Historias y lecturas sobre la pandemia

Por Miguel Pickering

Luego de realizar un recorrido por la presencia de las pandemias que han asolado al planeta a lo largo de su historia, nuestro colaborador Miguel Pickering se plantea las preguntas que aún siguen sorprendiendo a gran parte de los analistas: ¿cómo es que las epidemias nos siguen tomando por sorpresa? ¿Cómo es que no evitamos que se extendiera el contagio en la amplitud de nuestras comorbilidades, genética y carencias inmunológicas? ¿De dónde habrá salido este bicho? ¿Evolución o conspiración? Y ante la imposibilidad de dar repuestas a cabalidad, solo queda en la humanidad la sensación de fatalismo y terror: una diminuta y desconocida entidad infecciosa ha causado el colapso de las sociedades supuestamente más desarrolladas, interrumpiendo cadenas productivas y afectando gravemente la economía mundial.

 

A lo largo del tiempo y a lo ancho del mundo, las epidemias han dejado marca en la historia de las culturas. Desde tiempos bíblicos se mencionan la lepra, causada por el bacilo Mycobacterium leprae, y otras pestes. Por ejemplo, el Antiguo Testamento habla de nueve plagas que iniciaron con la irrupción de «ríos de sangre», tal vez a causa de la eutrofización de las aguas por las descargas contaminantes de materia orgánica que ocasionaron la proliferación de dinoflagelados, los cuales son organismos eucariontes protistas planctónicos con plastos fotosintéticos que producen beta-carotenos y ciertas xantofilas que le dan a las aguas un hemático color.

A esta calamidad, según el relato del Éxodo, le siguió una explosión demográfica de batracios, seguramente explicada por la alteración que causó la marea roja en los ecosistemas riparios del río Nilo, lo que llevó a una catástrofe por la mala gestión de los desechos de tanta rana que mataron, haciendo que «se corrompiera la tierra», y pues de aquellos polvos se suscitó entre los egipcios una terrible pediculosis (infestación de ectoparásitos ftirápteros mejor conocidos como piojos). La falta de higiene propició el nicho ecológico idóneo para que se hicieran enjambre los insectos nocivos ocasionando la «peste del ganado», siendo aquella zoonosis muy probablemente la que produciría luego «furúnculos que resultarán en úlceras en los hombres», refiriéndose quizá a una epidemia causada por el protozoo hemoparásito Trypanosoma brucei que ocasiona la enfermedad llamada «nagana» en reservorios animales, mientras que en las personas provoca la «enfermedad del sueño», cuyo vector es Glossina spp., la mosca tse-tse. Después de todo aquello ocurrieron también fenómenos hidrometeorológicos extremos con una tremenda granizada que acabó con el hato ganadero, los recursos forestales y las «cosechas de lino y de cebada», sobreviniendo una consecuente plaga de ortópteros (Anacridium aegyptium) que «se comieron el resto de lo que había escapado», para rematar con las tinieblas suscitadas por sendos bancos de niebla que «opacaron por tres días la luz del sol».

Igual abundan las referencias epidemiológicas en la cultura helénica, desde la peste de Atenas descrita en el libro Historia de la Guerra del Peloponeso, donde Tucídides quien fue víctima de esta enfermedad escribía: «simplemente la describiré por su naturaleza y explicaré sus síntomas por los que pueda ser reconocida por el estudioso si alguna vez se vuelve a presentar», tratándose posiblemente de la fiebre tifoidea causada por Salmonella enterica serovar Typhi. Otro relato es el de la peste de Agrigento, causada por los «horribles efluvios» de un pantano que Empédocles hubo de sanear para evitar la proliferación de mosquitos que transmitían la malaria, cuyo agente causal es el protozoario parásito Plasmodium falciparum. En fin, ahí están los tratados hipocráticos, «Liber morborum epidemiorum», y la mitológica peste de Egina, ocasionada por los celos de la diosa Hera, mujer de Zeus, que relata el poeta romano Ovidio en su obra Las Metamorfosis. Sin dejar de mencionar a la enfermedad que mermó a los cartagineses durante el sitio de Siracusa, la peste antonina que arrasó Roma en tiempos del emperador Marco Aurelio, la peste justiniana que duró 60 años durante el imperio bizantino, ni la temida peste negra o peste bubónica que en el medioevo europeo acabó con la vida de millones de personas.

En Mesoamérica también se han documentado estos infortunios, como la fiebre amarilla y el vómito de sangre, denominaciones que describen los síntomas asociados a la fiebre hemorrágica ocasionada por un flabivirus cuyos vectores son los mosquitos Aedes aegypti y Haemagogus spp., enfermedad registrada en el Popol-Vuh, libro sagrado de los mayas, igual que en el libro de los conjuros del Chilam Balam de Ixil, donde le llaman «xekik». Asimismo, se tiene registro de la gran devastación ocurrida tras la conquista a causa de la viruela, causada por Variola virus, que resultaba muy común en la Europa de aquellos años, pero ante la cual los pueblos originarios de este continente no tenían anticuerpos, por lo que murieron por millones. El Códice Telleriano-Remensis señala que entre «1544 y 1545 hubo gran mortandad entre los indios», igualmente en el Códice en Cruz, el Códice Aubin, el Codex Mexicanus y el Códice Moctezuma se da cuenta de este aciago evento al que nombraron «totomoniliztli», que en castellano se traduciría como la «enfermedad de las ampollas». En la Tira de Tepechpan se le nombra «zahua micohuacon», es decir, la «gran sarna o erupción de granos». También en La visión de los vencidos del maestro Miguel León Portilla destaca la irrupción de la más poderosa arma invasora, la ominosa viruela, a la que llamaron «hueyzáhuatl o hueycocoliztli», vocablos en náhuatl que significan «la sarna de los granos mayores, la gran enfermedad».

¿Y después de tanta historia conocida sobre las epidemias cómo es que nos sigue tomando por sorpresa la tragedia repetida? No hay peor ciego que el que no quiere ver, nos advertía José Saramago en su Ensayo sobre la ceguera publicado en 1995. «Tenemos que avisar a las autoridades sanitarias, al ministerio, es lo más urgente, si se trata realmente de una epidemia hay que tomar providencias, pero una epidemia de ceguera es algo que nunca se ha visto […] Este tipo es el que tiene la culpa de nuestra desgracia, si tuviera ojos acababa con él ahora mismo […] Calma, dijo el médico, en una epidemia no hay culpables, todos son víctimas […] Volviendo al asunto, el gobierno excluyó la hipótesis inicial de que el país se encontrase bajo la acción de una epidemia sin precedentes conocidos […] Se trataría, pues, de acuerdo con la nueva opinión científica y la consecuente y actualizada interpretación administrativa, de una casual y desafortunada concomitancia temporal de circunstancias, de momento tampoco averiguadas, y en cuya exaltación patogénica ya era posible, acentuaba el comunicado del gobierno, a partir de los datos disponibles, que indican la proximidad de una clara curva descendente, observar indicios tendenciales de agotamiento […] Desgraciadamente, pronto se demostró la inanidad de tales votos, las expectativas del gobierno y las previsiones de la comunidad científica se las llevó el agua». Este mundo es un pañuelo, el cual algunos creen desechable. Pero ¿cómo es que no evitamos la propagación de la Covid-19, impidiendo que se extendiera el contagio en la amplitud de nuestras comorbilidades, genética y carencias inmunológicas? Debió ser por el silencio asintomático de la despreocupación.

En todo el planeta se presentan apesadumbrados políticos que aplazan y reponen sus comparecencias ante la plaza pública, pues no tienen planes ni plazos pertinentes para aplacar a la plaga. Presumen su parsimonia postergando la aplicación de presupuestos para la salud pública, priorizan su participación en la pantalla posando para aparentar que trabajan. Se despreocupan del pueblo empobrecido apostados plácidamente en su despacho pues prefieren hacer prosperar sus propios proyectos. Pobre de mi país y su sistema sanitario tan precario: faltan recursos, faltan medicinas, faltan camas, faltan ventiladores mecánicos invasivos, faltan médicos internistas, especialistas en intubación endotraqueal, urgenciólogos, faltan enfermeras intensivistas, falta el aire. Mientras, se inventan nuevas palabras: covitario, covidencia, covidamiento, covidianidad, covidiotas. Pero el personal sanitario sigue dejándose la vida en la primera línea del combate contra la pandemia, en este nuestro México feminicida, brutal y violento.

Debido al temor, a la desinformación, a la exacerbada crispación social y a la supina ignorancia de un sector absurdamente retrógrada de la población, se generalizaron al inicio los ataques dirigidos contra las personas que trabajan por la salud, quienes tuvieron que esconder su uniforme en los traslados para no revelar su profesión pues en la calle recibían insultos, amenazas, agresiones, les arrojaban cloro, ácido y les pintaban sandeces en sus casas o en sus carros. Hubo intentos de quemar las clínicas en las que laboran, hubo secuestros e inclusive asesinatos. “No es necesario que nos aplaudan, simplemente que nos respeten”, declaraban las víctimas que mayoritariamente han sido mujeres, enfermeras, doctoras, trabajadoras administrativas y de intendencia.

«De pronto, su guía se detuvo ante una sala llena de enfermas, en cuya puerta se veía, puesto con grandes letras, este rótulo: “Sifilíticas”. —¿Qué has tenido?— Ella respondió llorando: —Ya lo sabes, ya lo viste; lo dice claro el rótulo de la puerta— […] El capitán prosiguió, confuso, avergonzado: —¿Y cómo has tenido eso?— Ella murmuró: —Los cochinos prusianos. Me violaron y envenenaron mi sangre— […] —No te cuidaste, sin duda—. Irma, con los ojos encendidos, repuso: —No; quise vengarme, aún a riesgo de morir. Y me vengué, pudriendo la sangre de muchos, de los más que pude. Mientras hubo prusianos aquí no me quise poner en cura— […] Por la noche, sus camaradas le preguntaron: —¿Qué le ocurre a Irma?— Él respondió avergonzado: —Tiene un catarro pulmonar, está muy grave—. Pero un teniente joven, sospechando alguna cosa, informóse, y al día siguiente, cuando el capitán entró en el comedor, fue recibido con una descarga de bromas y risas. Todos se vengaban al fin». Quién mejor que Guy de Maupassant para retratar la violenta insensatez de estigmatizar a las víctimas, como lo hace en su cuento La Cama 29 publicado en 1884.

¿De dónde habrá salido este bicho?, ¿evolución o conspiración? Partiendo de la soberbia no es sencillo explicarse cómo el fenómeno natural de la interacción entre las especies biológicas lleva a una diminuta y desconocida entidad infecciosa a causar el colapso de las sociedades supuestamente más desarrolladas, interrumpiendo cadenas productivas y afectando gravemente la economía mundial, menos cuando en el ágora global pareciera que los únicos virus que realmente preocupan son los informáticos. Pisa el acelerador, métele candela, súbele a la radio, prende el aire acondicionado y espera a que se descongelen en la Antártida los catarros que padecían los pterodáctilos. Hambre y males curables normalizados como causa de muerte, mientras la emergencia de una nueva enfermedad perturba al mundo. ¿Qué ocasiona este mal, cuáles son sus atributos, cómo acabarlo? Es un componente inanimado que se reproduce invadiendo la materia viva, memoria arcaica empaquetada para viajar por el tiempo y la distancia, partícula ubicua y diminuta que se cunde por todos lados, pero no se ve, la luz y el viento lo despiden, agua y jabón lo desnaturalizan.

¿Qué busca la humanidad, dónde y a qué costo lo consigue? Mientras más horada la tierra menos comprensión le queda; en la silvestre espesura se torna el ambiente caliginoso cuando la motosierra cercena de la naturaleza un trozo. Cuánta pena del gorila y el okapi que en el Congo vivían (necesito otro teléfono, a éste se le acabó la pila). Años sin avistar a la tortuga laúd y a la carey (en bolsita pa’ llevar pero sin popote por favor). Degradando la ecología con el afán de capitalizar (rellena aquel manglar que allí otros 400 cuartos se pueden acomodar). Desdeñando ancestrales saberes de la vida en comunión (para que rinda tu cosecha échale paraquat y malation). Aire, agua, tierra, flora y fauna son ahora mercancía (adquiera su residencia exclusiva donde la selva antes crecía). Por procurar la vida atacan a la autonomía y la sustentabilidad (no te olvides la escopeta cuando salgas a leñar). La gente enajenada suele cargar más de lo que soporta (bolso de cocodrilo, zapatos de avestruz, abrigo de visón). Queriendo comerse al mundo depreda más de lo que necesita (tamal de ajolote, sopa de murciélago, ceviche de caracol). Se olvida de vivir buscando dónde conectar el dispositivo, vaciando su espíritu para descargar una aplicación (nauyaca, cantil, heloderma, alacrán, cascabel, coralillo). Luego para compensar la falta de reciedumbre consumen exóticos productos (pepino de mar, escamas de pangolín, huevos de caguama). Pretensiones de arpías aspirando a seducir la eterna juventud (ungüentos de placenta, zumo de inocentes, adrenocromo). Saña y crueldad para animar alicaídas existencias (aguijón, picadura, tenaza, garra, zarpazo, colmillo y mordedura).

Mejor me embarco en la hamaca para divagar en la lectura: «¿Dinero, abuelo? ¿Y qué es? […] Se metió la mano en una especie de bolsillo interno en la piel de oso y sacó de él, triunfante, un dólar de plata, abollado y deslustrado. Mi vista es mala —murmuró—. Mira tú, Edwin, si puedes descifrar la fecha […] ¡Dos mil doce! Fue el año en que Morgan V fue elegido presidente de los Estado Unidos por la asamblea de Magnates. Debe ser una de las últimas monedas que se acuñaron, porque la muerte escarlata llegó en el año dos mil trece […] Aquí se apretujaban cada domingo hombres, mujeres y niños, en vez de osos a la espera de devorarlos […] Vivían entonces en San Francisco cuatro millones de personas. Y ahora en todo el territorio, no quedan ni cuarenta. El trabajo humano es efímero y se desvanece como la espuma del mar. Sí, eso es, el hombre en este planeta domesticó a los animales útiles y destruyó a los nocivos. Roturó la tierra y la liberó de la vegetación salvaje. Luego, cierto día, desaparece y la marea de la vida primitiva vuelve a subir, barriendo la obra humana. La mala hierba y el bosque invaden los campos, los animales de presa vuelven a atacar a los rebaños, y ahora hay lobos en la playa de Cliff-House». Relata Jack London en su apocalíptica novela La Peste Escarlata, publicada en 1912.

¿Y si resulto infectado?, ¿qué habré de hacer yo si me enfermo? De la desazón por lo que se ignora también se contagia la infodemia, esa locura autoprescrita que nos lleva con golpes de pulgar o del índice, según el estilo de cada quien, para usar el móvil, a navegar por las páginas de la desinformación. De esta manera me sumerjo en las aguas turbias de la red, enterándome de un doctor francés quien afirma que la hidroxicloroquina es el remedio para este padecimiento. También me encuentro con una doctora salvadoreña que ha logrado un tratamiento exitoso suministrando ibuprofeno y naproxeno durante los primeros días que presentan síntomas sus pacientes. En plena ofuscación, igual registro que en otros países suelen recetar antioxidantes: arbidol, avifavir, azitromicina, baricitinib, cloroquina, colchicina, inmunoglobulina intravenosa, interferón, itolizumab, ivermectina, kaletra, lopinavir, molécula TR10, nitazoxanida, oseltamivir, plasmaféresis de personas que se han recuperado de la enfermedad, remdesivir, ritonavir, sarilumab, tocilizumab, un factor de transferencia y hasta dióxido de cloro, sin olvidar a las nanomoléculas de cítricos. Opto por comprar un termómetro y un oxímetro, pero termino consultando a un médico para enterarme de que me infecté solamente de miedo.

«Por esto es por lo que no he tenido nada que aprender con esta epidemia, si no es que tengo que combatirla al lado de usted […] cada uno lleva en sí mismo la peste, porque nadie, nadie en el mundo está indemne de ella. […] Lo que es natural es el microbio. Lo demás, la salud, la integridad, la pureza, si usted quiere, son un resultado de la voluntad, de una voluntad que no debe detenerse nunca. El hombre íntegro, el que no infecta a casi nadie es el que tiene el menor número posible de distracciones. ¡Y hace falta tal voluntad y tal tensión para no distraerse jamás! Sí, Rieux, cansa mucho ser un pestífero. Pero cansa más no serlo. Por eso hoy día todo el mundo parece cansado, porque todos se encuentran un poco pestíferos. Y por eso, sobre todo, los que quieren dejar de serlo llegan a un extremo tal de cansancio que nada podrá librarlos de él más que la muerte […] Me avengo a ser lo que soy, he conseguido llegar a la modestia. Sé únicamente que hay en este mundo plagas y víctimas y que hay que negarse tanto como le sea a uno posible a estar con las plagas. Esto puede que le parezca un poco simple y yo no sé si es simple verdaderamente, pero sé que es cierto». Estas afirmaciones de La Peste, novela escrita por Albert Camus y publicada en 1947, me devuelven a los límites de mi innocuo aliento.

Si al mundo antes lo separaba la Cortina de Hierro, ahora, además de la lucha de clases que persiste, nuestras sociedades se dividen en torno al uso del nasobuco; pero más allá de las discusiones fútiles, lo cierto es que la contención y mitigación de los contagios tendrían que asentarse en el respeto a la salud ajena, para lo cual deberíamos adecuar las medidas de protección en cada microcosmos social. Dime cómo toses y te diré quién eres. Una parte de la humanidad se lava las manos mientras dos mil doscientos millones de personas carecen de acceso al agua potable. Ante la sediciosa marejada que pretende usar al virus para imponer gobiernos más autoritarios, la democracia batalla para no ahogarse bajo el horizonte anegado por la confusión, en un naufragio donde sucumben la ciencia y la cultura. Los años por venir no serán sencillos. En lontananza destacan dos promontorios: nuestra insondable ignorancia y la pertinaz muerte, siendo estas dos antiguas certezas las referencias que habremos de tener en cuenta para trazar el derrotero del porvenir en esta nave zozobrante llamada Planeta Tierra.

Además, en medio de la espesa bruma nos presentan la conveniencia de la vacuna como un faro salvador, pero quizá porque mi conocimiento en ciencias genómicas es obsoleto no dejan de asaltarme las dudas. Este destacable logro de la ciencia moderna me remite a la carrera espacial en plena Guerra Fría, cuando la humanidad llegó a la luna al mismo tiempo que aseguraba su propia destrucción mediante la proliferación de armas estratégicas. La novedosa biotecnología utilizada en la fabricación de las vacunas puede ser que funcione, pero no dará una solución inmediata ni definitiva, siendo lo más preocupante el omnímodo control que ejercen un puñado de empresas farmacéuticas al acaparar estos productos biológicos para ponerlos en una subasta al servicio del cruel mercado. Ante el desconcierto de las naciones, pocos países salen bien librados, entre ellos Cuba y Vietnam: al parecer, enfrentar y vencer al imperio les ha dado una disciplina social que les permite sortear la epidemia con recursos propios. El resto del mundo no tiene tiempo para detenerse pues la reflexión sobre el bienestar y la salud pública queda constreñida por la imparable inercia del impulso que marca el capital.

¡Alto!, me detengo en el ensueño de las letras con la novela El Último Hombre, escrita por Mary Shelley, publicada en 1826. «Las visiones lúgubres empezaban a resultarme familiares, y si hubiera de relatar toda la angustia y el dolor que presencié, dar cuenta de los sollozos desesperados de aquellos días, de las sonrisas de la infancia, más horribles aún, esbozadas en el pecho del horror, mi lector se echaría a temblar y, con el vello erizado, se preguntaría por qué, presa de una locura repentina, no me arrojé por algún precipicio, logrando así cerrar los ojos para siempre ante el triste fin del mundo. Pero los poderes del amor, la poesía y la imaginación creativa habitan incluso junto a los apestados, junto a los escuálidos, a los moribundos». Al despertar de la pesadilla, el microbio seguía aquí, sin visos de remitir.

Las agobiantes turbaciones no ceden, lavando los trastes, evadiendo otras tareas domésticas y suspirando por conservar los ingresos pasa el día, mientras en perpetuo insomnio pasa la noche, siendo la lectura un escape para extraviar al tedio: «Imagine, si usted puede, una habitación pequeña, de forma hexagonal, como la celda de una abeja […] Te he llamado antes, madre, pero siempre estabas ocupada o en aislamiento […] Luego ella encendió la luz y el paisaje de su habitación, inundado de brillantez y atiborrado de botones eléctricos, la reconfortó. Había botones e interruptores por todos lados, botones para pedir comida, música, vestido […] Estaba el botón para obtener literatura. Y estaban por supuesto los botones por los cuales se comunicaba con sus amigos. Pese a que la habitación no contenía nada, la ponía en contacto con todo lo que a ella le importaba en el mundo». Así, acompañando a la distancia el confinamiento ajeno me exalto al descubrir que hay alguien más leyendo sobre esto, sorprendiéndose también con la narrativa de E. M. Foster en su novela La máquina se detiene escrita en 1909, que planteaba desde entonces el aislamiento social asistido tecnológicamente como la cotidianidad de un futuro distópico, hoy presente. Abrumado por la pertenencia a esta crónica del desamparo impertérrito, los minutos de pronto se me volvieron meses, mientras transcurre la normalidad alterada.

Contenido en mi interior por paredes invisibles: dudas, congoja, miedo, impotencia y ansiedades, camino en los atribulados círculos de la especulación sin encontrar en este encierro salida al desasosiego, y cada que trepo por las paredes de la perplejidad resbalo, caigo una y otra vez en cuenta de la insuficiencia viendo pasar desde el cautiverio a la angustia y a los días. Ante tanto desconcierto qué sentido tiene la esperanza, pasa la vida y no podemos despedir a nuestros muertos; sin vernos ni tocarnos cómo unir los corazones. Las pantallas reflejan anhelos, ilusiones o deseos, pero es con obras que el amor se constituye. La escucha pasiva es doctrina y no abona a la política. La incertidumbre no justifica la estulticia. No basta contar casos y defunciones para ser gobierno. No vale apuntalar falsedades para exigir ciudadanía. Hay que edificar a la sociedad en espacios ventilados a distancia de 1.5 metros y sin multitudes. El bien común y no la rentabilidad debieran de orientarnos. El distanciamiento no puede terminar en abandono: a los rincones del olvido hay que acercar ayuda, información, medicina, alimentos, educación, agua y jabón.

Reciclando plegarias cotidianas para no enfermar —pandemónium capital de los infiernos que prevalezca la vida sobre tu avaricia—, decencia es compartir la escasez con quien nada tiene. Lo que la prudencia alcanza que no lo acabe el consumo. Que las juventudes sepan cuidar a sus mayores y que su vigor derrumbe lo que nosotros no corregimos. Los sacrificios valen cuando brindan resultados pues la pandemia nos pertenece a todos. Ante un enemigo impalpable la confianza nace de los hechos, no de las palabras. Aplicando el método científico van cayendo dogmas, las acciones afirmativas no deben dañarnos, pero la terquedad de vivir a un ritmo desenfrenado no permite parar esta vorágine. Minutos, horas, días, semanas, meses, años, generaciones, mientras los continentes se inundan de insensatez quedando solo un archipiélago de cordura en este mundo. ¿De dónde vino? ¿Cómo llegamos a esto? ¿Qué sigue? Cartilla de vacunación para salir de la alcoba, pasaporte para ir al baño, retén en el pasillo y aduana en la cocina; sueño, disgusto, llanto, ilusión, hastío, así es como se vive el confinamiento en un frasco de vidrio. Tropo

 

Enero del 2021, Cozumel, Quintana Roo.

 

Miguel Pickering (México D. F., 1974). Biólogo y magíster en Desarrollo Rural. Radica en Cozumel desde 2017. Técnico recolector de pesquisas, extensionista de anécdotas y silvicultor de historias.

 

PHP Code Snippets Powered By : XYZScripts.com