La predicción de lo inaplazable. La octava plaga

Por Miguel Ignacio Miranda

En estos días de eventos terroríficos a nivel global, la humanidad vive una ansiosa angustia en esta transición milenaria. A finales del siglo XX, se pronosticaba un derrumbe de todos los sistemas con la crisis del Y2K, que se materializó con los demonios del odio el 11 de septiembre. Ahora, a las crisis humanitarias de migrantes que huyen de sus lugares de origen por hambre o por miedo, se agrega una pandemia que ha asolado al mundo por más de un año.

Seguramente, Bernardo Esquinca cuando escribió su libro nunca imaginó que más tarde nos enfrentaríamos como especie a otro enemigo invisible. En La octava plaga —donde nos invita a replantear el sentido de la naturaleza—, la amenaza se halla inmersa en el reino de los insectos, en un monstruo implacable que puede ser una marabunta, una plaga, un azote bestial de miles de millones de insectos confabulados contra la humanidad entera.

Un entomólogo que descubre una nueva especie de escarabajo, se convierte en el punto de inicio de una novela construida como un collage, y el lector encontrará el dato como un planteamiento de investigación. De lo particular a lo general, y viceversa, ¿qué relación puede tener un científico que trabaja en el Museo de Historia Natural de Chapultepec con la nota roja? Varias noticias que parecen salidas de periódicos legendarios como el Alarma!, van generando la textura suficiente para que aparezca Casasola, un reportero que, a punto de ser despedido, encuentra refugio en la nota roja del periódico donde trabaja. Deprimido por su reciente divorcio y su inminente fracaso como periodista cultural, tendrá que convivir con su exmujer, a quien sigue amando, trabaja en el mismo periódico y además es asediada por otro reportero. Las inseguridades de Casasola van en aumento mientras va descubriendo el oficio; un reportero de nota roja es un escritor de sociales para un mundo decadente que se alimenta de morbo.

Conforme la lectura avanza, el lector se adentrará en una novela policiaca, que cuando menos se lo espera, lo atrapará en una telaraña; aparecen personajes geniales que fortalecen a Casasola dentro de sus propias divagaciones, por ejemplo, el Griego, un fotógrafo retirado de la nota roja que le dará luces a Casasola, y que está inspirado en Enrique Metinides, aquel legendario fotógrafo que todo lo vio a través de su lente. En este punto, la novela demuestra la mano del escritor, que sigue los parámetros de una novela negra, pero que la unta de locura y “chilangués”, como una torta de tamal y champurrado afuera de cualquier estación del metro.

Con muchas referencias literarias, algunas un tanto invisibles como la kafkiana, por ser la más obvia, el autor dota de vida literaria a Casasola, que actúa como un náufrago del periodismo cultural, citando a Rubem Fonseca, James Ellroy, DeLillo, Sabato y el infaltable Poe.

Bernardo Esquinca (Guadalajara, 1972), bicho raro de la escritura, se adentra sin ningún pudor en la llamada weird fiction o “ficción de lo extraño” y acierta con una novela de tintes oscuros, que nos lleva por el bajo mundo de la Ciudad de México, del crimen, de lo policiaco y las cloacas donde la locura anida sus pupas. Tropo

 

Miguel Ignacio Miranda (Cd. de México, 1966) Diseñador gráfico, comunicólogo, publicista, editor, escritor. Profesor en la Universidad Anáhuac. Miembro fundador de Malix Editores. Correo electrónico: miguel@malixeditores.com

 

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