La fotografía en tiempos de pandemia

Por Angélica Mercado

 

Estábamos en Paamul cuando se hizo realidad el rumor de la cuarentena. Por un breve momento, ahí mojados en la playa, discutimos la posibilidad de quedarnos, al menos, mientras pasaba el pánico de las compras, los vuelos saturados y todas aquellas lecciones que aprendes en cada huracán.  Al día siguiente, se notaba que todos hacíamos lo mismo: atender las noticias desde el celular. Tal cual sucede previo a un huracán, muchos contaban con información detallada sobre el tema y la comunicaban como todos unos especialistas, entre otras acciones que saturaban la señal de nuestro medio de comunicación por excelencia; hasta entonces, todo era familiar.

Hicimos paddle, nadamos, hice algunas fotos y caminamos a desayunar al único restaurante de la zona. Los chilaquiles llegaron con la noticia de que iban a cerrar aeropuertos y de que el personal estaba esperando instrucciones sobre el posible cierre del lugar. Esa noche fue bombardeada de mensajes, noticias, anuncios oficiales y, claro, memes. Por la mañana, se anunció el cierre de las fronteras en Perú, y poco después, un editor me pedía fotos de los grupos que se habían quedado varados en el aeropuerto de Cancún. Las noticias sobre los cambios fluían, las imágenes llegaban en cascada desde todos los rincones del mundo, los rostros protegidos; y los ya lejanos tumultos en tiendas, centrales de autobuses, etc. eran tendencia en redes. Empezaban las preguntas, y con ellas, la incertidumbre y la contradicción. Se empezaba a percibir lo que Wilhelm Reich llamó “La plaga emocional”, cuya característica esencial es que “la acción y la razón dada para ella nunca son congruentes. El verdadero motivo siempre se encubre y se lo reemplaza por un motivo aparente”. Habrá mucha foto, pensé.

Esa tarde, me comí el lugar a fotos y el mar a brazadas: quería perpetuar la certeza del momento, antes de enfrentar lo inevitable. Efectivamente, el aeropuerto estaba lleno, similar a cuando la gente evacúa por huracán, excepto que esta vez, escaparían a lo mismo. Ver tanta gente ansiosa por viajar y las salas de abordaje acordonadas, la sana distancia que dividía las filas como fichas de ajedrez listas para iniciar un juego dirigido por altavoces, el aparente orden, todo en conjunto, provocó que empezara a documentar tratando de entender cómo un tapabocas y un gel antibacterial permitirían penetrar la ya temida convivencia en un aeropuerto internacional y salir avante. A través de la cámara, todos éramos del mismo sitio, íbamos hacia el mismo lugar, aquél descrito en las fotografías que circulaban por montones, todos éramos aquellos con tapabocas.

Somos muy afortunados de contar con la fotografía, que ha logrado un mejor entendimiento de lo incomprensible. Nos refiere constantes que pueden aminorar el pánico. Como la fotografía del archivo de Mary Evans (ver Portafolio en p. 63), un testimonio contundente sobre otra pandemia, que, de alguna manera, ya nos es familiar. Lo primero que atrae la atención es lo curioso del tapabocas y su similitud con algunos modelos actuales. Si miramos un poco más, notamos que la pareja está en la calle, con atuendos de salir y en tendencia, lo que refleja una posición económica acomodada que aseguraba el costear ese tapabocas tipo Kn95, el más efectivo, comprobado. Algo similar a la realidad de 100 años después.

Vemos también que el distanciamiento social es propio de nuestra época y que el fotógrafo era muy amigable. Las cámaras de la época eran, comúnmente, de formatos grandes que usaban placas de película individuales, es decir, a cada toma, debías cambiar el portaplacas. Eran voluminosas y requerían de un tripié, lo que implicaba disposición de los retratados para posar, entre otras características técnicas visibles en la imagen que reflejan la cercanía física del fotógrafo con los retratados. Sin sana distancia, como la fotografía periodística, que lleva la delantera en circulación porque retrata hechos, nos informa sobre el aquí y el ahora, nos refiere datos específicos que traducen lo desconocido en novedad. El fotorreportero debe involucrarse, mirar hacia lo que más le importe.

Hace un siglo, hacer fotografía era tarea de unos cuantos. Actualmente, el periodista gráfico parece enfrentar una de las cualidades inherentes a su labor: la inmediatez. Contar con cámaras integradas en el celular ha democratizado el valor testimonial de una toma, y cualquiera puede tomar una foto de un hecho y difundirla, lo que funciona por un momento. Pero “estar” pocas veces trasciende a documento y puede, fácilmente, desinformar.

Uno de los privilegios de la fotografía es transmitir la naturaleza de las cosas, haciendo uso de las facultades artísticas de su autor para vivificar los hechos y comunicar mensajes claros y veraces, una responsabilidad que va más allá de saber manejar la cámara y estar en el momento y lugar adecuados. Elegir lo que entra por los ojos también debería ser medida de seguridad, sobre todo cuando las imágenes se devoran en lugar de contemplarse.

Una fotografía puede contener tanta información que impacta y sensibiliza, y a veces, trasciende a documento. El enfoque de la fotografía documental, por ejemplo, es hacer énfasis, hablar con elocuencia en imágenes, transformando el hecho en reflexión, en objeto de estudio o en ejercicio crítico de la historia. Si contrastamos fotografías actuales con las realizadas durante la pandemia conocida como gripe española, queda claro que la historia se reconstruye, y que el ser humano, aún con sus hábitos regulares, se reconfigura. Durante ambas pandemias, vemos imágenes de hospitales, de la calle y la vida cotidiana —que ya no es cotidiana— y, entre otros detalles, las controversias, como aquella en el año 1918, protagonizada por la llamada “Liga anti máscara”, un movimiento que surge en San Francisco en defensa de la derogación de la ley de tapabocas. Protestaban por conseguir, al menos, las pruebas científicas que avalaran su uso. La fotografía que retrata a quienes se oponían a la Liga (ver Portafolio en p. 63), muestra esa desconexión entre el libre albedrío y la obediencia en rebaño; otra vez sentí la plaga de Reich “Debemos suponer, entonces, que ningún movimiento libertario tiene probabilidades de éxito a menos de oponerse con veracidad, claridad y vigor, a la plaga emocional organizada”. Ahora agreguemos el distanciamiento social y las nuevas tecnologías y tenemos, los efectos de la pandemia actual.

La consigna #quédateencasa nos conectó a otro nivel de colectividad, y las consecuencias se reflejaron muy pronto. La introspección que implica el tiempo a solas tuvo una extraordinaria salida en una oferta virtual de convocatorias, concursos, talleres e iniciativas que invitaban a documentar en fotografía el sentir personal durante la cuarentena. Por un tiempo, abundaron los autorretratos y los paisajes, ambos, ejercicios que revelaban necesidades comunes a todos y que provocaron una avalancha creativa que sepultaría, al menos, las dos primeras cuarentenas. La desolación de las calles vacías, las sombras lentas que se arrastran por los rincones de la casa, las relaciones familiares, entre otros temas, retrataban la pandemia en colectivo. La conciencia de un aislamiento propició también una especie de revalorización de la naturaleza: circulaban fotografías de flores, hojas, aves, el reverdecer de los campos y otros detalles del entorno natural que evocaban un renacer, una nueva promesa de vida que revelaba la necesidad de exteriorizar sentimientos profundos como la añoranza. Ver la empatía con que se compartían imágenes de éstas, fue como sentir un apapacho grupal-virtual.

Por otro lado, estar en casa nos enfrentó a la inevitable limpieza general: esculcamos los cajones, los closets, los archivos digitales, desempolvamos la memoria. La nostalgia de los archivos fotográficos familiares se dejaba ver en las redes, excelente oportunidad para difundir la importancia del patrimonio fotográfico, su rescate, su conservación y su catalogación. Casi todos coleccionamos fotografías; el aspecto sentimental que provocan en tanto recuerdo tangible las ha posicionado entre los tesoros que perpetúan la historia familiar. Tan importante es que, el pasado mes de febrero, My Heritage lanzó al mercado la Deep Nostalgia, una app que, en tan solo una semana, disparó el número de usuarios. Se trata de inteligencia artificial que anima los rostros en fotografías históricas, un poco como revivir a los ausentes con simulación tecnológica, publicitada en frases como “Experimente su historia familiar como nunca antes” o “¡Esto realmente les da vida a sus fotos!” Siendo tiempos extraños, no me extraña que resulten cosas extrañas…

La fotografía siempre está sujeta a cambios graduales o, digamos, ingeniosamente drásticos. Su construcción es tan dinámica como la cultura misma y, no importa cuál sea su enfoque o formato, la tecnología que la produzca o la mirada que la interprete, conforma un registro que narra paso a paso nuestra historia social y “revive” la personal.

A un año de la primera cuarentena, la nueva normalidad toca el timbre de nuestras casas y se echa a correr, y cada que lo hace, acudo a las fotografías de Paamul, aquellas que hice en un momento de certeza, y al verlas me pregunto, cuándo lanzarán una app que nos sumerja en esa calma del mar. Digo, para ir a hacer más. Tropo

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