Travestis en resistencia

Por Vanesa González-Rizzo Krasniansky

Premio Sor Juana Inés de la Cruz de la FIL 2020

Las malas es un libro escrito por Camila Sosa Villada, que transmite no sólo su historia personal sino la historia que representa a muchas mujeres travestis, trans y, junto con ellas, las historias de todas las personas reunidas en las disidencias. Allí estamos, reflejadas en la potencia, la poesía y la dolorosa belleza de su escritura.

Con Camila caminamos juntas por la injuria y el dolor de ser otras, de ser quienes “trepan cada noche desde ese infierno del que nadie escribe, para devolver la primavera al mundo”. Nos acercamos al parque Sarmiento, el lugar en el que esa jauría se reúne cada noche y hacen un solo cuerpo, uno repleto de cicatrices, senos rellenos de petróleo, historias que desgarran y que muestran uno de los grandes problemas de la humanidad: la exclusión de lo diferente. Muestra cómo se cuela hasta el tuétano la repulsión por les otres, esos seres que no se parecen a lo que el discurso hegemónico dicta como la norma. Quizá por eso todas las personas que nos colocamos en los márgenes somos Las malas, pero, sin duda, las mujeres trans son “de las peores” desde la perspectiva que dicta el quehacer y etiqueta las conductas de las personas en lugares dicotómicos: “esto está bien y es aceptado y esto está mal y lo rechazamos”.

Escrito en primera persona, nos narra los comienzos de su vida en una familia que no aceptaba quién era, ni cómo se conducía en el mundo. Creció en Mina Clavero, un pueblo pequeño de Argentina, y con muchas circunstancias en contra. Las inclemencias le van a resultar herramientas para la vida, para lo que después vendría, que era vender el cuerpo. Ese miedo que teñía el hogar también fue su alimento.

En la lectura encontramos personajes entrañables como La Tía Encarna, que a sus 78 años sigue teniendo fuerza para sostener a su manada; cual abeja reina estipula las reglas del panal en el que acogerá a las travestis del pueblo. Ella, la que lleva la patria en el cuerpo: con sus guerras, desapariciones, torturas. La Tía Encarna pone la piel para mostrar “…el daño sin tregua al cuerpo de las travestis. La huella dejada en determinados cuerpos, de manera injusta, azarosa y evitable, esa huella de odio”.

También está María la Muda, sordomuda que cuida al Brillo De Los Ojos y que, de a poco, con una dulzura que sucede como en suspiros, se va transformando en pájaro, le salen plumas, garras, hasta que un día emprende el vuelo. Y La Machi, paraguaya brava y hechicera, que tenía contacto directo con las diosas, lo tomaba en serio, y ninguno de sus rituales sucedía si no se presentaban las condiciones apropiadas. Ella aceptó bautizar al Brillo de Los Ojos, aquel bebé al que rescató Encarna de una noche helada en el parque.

El niño en su regreso a un mundo “…parece una lora con la cabeza calva. Cuando intenta sacarlo de su tumba de ramas [La Tía Encarna] se clava espinas en las manos y las pinchaduras comienzan a sangrar, tiñen las mangas de su blusa. Parece una partera metiendo las manos dentro de la yegua para extraer al potrillo…” Ese Brillo que devolverá a cada una la chispa en la mirada, para Encarna, es un motor de vida, y en el resto de las travestis es el pegamento de la cofradía. Cada una dará algo para que El Brillo De los Ojos crezca con esa sonrisa que le caracteriza.

Los personajes de Las malas tienen poderes que les hermanan a lo sobre natural, algunas células de rareza para la “normalidad” y mucha fuerza, de esa que muta, que saca de la entraña las energías para persistir, a pesar de la sombra que se cuela desde niñxs, esas ganas de quitarse la vida. Insiste la perseverancia, repleta de lentejuelas, los labios rojos como armas, la certeza de los perfumes baratos y la merca de mala calidad, dispuestos para la batalla.

Natalí, la séptima hija varón, que se convertía en lobizona las noches de luna, la que lloraba lágrimas azules al escuchar a Julio Iglesias, se encerraba con cadenas en un cuarto cada vez que la luna la acompañaba y ella se bestializaba. Es la metáfora de la devastación que sufren las travestis, pues envejecen aceleradamente, como los animales; las perras en las que un año humano son siete para ellas, así Natalí se deterioraba en sus encierros mensuales.

Estos pequeños deslices que Camila incluye en el libro, repletos de poesía, llevan consigo denuncias de antaño que las compañeras travestis y trans nos hacen. Ellas que tienen una esperanza de vida no mayor a los 35 años, ponen sus cuerpos como campos surcados no sólo por los disfrutes sino también por los miedos, las ignorancias y las violencias de sociedades que buscan quedarse ciegas y sin recursos, que anulan la belleza de sabernos múltiples, e incluso, que niegan su propia historia, la de tejidos repletos de colores que hacen nuestras culturas. En algunos países, las mujeres travestis y trans recibirán un odio desmedido, como en México, pues nuestro país es el segundo que comete mayor número de transfeminicidios, luego de Brasil, en América Latina.

Así, Camila nos lleva de la risa al llanto. El libro es una daga dispuesta a abrir los ojos de cualquiera que se resista, afilará la cuchilla de ser necesario y lo logrará con toda la bondad y escozor que hay en Las malas. Las imágenes se recrean con facilidad en quien lo lee. Esa mezcla de sobrenatural y vida cotidiana podría hacernos pensar que la autora está influida por cierto realismo mágico, como el del Gabo en Cien años de soledad, con personajes que viven más de 100 años, o seres al estilo Rebeca Buendía que come tierra y calicanto… Me parece que para hoy nos conviene pensar (en caso de que hubiera alguna influencia) que ella viene del mundo queer, de las disidencias que se permiten resignificar la injuria y hacer brillar los duelos en fiestas drag, de quienes salen de la norma para manifestar afectos. David Halperin en Cómo ser gay[1] nos ayuda a pensar lo que llama la “dramaturgia heterosexual de los afectos”, y junto a Wittig sitúa lo sexual en un régimen político. La heterosexualidad como el destino hegemónico del mundo afectivo.

Camila Sosa también restituye otras vías para el mundo afectivo, a través de personajes que se inscriben en lo queer y pone en acto la vida cotidiana. Hace uso de sus recursos performáticos y muestra la influencia del teatro en sus letras y también en la posibilidad que brinda a los afectos en la trama. Representando al mundo queer, nos plantea una mirada que puede invertir todas las cosas, que no toma nada como dado, que cuestiona lo que se afirma como verdad única e inamovible; se es esto o aquello. Sus personajes podrían ser más cercanos a subjetividades parchadas, llenas de agujeros, hechas de cachos, retazos a manera de Frankensteins, que nos remiten a lo monstruoso[2] —otro tópico de lo queer—, eso que es llevado a un lugar de extrañeza profunda por resultar extremadamente diferente a lo acostumbrado. Aquí podemos pensar en la patologización que durante muchos años han tenido en la historia de la salud mental las disidencias sexo-genéricas, las manifestaciones de locura y cualquier condición que se salga de la norma dictada. Monstruos que resisten, gozan, ríen y crean.

Camila, ella, su historia, la nuestra, la de todas las personas que generan irritación, la historia de quienes somos incómodas. Habrá niveles y grados, y, como en todo, nos encanta acomodar por jerarquías. Para algunos serán las feministas, para otros, las madres solteras. A quienes son más recatados pondrán en la monstruosidad a las adolescentes viviendo su sexualidad, y, sin lugar a dudas, las mujeres travestis, transexuales y transgénero serán la monstruosidad poética más hermosa y más atacada.

Pareciera que Camila pone en acto a través del texto, lo que comenta en una de las entrevistas que le hacen a propósito del premio Sor Juana, que le otorgó la Feria Internacional del Libro de Guadalajara: “Las travestis somos una nueva especie”. Es así como en su relato, quizá sin quererlo, emergen también las ideas de Haraway, que dan un giro a la noción de naturaleza y a la posibilidad de habitar. Donna Haraway propone salir del produccionismo y asumir la naturaleza como ficción, así como reconocer a los agentes y actores extraños. Plantea incluirles en las narrativas de la vida colectiva, y en la propia conceptualización de la naturaleza. Parafrasea a Simone de Beauvoir cuando dice que los organismos no nacen, sino que se hacen, y agrega:

“Escribí que a los organismos los construyen actores determinados y siempre colectivos en tiempos y espacios paniculares como objetos de conocimiento mediante las prácticas continuamente cambiantes del discurso científico. Analicemos más detenidamente esta afirmación con la ayuda del concepto de aparato de producción corporal. Los organismos son encarnaciones biológicas; en tanto que entidades técnico naturales, no son plantas, animales, protistos, etc., pre-existentes con fronteras ya determinadas y a la espera del instrumento adecuado que los inscriba correctamente. Los organismos emergen de un proceso discursivo. La biología es un discurso, no el mundo viviente en sí”[3]

Acompañemos a los Hombres Sin Cabeza, esos que quizá por no tenerla se permiten no atacar, no estar contaminados por las injusticias. Quienes acuden a cuidar y enamorar a esas monstruas, a esas invisibles que provocan placeres únicos, las que llevan un cuchillo entre las piernas y nos hacen gemir de placer. Son esos hombres, extraños, esos que se enamoran hasta darlo todo y no claudican ni en la última letra.

Acompañemos la piel de toda prostituta que se eriza, la que “…debe hacer lo que quiere; no cuenta el deseo del cliente. Una puta que se precie nunca cede. Es el momento de hacer que el cliente se pliegue al deseo de la puta y crea que es su deseo. Y hacerlo pagar por eso.”

Leamos Las malas donde “El cielo de las travestis debe ser hermoso como los paisajes deslumbrantes del recuerdo, un lugar donde pasar la eternidad sin aburrirse.” Esquivemos a la muerte, no sólo con tabacos para huir mientras los fuma. Hagámoslo junto a Camila, quien nos dice: “…A duras penas sé vivir al día y siempre en riesgo. No sé todavía que la muerte ha estado siempre a mi lado desde que nací, que lleva mi nombre tatuado en su frente, que me da la mano por las noches, que se sienta conmigo a la mesa y respira a mi compás.”

¿Quién en este mundo se anima a ser tan mala como para vivir su deseo, luchar por su causa, quién es fuego que se lanza a quemar los estigmas, hacer hermandad con las diferencias, dejar las hipocresías y permitirse nombrar lo que le asalta, quién es capaz de vencer la muerte en el instante en el que la estrellas pululan en noches líquidas? Tropo

 

Vanesa González-Rizzo Krasniansky. Psicoanalista con experiencia clínica en el tratamiento de bebés, niños, adolescentes y adultos. Fundadora en 2005 del Espacio de Desarrollo Infantil e Intervención Temprana (EDIIT) en la Ciudad de México. Miembro de la Asociación Mexicana para el Estudio del Retardo y la Psicosis Infantil (AMERPI). Ha sido docente en el Círculo Psicoanalítico Mexicano, la Universidad La Salle Cancún, y la Universidad Marista de Mérida, entre otras instituciones. Vanesa es feminista, activista social, participante y fundadora en diversas organizaciones de la sociedad civil como el Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir, Balance AC, Decidir Coalición de jóvenes por la ciudadanía sexual. Actualmente es la representante en Quintana Roo de Equidad de Género, Ciudadanía, Trabajo y Familia y de la Red por los Derechos Sexuales y Reproductivos en México (Ddeser QRoo). Es presidenta de Derechos, Autonomías y Sexualidades (DAS Cancún).  vanegori@gmail.com

 

[1] Halperin, M David. ¿Cómo ser gay? ed. Tirant. Humanidades, Valencia 2016.

[2] Haraway, Donna. Las promesas de los monstruos: una política regeneradora para otros inapropiados/bles. Política y Sociedad N.30, 1999; pp.121-163

[3] Haraway, Donna. La promesa de los monstruos: Una política regeneradora para otros inapropiados/bles. Trad. Elena Casado. Política y sociedad 30, 1999. pp.124.

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