Un viaje fascinante y erudito de la mano de Eco.

Por Rosa López López

 
Tiempo mítico, historia de la filosofía, laberintos de símbolos, investigación policiaca, poesía antigua y mucho humor como legítima defensa, todo esto y más formaba parte del interés intelectual de Umberto Eco, un autor mítico que apreciaba todos los productos de la cultura. A cinco años de su muerte —se cumplieron el 19 de febrero pasado—, nuestra colaboradora Rosy López recuerda una de las emblemáticas novelas de este gran intelectual, cuya ironía puede ser disfrutada universalmente.

En 2010, treinta años después de El nombre de la rosa, Umberto Eco publicó su penúltima novela, El cementerio de Praga, una obra que versa sobre temas tan cercanos como los amores, las conspiraciones y las noticias falsas. Los capítulos encierran tantos sucesos históricos, que podría escribirse un ensayo sobre cada uno de ellos. En pocas palabras, hay tanto derroche de arte y de ciencia, que los lectores deben estar preparados para descubrir fragmentos en varios idiomas sin traducir y para aventurarse en las ciénagas de la academia.

Estructurada a la manera de un folletín, la historia se caracteriza por un ritmo intenso, un argumento poco verosímil y una temática envuelta en el misterio con matices propios del siglo XIX y muy al estilo de Alexandre Dumas. Aderezado con ilustraciones y descripciones minuciosamente realistas, la obra narra el bajo mundo de la época con sus míseras tabernas y sus asquerosos cafés, donde se reunían los maleantes a confeccionar planes delictivos. En este sentido, la novela sacude con inesperados golpes de escena, crueles asesinatos, personajes paradójicos y toda una delicia de entretenimiento, más apta para mentalidades fuertes.

Ambientada en el París de 1897, la trama se centra en torno a un hombre originario de Piamonte, de 67 años, que se dedica a la falsificación de documentos.  Desde el principio, el autor revela sus obsesiones: el secreto y la mentira. Ambas conductas dan poder y han sido aprovechadas desde hace mucho tiempo por los dictadores a fin de evitar la crítica y para no responsabilizarse de sus actos. Aterra constatar la actualidad de la manipulación política que plasma esta maravillosa obra.  Preocupa ser partícipe de la profunda necesidad que tienen los grupos humanos de reconocerse, de tener una identidad y, para ello, construir un enemigo. Atemoriza constatar cómo se cultiva el odio en el corazón de las personas, porque, desafortunadamente, este sentimiento ofrece sentido y unidad a las sociedades.

Además de los personajes ficticios, en la narración abundan personajes de la vida real. Por ejemplo: el padre Barruel, un sacerdote jesuita que a finales del siglo XVIII escribió un libro reaccionario contra la Revolución Francesa donde asegura que esta fue organizada por un consorcio entre masones, templarios, los Iluminados de Baviera y los ilustrados de la Enciclopedia. El capitán Simonini, le envió una carta diciéndole que había pasado por alto a los judíos. Barruel entonces difundió la carta y se la envió al Papa Pío XI, por lo cual empezó a circular por toda Europa e incluso llegó a manos de Napoleón.

En esta novela, Eco pone sobre la escena al supuesto nieto del capitán Simonini. El abuelo era un hombre de tradición monárquica, todo lo contrario que su hijo, un revolucionario que murió defendiendo sus ideales. La némesis del capitán eran los judíos, según él la fuente de todos los males. A causa de una infancia triste, el joven Simonini creció con un terrible resentimiento. Detesta todo lo que no conoce y se ve inmerso en la fenomenología de la falsificación. Empieza su carrera profesional de pasante, quedándose al final con el negocio del notario. Mientras tanto, en Italia Garibaldi libera de los Borbones al país. Simonini se convierte muy pronto en espía y contraespía del gobierno italiano.

El libro está atravesado por estas fibras argumentales que concitan toda clase de emociones. Asombro, furia, pena, terror y aversión. Todo esto mientras se demuestra que el auténtico secreto debe estar vacío y es tanto más poderoso cuanto más vacío. Por esta razón, el espía cuenta sólo cosas que ya se saben y las denuncias a los servicios secretos suelen estar hechas de noticias reales. Si contaran cosas inéditas, nadie se las creería. Por eso su personaje es tan antipático. Es un malvado, sin escrúpulos ni valores, sin remordimientos. Odia a todos y a todo. Inventa complots, tergiversa los datos, difama y calumnia a los políticos incómodos, enreda a la opinión pública. Así es como estafa y engaña por igual a los rusos, los franceses, los italianos y los alemanes. Trabaja siempre para el mejor postor.

Como todos los grandes criminales, tiene rasgos fascinantes que atraen y repelen. Este pillo racista y misógino, que rezuma vilezas, padece un trastorno disociativo de la personalidad, lo que solía llamarse personalidad múltiple. Es decir, se encuentra bajo el control de dos identidades distintas de forma alternativa y tal vez por eso, no puede recordar información importante ni acontecimientos traumáticos. El “alter ego” de Simonini es el abate Della Piccola, un extraño clérigo.

Así, inicia un diario con objeto de recordar los eventos olvidados de su vida siguiendo el consejo de Sigmund Freud. Comienza a escribir sobre el abuelo que lo crio bajo ideas prejuiciosas y subversivas. Menciona textos, como los falaces Protocolos de los sabios de Sión, que fueron atribuidos a los rabinos y en realidad escrito por un antisemita ruso. En ellos supuestamente se detallan sus planes para la conquista del mundo.

Es importante enfatizar que en la vida real se han hecho virales junto con otros tópicos anti-semitistas y la paranoia acecha a su alrededor pese a una evidente contradicción interna que escandaliza. ¿A quién se le ocurriría decir: “nosotros somos los malos, queremos destruirlos y controlar el mundo”? Habría que ser un villano muy ingenuo para decir estas cosas en voz alta y muy estúpido para dejarlas por escrito. Sin embargo, curiosamente, en el momento mismo en el que se demostró su falsedad, fue cuando fueron tomadas más en serio por el público.

Como era de esperarse, El cementerio de Praga fue considerado irreverente y provocó grandes polémicas y enérgicas protestas en distintas comunidades. Una lectura descuidada o superficial podría atribuirle injustificadamente ambigüedades peligrosas u ofensivas. Por eso les recomiendo que no me crean. Ya saben que hay muchos mentirosos sueltos por el mundo. Mejor júzguenlo ustedes mismos. Tropo

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