La peste, de Albert Camus. Lecciones de un clásico contemporáneo

Por Miguel Ángel Meza

Aunque las estadísticas varían, lo cierto es que, a mediados del año anterior, las librerías digitales consignaron el regreso de La peste, de Albert Camus, a los primeros sitios de sus listas de los más vendidos. La obra, de pronto —cuando el mundo estaba sitiado por el virus—, se convirtió para muchos en libro de cabecera, en “brújula” ética, en “biblia laica”. Por eso, ante su actualidad renacida, resulta pertinente preguntar: ¿qué enseñanzas hay en esta novela publicada en 1947 que pueda orientarnos en estos tiempos desconcertantes y angustiosos, a pesar del breve alivio que supone el arribo de las vacunas? El siguiente ensayo intenta recuperar e interpretar, a la luz de nuestro actual drama planetario, algunas de las respuestas que ofrece el escritor francés.

Si los clásicos se definen como aquellas obras cuya originalidad y rareza se conserva y renueva en cada generación, ningún libro más rabiosamente actual que La peste, de Albert Camus (1913-1962). La obra, que narra los meses de cuarentena debido a una epidemia en la ciudad portuaria de Orán, en la Argelia francesa, de inmediato se convirtió en un clásico fundamental de la literatura del siglo XX, pese a reparos puntuales de cierta crítica sesgada por la mirada ideológica o por un enfoque de análisis literario posmoderno en cuanto a elementos formales y de estructura.

Hoy nadie duda de que esta es una obra maestra que ofrece las relecturas propias de todos los clásicos: son contradictorias, polémicas, pero siempre fascinantes y aleccionadoras, incluso si no gusta. Por eso, vale anticipar de entrada una de las primeras lecciones de Camus para este siglo XXI, que resulta invaluable y actual: “las peores epidemias no son biológicas sino morales”. Porque, en las situaciones de crisis, sale a la luz lo peor de la sociedad —falta de solidaridad, egoísmo, inmadurez, irracionalidad—, pero también lo mejor encarnado en la figura de ciertos ciudadanos que al sacrificar su bienestar para cuidar a los otros —sin buscar ningún tipo de santidad, solo la humanidad desnuda—, encuentran un sentido oculto en la adversidad y advierten para todos que, tras el horror, es posible experimentar el paradójico sentimiento de la alegría de vivir.

Al narrar los estragos de una epidemia y su propagación imparable, que obliga a las autoridades a imponer un severo aislamiento, la obra del escritor argelino de origen francés revela también el espíritu de esa sociedad local que puede ser la nuestra a nivel global: el de la velocidad frenética de la vida cotidiana, la indiferencia ante las existencias ajenas y la casi total ausencia del sentido de comunidad.

No hay ciudadanos —se dice al inicio de la novela—, sino individuos que escatiman horas al sueño para acumular bienes; porque la prosperidad material siempre parece una meta más razonable que la búsqueda de la excelencia moral. Afirmación que, entre muchas otras, ha originado que la novela haya sido leída también como una especie de “sermón alegórico” o “fábula moral”, una de las dos lecturas a que dio pie desde el momento mismo de su aparición, es decir, lecturas alegóricas.

La primera de ellas, la ampliamente reconocida y obvia es la que señala que la novela es una alegoría del nazismo. En la pluma de Camus, se ha dicho, “la peste es la peste parda”. Pero, aunque el autor inició la redacción de La peste durante la ocupación alemana de Francia, en 1943 —de hecho, es la fecha en que publicó un libro precedente: Des exiliés de la peste—, la obra también es una reflexión sobre el mal y es la expresión más cabal de su idea del absurdo y el mito que conlleva. Por eso, la novela “trasciende su marco temporal y geográfico, y adquiere el rango de metáfora universal”.

Absurdo y felicidad humana

Si bien la obra estaría basada en la epidemia de cólera que sufrió la misma ciudad de Orán durante 1849 y en referencias clásicas que fascinaban a Camus (Tucídides, Lucrecio, Defoe), no hay que perder de vista la principal enseñanza de esta obra emblemática y la reflexión de tipo filosófico a la que obliga: cómo hallar el sentido de la existencia cuando se carece de Dios, cómo enfrentar el sinsentido cuando se carece de una moral universal y cuando se admite que la irracionalidad de la vida es inevitable porque, en última instancia, el hombre no tiene control sobre nada.

Varios momentos en la obra ilustran esta idea, pero el que me parece crucial ocurre en la segunda parte, cuando Tarrou le pregunta a Rieux, el médico protagonista, si cree en Dios. Rieux le contesta: “No, pero ¿qué quiere decir eso? Estoy en la oscuridad y trato de ver algo.” Tarrou insiste: “¿Por qué muestra usted tanta abnegación, si no cree en Dios?” Rieux explica que él “creía hallarse en el camino de la verdad, luchando contra la creación tal como estaba hecha”, porque no puede acostumbrarse a la visión continua de la muerte. Y agrega “…ya que el mundo está regido por la muerte, quizá vale más para Dios que no se crea en él y que se luche con todas las fuerzas de uno contra la muerte, sin elevar los ojos a ese cielo donde él calla.” “Sus victorias —replica Tarrou— siempre serán provisionales”. “Lo sé —responde Rieux—. Pero no es una razón para dejar de luchar.” Aunque sabe que la peste, para él es “una interminable derrota”.

Sin embargo, este desconcierto, al reconocer la ausencia de sentido supremo —este “absurdo” representado por la peste—, es también potencialmente positivo: las nuevas razones de la existencia están ligadas a valorar la vida humana por sí misma, con la comprensión que da la libertad, y no por causas superiores (religiosas, ideológicas o políticas).

Esta idea, que desarrolló de manera brillante e inquietante en El mito de Sísifo, hizo que se catalogara a Camus como «profeta del absurdo», creador del pensamiento filosófico conocido como absurdismo, o integrante de una filosofía —el existencialismo—, cuya tradición se remonta a Kierkegaard, Schopenhauer y Heidegger, y que sustentó de manera filosófica y literaria Jean Paul Sartre. Y aunque Camus rechazó todo tipo de filiación, hay que aceptar que, para entender el existencialismo y la idea del absurdo contemporáneo, se debe conocer la obra de Albert Camus, especialmente El mito de Sísifo.

En este volumen, Camus narra la historia del mito: Sísifo, quizá por haber despreciado a los dioses, por querer despojarlos de sus prerrogativas en nombre de una vida plena y gloriosa, es castigado y condenado a empujar monte arriba una gran roca muy pesada, y una vez alcanzada la cima, dejarla caer por su propio peso. Y luego, subirla de nuevo… y así, eternamente. Este castigo absurdo, dice el filósofo, es el drama de la vida humana, de una existencia y un mundo que no tienen sentido.

Lo hermoso y optimista de su pensamiento surge cuando Camus afirma que, si bien el sentimiento y la razón han descubierto que la vida no tiene sentido, la experiencia nos dice que “la vida es una plenitud que merece ser vivida”. Por lo tanto, Sísifo es dichoso a pesar de la condena, vuelve a su roca, hace de ella su destino y encuentra en ello su felicidad. Es decir, “la felicidad y el absurdo no son dos realidades, sino los dos aspectos de la única realidad existente. Y depende de la voluntad del hombre el que se ilumine una u otra cara, para lo cual solo dispone de su libertad”.

Obras como El mito de Sísifo y El extranjero, El hombre rebelde o La peste recogen la evolución intelectual de Camus en la posguerra y muestran la expresión de un estado de ánimo contemporáneo de desasosiego e incertidumbre existencial tan característico desde esa época hasta nuestros días. El pensamiento de Camus surge en un momento en que, en Europa, la tendencia dominante es nihilista, marxista o existencialista, y cuando la idea del absurdo pasa de ser un estado de ánimo a ser parte de una filosofía: en específico, la existencialista.

Sin embargo, si bien el Premio Nobel de 1957, a través de las obras mencionadas, explora la condición humana de aislamiento dentro de un universo que llega a parecer ajeno, con el extrañamiento del ser humano hacia sí mismo, el problema del mal y la fatalidad de la muerte, también hay que dejar claro que su obra es fundamentalmente humanista y liberal, y moralista en el sentido de una afirmación implacable de la vida, del mundo en torno al hombre y de la búsqueda de la felicidad teniendo como metas la libertad, la rebeldía y la justicia.

Aunque su idea de que el hombre siempre se encuentra en una condición absurda pudiera hacernos pensar que Camus era pesimista, en realidad, su pensamiento se funda en una afirmación de la vida, del gozo y la pasión del vivir pleno. Es justo que, de tarde en tarde —se dice al final de la obra—, “la alegría viniese a recompensar a quienes se conforman con el hombre y con su pobre y terrible amor.”

La problemática formal

Formalmente, la novela es una crónica narrada por uno de los personajes cuyo nombre no se conoce, pero que se revela al final. Este cronista, que sigue de cerca la historia del doctor Rieux, resulta poco convincente, porque desde el principio dudamos de su verosimilitud, a pesar de que al inicio este nos dice que vivió de cerca los hechos y que cuenta con declaraciones, confidencias de algunos ciudadanos, testimonios, documentos y diarios.

La clave de la duda es el estilo y el tono con que se cuenta la obra. El estilo es ligeramente afectado, con una prosa perfecta y de belleza clásica, pero conscientemente didáctica y, a veces, hasta cierto punto solemne. Y el tono a veces es irónico y elocuente, por lo que siempre sospechamos que el narrador cronista es el propio autor, el propio Camus. Se ha afirmado que este estilo y este tono narrativo —que parecen no ser propios del narrador que se descubre al final— es similar al que usa Kafka, sobre todo, en El proceso, cuyas frases y sentencias tienen potencialmente varios significados, buscando resonancias morales muy puntuales como la alegoría sobre la conciencia de los eventos y la condición humana. Por eso, habría que seguir la recomendación que hacía el propio Camus sobre la obra de Franz Kafka: leer sus libros dos veces: primero para absorber el relato literal, después el figurativo o alegórico. Lo mismo podemos decir de La peste.

De hecho, como estamos ante una alegoría, en la novela “solo hay tres personajes principales: el narrador, la ciudad y la peste. Los otros tienen el valor de símbolos y su grado de existencia corresponde a personajes de una obra de significado moralista, aunque también están dibujados con un extraño sentido del humor, algo que puede observarse especialmente en la descripción de Grand y sus ambiciones literarias, tan escrupulosas que caen en lo ridículo”.

Orán y la población árabe

Se ha dicho que la novela, leída como una alegoría de la ocupación alemana en Francia “exigía la desaparición de los árabes”. Conor C. O´Brien —en su estudio posexistencialista de la obra de Camus—, afirma que Francia, “el territorio metropolitano, y no Argelia, era lo que habían ocupado los alemanes”. Para una fábula que simbolizara a los franceses bajo la ocupación alemana, era imposible incluir a los árabes, aunque la fábula se situara en una ciudad como Orán, con una población árabe numerosa.

En su simplificación —continúa el crítico—, la ciudad hace desparecer a sus habitantes originales y se vuelve mítica e imaginaria, a pesar de ser uno de los personajes principales, mientras que la peste se vuelve un personaje muy real. “La ciudad es irreal, la peste es muy convincente.”

En sí mismos, los personajes de la novela no parecen muy humanos literariamente hablando, pero su lucha contra la peste sí es humana. Incluso podría decirse que desesperadamente humana. Por ejemplo, el sacerdote Paneloux, quien intenta en un primer sermón punitivo responsabilizar de la peste a los humanos, por los pecados cometidos, y en un segundo sermón incluso buscar justificar la muerte del hijo del abogado Othón.

Tras esa muerte, Rieux se vuelve contra el cura: “¡Este, al menos, era inocente, usted lo sabe bien!” El cura le dice: “Quizá debamos amar lo que no podemos comprender”. Y Rieux le contesta: “No. Yo tengo otra imagen del amor y me negaré hasta la muerte a amar esa creación en la que los niños son torturados.” Paneloux aún se defiende: en esta peste hay cosas que uno podía explicarse a la vista de Dios y otras no. Lo que separa al bien del mal pueden entenderse. Pero la dificultad comenzaba en el interior del mal. Ante la muerte de un niño (el mal) y el horror que ese sufrimiento arrastra, era necesario creer todo o negar todo. ¿Y quién se atrevería a negar todo?

Sin embargo, La peste no es una novela de la desesperación, sino de la esperanza. Y sus reflexiones paradójicas acerca del amor frente al deber obligan a encarar el tema de manera diferente, pues “el amor —dice el cronista— exige un poco de porvenir y para nosotros no había ya más que instantes”. Y cuando Rambert logra por fin el salvoconducto para salir de la ciudad y reunirse con su novia, y renuncia a ello para unirse a las brigadas sanitarias, dice: “Sé que este es mi sitio, lo quiera o no”. Rieux, desconcertado y agradecido, repite las palabras del propio Rambert al principio: “Nada en el mundo merece que se aparte uno de los que ama. Y, sin embargo, yo también me aparto sin saber por qué.”

Al final, cuando las puertas de la ciudad se abren y las parejas de amantes vuelven a reunirse y lloran, Rieux piensa, sabe, que “un mundo sin amor es un mundo muerto, y que al fin llega un momento en que se cansa uno de la prisión, del trabajo y del valor, y no exige más que el rostro de un ser y el hechizo de la ternura en el corazón.” ¿Qué sentido pudo haber tenido aquel exilio, aquella separación, y aquel deseo de reunión? Rieux no sabía nada: “lo importante no era que las cosas tuviesen o no un sentido, sino la respuesta dada a la esperanza de los hombres.” “Aquellos que, aferrándose a su pequeño ser, no habían querido más que volver a la morada de su amor habían sido a veces recompensados. […] Sabían, ahora, que, si hay algo que se pueda desear siempre y conseguir a veces, es la ternura humana.”

La peste no oculta en las últimas líneas su resonancia trágica ni su advertencia: el bacilo de la peste —entiéndase este como el enemigo político, como el absurdo metafísico o como el mal en la condición humana— puede permanecer durante muchos años escondido en los muebles, en la ropa, y puede algún día “despertar a sus ratas y hacerlas morir en una ciudad feliz”.

Y por eso podemos leer el libro en clave contemporánea, no importa si de manera literal, de manera alegórica o desde el punto de vista filosófico: a la luz de la pandemia actual, a la luz de las nuevas pestes políticas que nos invaden (los populismos de izquierda y derecha, y los nuevos fascismos); o del discurso del odio contra el otro, la xenofobia        , el racismo, el antisemitismo, o del neocolonialismo antiindígena, la islamofobia y la visión intolerante de la identidad sexual. Es decir, a la luz de todo aquello que expresa el absurdo metafísico, la metáfora del mal inherente a la condición humana abandonada por un Dios indiferente. Tropo

Referencias bibliográficas:

Albert Camus. Obras completas. Tomo 1. Editorial Aguilar (1959). Traducción y prólogo de Federico Carlos Sáinz de Robles. Todas las citas que aparecen en este ensayo están tomadas de esta edición.

Camus. Conor Cruise O´Brien. Colección: Maestros del pensamiento contemporáneo. Ediciones Grijalbo, 1973.

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