Entre la literatura y el periodismo

Por Francisco López Sacha

En el libro Padura y el Nuevo Periodismo, Agustín Labrada Aguilera indaga no sólo en las fuentes históricas del Nuevo Periodismo, sino también en las fronteras entre la escritura literaria y el periodismo de crónica y reportaje.

Algunas de esas fronteras están difuminadas en el tiempo y otras están marcadas ya en el siglo diecinueve e incluso a finales del siglo dieciocho por la propia prensa estadounidense, europea y latinoamericana.

Son fronteras que se fueron dilatando poco a poco desde el nacimiento del periódico, como suceso e información directa, hasta la convicción de que eran necesarias la crónica, el reportaje y los géneros de opinión para dar otra imagen de la noticia.

Nosotros tenemos una tradición extraordinaria en José Martí, quien escribió sus crónicas literarias desde Nueva York y las enviaba a más veinte periódicos en América Latina, donde se reproducían, y se ganó elogios extraordinarios de dos grandes autores. Miguel de Unamuno dijo que, en materia de prosa, José Martí era el punto más alto del idioma español en ese instante. Con Domingo Faustino Sarmiento debatió algunos criterios sobre civilización y barbarie. Ambos autores consideraban al periodismo de Martí como una manifestación literaria.

¿Dónde está exactamente la frontera? Agustín investiga en la teoría del Nuevo Periodismo de Tom Wolfe, pero también en las experiencias históricas del periodismo latinoamericano, y llega a algunas conclusiones importantes, donde llama la atención un elemento esencial: la escritura mestiza de Leonardo Padura.

Se trata de una escritura temperamental en el uso del cuento literario dentro de la crónica periodística. Las crónicas de Leonardo son cuentos como también lo son las crónicas de Ernest Hemingway. Cuando recuerdo “El viejo en el puente”, aquella maravillosa crónica escrita por Hemingway después de la salida de los soldados republicanos de Barcelona, estoy pensando en las excelentes crónicas y reportajes que hizo Padura entre los años 1984 y 1988 en el periódico Juventud Rebelde, en Cuba.

Estoy pensando también en la idea, necesaria y fundamental, de que el cuento es también una manera de cronicar, es decir, de desarrollar el tiempo dentro de una perspectiva vista por un narrador.

La idea de la intertextualidad en Leonardo está presente lo mismo en sus crónicas que en sus novelas. Es un escritor que maneja un grado muy alto de cultura, pero lo va desarrollando sutilmente y, en sus reportajes, las investigaciones históricas y sociológicas son tratadas como suceso estético.

Agustín Labrada se refiere a ello y apunta que Padura puede manejar estos elementos sin olvidar que no está escribiendo historia, sino que está usando la factografía de la historia para convertirla en un acto de ficción.

Labrada, refiriéndose a los reportajes narrativos de Leonardo, señala también la conversión de personas en personajes. Los personajes de estos textos estudiados ya no son exactamente las personas que tributan a la noticia.

Lo mismo tributan a la noticia que pueden tributar a la imaginación metafórica y al recuerdo y la memoria de la Virgen de la Caridad, de Baracoa, de los lugares más exóticos y extraños de nuestra geografía…

Todo eso, al final, enrumba hacia el concepto más abierto que ha planteado Padura sobre la identidad cubana, donde se mezclan tradiciones africanas, europeas, asiáticas, indígenas…, y ese enorme reservorio de culturas confluye en la naturaleza del cubano.

Esto es importante viéndolo, sobre todo, en personajes que ya son leyendas de la cultura y que Agustín toca en este estudio. Pienso en Chano Pozo, sin el cual el latin jazz no existiría. Chano es quien introduce la percusión cubana en el jazz, crea un sistema de percusión y también una perspectiva para Dizzie Gillespie…

Es la historia terrible de ese genio de la música, un hombre que apenas sabía leer y escribir, pero que traía en su sangre la enorme tradición del mundo afrocubano de una manera extraordinaria, como lo cuenta Leonardo.

Estoy pensando en Alberto Yarini, uno de los grandes mitos cubanos, quien fue un político conservador y un proxeneta que tenía un prostíbulo de bellas mujeres, que entonces adornaban las camas de senadores y representantes políticos cubanos en las primeras décadas del siglo veinte, y fue asesinado por su rival francés Louis Lotot.

Otra figura entrañable y mencionada en el libro es Mario Bauzá, que es también creador del latin jazz y el puente entre el son y toda la fuerza percutiva y de metales que rodeó la presencia musical cubana en Nueva York, y que más tarde se conoció como el fenómeno de la salsa.

Estoy pensando en algo que Agustín toca en su libro y que me gustaría mucho que quienes lo leyeran lo tomaran en cuenta: cómo Padura convierte en narrador participante al narrador de sus crónicas y reportajes. Narrador participante porque cuenta y participa.

Ésta es una categoría hasta cierto punto novedosa en el periodismo cubano. No es solamente la persona que entra y cuenta, sino que también reflexiona, juzga, anticipa, propone y desarrolla una teoría dentro del propio trabajo periodístico.

Igualmente está la conversión del autor en narrador personaje, porque Leonardo entra en el texto y, una vez que pone el pie en él, lo convierte en un hecho de ficción.

Creo que estos son factores que están diseminados en los diversos capítulos del libro de Labrada, que abonan en gran medida en la parte todavía menos estudiada de la obra paduriana, pero que, sin duda alguna, marcó a Leonardo como escritor en la década del ochenta e incluso más allá, porque ha seguido haciendo periodismo.

Labrada logra situar a Padura entre los grandes creadores del Nuevo Periodismo tanto en Cuba como en América Latina y, a su vez, con su investigación se abre un camino, en el que habría que profundizar hacia dentro de las novelas de Padura, donde hay muchos factores del Nuevo Periodismo colocados como puentes dentro de la escritura ficcional.

Agustín Labrada ha logrado en este libro una imagen certera sobre lo que Padura consiguió desde el ámbito de un diario oficial en Cuba, donde no hizo concesiones ni a la banalidad, ni a la chabacanería, ni al mal gusto, ni a las opciones supuestamente políticas de entonces, porque se mostró como un verdadero creador, como fustigador de la realidad y, al mismo tiempo, como un representante genuino de la cultura cubana. Tropo

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