de nuestra sociedad: el compuesto por el elemento femenino.

Más allá de posturas feministas a ultranzas o hembrismos combativos —superados ya por algunas de las autoras— las escritoras mexicanas han encontrado en la literatura más bien una vía central para contar, simple y llanamente, las historias sencillas de aquellas mujeres que usualmente no tienen foro ni voz, pero que son ejemplos del modo de ser femenino en nuestra sociedad mexicana de finales de siglo y sin el cual ésta no se entendería.

Es el caso de Sara Sefchovich, narradora, ensayista y traductora, que en su novela, La señora de los sueños (Planeta, 1993), retoma uno de los temas que más han preocupado a esta joven generación de literatas: el del papel tradicional de la mujer —de sojuzgamiento doméstico, de grisura cotidiana, de servidumbre sexista y abnegación— y la búsqueda de una libertad, social y erótica, que le permita realizarse en otros planos —distintos o alternos al de esposa y madre que le destina la sociedad— para acceder al posible encuentro de una identidad en donde se descubra más plena de sentido, más anhelante de auténticos proyectos de vida, más comprometida consigo misma.

En este sentido, La señora de los sueños es la historia de la libertad de una mujer que a través del poder de su fantasía y su capacidad imaginativa consigue sobrevivir a la existencia gris y anodina impuesta por los reclamos de sus deberes de madre y esposa. Por medio de las novelas que de pronto decide leer, la protagonista de esta historia sale del círculo de condenación eterna en el que se halla atrapada hasta este momento e ingresa por vía de los sueños a un mundo de aventuras inconcebibles en su realidad, a un mundo de vivencias extraordinarias que trastornan su vida cotidiana: “Lo que sucede usted lo sabe: aprendí a leer y mi soledad encontró compañía, el silencio se pobló de voces, el vacío se llenó de fantasmas. En los libros encontré lo que necesitaba, ahora es mío el mundo y una porción de la eternidad.”

Estructurada a la manera de un concierto polifónico en el cual la protagonista toma la voz narrativa de cada uno de los personajes que conoce en las novelas que lee, la obra nos conduce “a través de las más diversas culturas: la árabe, la rusa, la norteamericana; por los países más diferentes: India, Cuba, Israel; y por las épocas más diversas: los siglos quince, diecinueve y veinte”. En cada uno de estos momentos e instancias, la autora de la exitosa novela Demasiado amor —con la cual obtuvo el Premio Agustín Yáñez en 1990— describe los modos de ser femeninos en otros tiempos y en otros lugares y expone su evolución a través de la historia.

Hermana espiritual de Don Quijote de la Mancha y Emma Bovary, la protagonista de esta interesante novela busca, como aquéllos, escapar a su manera de una realidad asfixiante para vivir aquella otra creada por su fantasía y catapultada por sus lecturas. Mucho más realista que sus congéneres literarios, acepta en cambio su destino con resignación e incluso con gusto. Su rebelión se produce sólo internamente: no busca reivindicar nada en lo social ni lleva su locura hasta la tragedia. “Para mí los días son hermosos y así quiero seguir: soy ama de casa, cuido y atiendo mi hogar y a mis seres queridos, tengo un trabajo que me agrada y dispongo de mi tiempo, oh dulce libertad, para leer y a través de ese manantial inagotable, vivir las más maravillosas aventuras entre estas cuatro paredes.”

Virginia Woolf escribió en algún momento que la lectura de novelas le permitía acceder a mundos y vidas que de otra manera le sería imposible conocer. A través de la literatura le era posible ser capitán de barco en busca de la ballena blanca y asesino de usureras para realizar un ideal, apasionado amante detonador de tragedias y sencilla dama de sociedad con placeres finos y distinguidos. Asimismo, la señora de los sueños conoce, a través de los libros que devora, la fidelidad y la indiferencia, la ternura y la exaltación, las mayores alegrías y la desilusión de los más diversos destinos humanos. Sabe que “nadie posee tanto como aquel que lo sueña” y que “sólo los sueños y los deseos son lo verdadero que tenemos”.

 

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Reseña publicada en julio de 1995 en La Crónica de Cancún.

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