Cultura y familia en el siglo XXI: una reflexión impostergable

Por Macarena Huicochea

Desde que era niña me he cuestionado ¿para qué sirve una familia? Y aun cuando me considero producto de una familia amorosa, reconozco que hubo relaciones familiares que, sin duda, definieron mi personalidad, mis valores y conducta hasta la fecha; y que, cuando formé mi propia familia, muchos de esos valores y creencias chocaron con la realidad laboral de una mujer intelectual del siglo XX.

Y es que esta pregunta no tiene una respuesta única y depende del contexto social, histórico e incluso político. No es lo mismo una familia indígena de la sierra de Oaxaca, sin acceso a educación y servicios públicos, que una familia medieval de la clase alta; o que una familia de clase media en el siglo XXI en plena pandemia y encierro.

Me permitiré contar dos anécdotas personales y dos ajenas con las que trataré de fundamentar mi argumentación. Pretendo visibilizar lo que, a pesar de parecer obvio y evidente, se mantiene encubierto y distorsionado sin que nadie cuestione los evidentes malos resultados de “dar por hecho” y no cuestionar lo que sucede en el ámbito íntimo y familiar con respecto a sus repercusiones públicas y resultados sociales.

Son anécdotas de infancia que sólo entendí cuando fui adulta, pero que me mantuvieron con una incertidumbre permanente hasta la adolescencia. Cuando yo tenía diez años, mi madre tuvo algo parecido a una embolia, de la cual jamás se recuperó. Sus lesiones cerebrales le impedían hablar y le causaban mucha frustración al no poder comunicarse con sus hijos o esposo. Esto repercutía en llantos, desesperación y desequilibrios emocionales que la hacían quejarse y reclamar (aun sin lenguaje verbal) todo el tiempo.

Por supuesto, yo no entendía nada entonces, pero ahora, a la distancia y con mayores herramientas de conocimiento, comprendo lo terrible de su situación: éramos cuatro hijos pequeños, yo la más grande. A mí nadie me explicó nunca nada. Como suele ocurrir a veces, los adultos deciden y actúan sin darse cuenta de que los niños están ahí, observando, tratando de entender y aprendiendo “cómo funciona el mundo”. En algún momento, por un mal diagnóstico, mi madre fue internada en un hospital psiquiátrico, así que, desde mi mundo infantil crecí con la idea de que mi madre había enloquecido y de que ser mujer era sinónimo de debilidad, llanto y queja… y yo no quería ser así. Por eso pretendí parecerme a mi papá. Jamás quise ser hombre, pero sí actuar con “mayor fuerza, poder y normalidad”, según yo lo interpretaba (recuerden que tenía sólo 10 años).

Aquello me dejó una sensación que, hasta el momento, me cuesta describir. Mientras mi mamá estuvo en el hospital, una hermana de mi madre vino a “ayudar” a mi papá. Era una tía que no me caía bien y que, tras la experiencia que narraré, generó en mí una animadversión que tampoco entendía entonces. Pues resulta que la “caritativa alma de Dios”, crecida quizás en un ambiente distinto al mío, proyectó tal vez sus miedos o vivencias (no lo sé) en mí. Sólo recuerdo que, mientras lavábamos la ropa de mis hermanos, me dijo unas palabras que no entendí, pero la forma en que las dijo y su actitud y emoción se me impregnaron en el cuerpo y el alma de tal modo que, aún ahora que las entiendo, me causan un malestar denso y pegajoso, como de una brea oscura y “viviente” que sigue incomodándome al pensar en cómo los adultos siembran sus propios miedos y traumas en niños que no entienden a qué se refieren y que ellos jamás logran explicar o verbalizar con claridad. Creo que eso sucedió a partir de que tuve mi primera menstruación. Como nadie me había dicho nada al respecto, creí que me iba a morir. No quería preocupar más a mi padre, ya de por sí agobiado con cuatro hijos y una esposa internada en un hospital y sin esperanza de curación.

Sin embargo, mi tía descubrió mis improvisadas formas de resolver “yo solita” la situación y, en lugar de hablarme al respecto y explicarme lo que tampoco me habían explicado en mi escuela de monjas, sólo sentenció: “Ten cuidado… te has convertido en una señorita y… tu papá es hombre”. ¿¡¡¡? Juro que no entendí. Pero su miedo o su sombría visión o experiencias con lo masculino me causaron un rechazo instintivo hacia ella. Sentía que no había lógica en sus palabras. ¡Era evidente que mi papá era hombre! Pero ¿por qué quería hacerme sentir que estaba en peligro? ¿Debía tenerle miedo a mi padre? Años después me quedó claro lo que quiso decir y la odié aún más por no ser capaz de darse cuenta de la calidad humana de mi padre, de su amor y respeto por sus hijos (éramos dos mujeres y dos hombres).

Cuando somos niños, crecemos rodeados y moldeados por las creencias, frustraciones, malos entendidos y experiencias que han vivido los adultos que nos “educan”. Pero, como no tienen otros referentes, no se preocupan por entender que hablar a medias, “decir sin decir” o transmitir traumas y prejuicios personales no es educar y puede dañar el desarrollo emocional y la percepción del mundo de un niño o adolescente.

Así, con éstas y otras circunstancias, llegué a la adultez con cierta inmadurez emocional y cargando a mi vez mi bolsa de prejuicios y creencias heredadas, que yo daba por “buenas” y que la vida me hizo ajustar, desechar o cambiar a través del choque con la realidad.  Me casé y tuve hijos. Pero ni el matrimonio ni la maternidad eran “como imaginaba” o “como se suponía que debía ser” y me sentí traicionada por la vida. ¿Por qué las cosas no eran como se supone que debían ser? ¿Por qué me resultaba tan difícil hablar con mi pareja de lo que sentía y experimentaba, mientras él, su familia y la mía daban por hecho que “así son las cosas” y que: “una mujer debe dejar de lado su propia vida para vivir para su familia”? En pleno siglo XX descubrí que mi suegra, cuñadas y parientes cercanos consideraban mis afanes de autosuficiencia económica y desarrollo profesional como algo “anormal”.

Y eso no fue lo peor. Lo más retador fue descubrir que, a pesar de que la sociedad y el discurso feminista y liberal de mi época planteaban la idea de mujeres “emancipadas”, los horarios laborales no coincidían con las responsabilidades maternas y ante cualquier oportunidad de ascenso laboral siempre me enfrenté a la advertencia de mis jefes (hombres o mujeres, nunca importó el género): si quería un mejor puesto no podía tener vida propia y menos tiempo para atender a mi familia y criar hijos: tenía que estar disponible tiempo completo y si mis niños se enfermaban, si había un festival donde actuaran en la escuela  o si tenía que vacunarlos, tendría que hacerlo cuando tuviera tiempo libre, que, por supuesto, no existía.

Recuerdo esa época llena de estrés, tratando de ser una “superwoman”, sintiéndome culpable por trabajar o por pensar en sólo dedicarme al hogar. Nada estaba bien para nadie: ni para mi familia, ni para mis empleadores (de la iniciativa pública o privada) y tampoco para la sociedad (integrada por padres de familia de la escuela, vecinos, parientes e incluso “amigos”). Pero como yo creía que tenía que hacerlo todo y no podía lograrlo, en lugar de disfrutar y valorar esos años de juventud y vitalidad, los viví con el enorme peso de la culpa, la frustración y la sensación de impotencia que caracterizó a muchas de mis amigas y colegas. Esa sensación sigue haciendo “ruido” en algunas generaciones que ya no sueñan con eso de casarse y tener hijitos e incluso consideran la maternidad como un “estorbo” para su desarrollo.

Esta reflexión surge de una experiencia como terapeuta de Flores de Bach. Unos padres me pidieron atender a una niña de once años que era “conflictiva”. De acuerdo con mis estudios al respecto, ante un niño conflictivo “hay que dar terapia a los padres”. Así que rechacé el papel de “reparadora de niños” y propuse escuchar a la niña con la intención de incluir posteriormente a los padres.

Recibí a la menor de edad sin prejuicios y evitando crearme una imagen negativa de su conducta: quería darle la confianza de hablar y de entender su perspectiva. Confieso que fue desgarrador: hija de padres divorciados y vueltos a casar, la niña no encontraba lugar, pues las nuevas parejas de sus padres la hacían sentir “intrusa”. No se sentía muy cómoda en ningún sitio y parecía ser un estorbo para las nuevas parejas de sus padres que competían con ella por el cariño. Así, el supuesto hogar que pretendían ofrecerle los padres era una quimera. Muchas veces, ante un conflicto que no se puede, no se entiende o no se quiere resolver, es más fácil culpar a la menor.

Me sorprendió la madurez y claridad de la niña ante el problema: “mis padres prefieren dar la razón a sus nuevas parejas, a las que no quieren dejar, por la situación económica o por dependencia emocional”, me dijo. Por supuesto, la niña no me lo expresó con estas palabras, pero era evidente que tenía mucho más claro lo que sucedía y lo que sus padres no querían aceptar. Lo más interesante: la menor entendía lo que se esperaba de ella. Por supuesto, consideraba injusto tener que someterse, saberse vulnerable e impotente ante su situación, que reflejaba en su conducta, a pesar de hacer esfuerzos titánicos por “obedecer”. Su mayor frustración era no ser escuchada, su voz no importaba, ni sus sentimientos. Sus dos familias estaban angustiadas por la situación económica y no tenían tiempo de atenderla ni estaban dispuestas a dejarse cuestionar la “autoridad de sus conductas” (algunas de ellas francamente inmaduras y mucho menos conscientes que las que nuestra preadolescente era capaz de describir y narrar).

Siempre he creído en el poder sanador de las palabras, en la fuerza de la expresión para dialogar y entender al otro. Sin embargo, una y otra vez me encuentro con esta capacidad que se arraiga en los adultos para “disfrazar” la realidad, ocultar emociones, negar fragilidades o reconocer sus errores y limitaciones para buscar ayuda especializada.

Comparto esta historia porque la niña fantasea con huir de casa, con preferir la calle y la “libertad” no obstante suponer que conoce los “riesgos”. Sin hacer ningún juicio, solo quiero dejar la pregunta abierta: ¿cuántos niños así hay en nuestra ciudad, estado y país? ¿Acaso esto podría explicar el crecimiento de los niños adictos, los jóvenes sicarios, la prostitución infantil y tantas otras cosas que los adultos preferimos seguir evadiendo como temas de conversación o que suponemos que sólo les suceden a otros, a los “malos”, los “pobres”, los que no tienen educación?

Reconozco que, muchas veces, en esa inmadurez que nos caracteriza, también dije o hice cosas injustas que justifiqué ante mí misma, pero que sabía que estaban mal: hablar mal del padre de mis hijos tras el divorcio; chantajear y comprar su amor con objetos o dejarlos hacer lo que querían ante mi culpa por no dedicarles tiempo en mi afán de desarrollo profesional; mi estrés, mal humor y desesperación porque no tenía tiempo para mí y el agobio ante la falta de horarios adecuados para una sana vida familiar.

Niños llave, hijos de la tele, adictos al nintendo y las golosinas. Hijos, sobrinos y nietos que crecemos a la sombra de adultos inmaduros y nos convertimos en adultos inmaduros que normalizan la violencia física o verbal como forma de “educación” ante nuestras ineficientes políticas públicas y falta de habilidades familiares. Y todo ello en un sistema capitalista y de consumo como el que vivimos que da prioridad a la productividad y la explotación al costo de familias disfuncionales e impreparadas para la crianza.

No se trata de señalar a otros, sino de invitar a reflexionar y entender que mucha de la violencia social, la inseguridad y la prevalencia del dinero por encima de la vida y la educación podrían ser parte de la problemática que tanto nos incomoda y de la cual sólo vemos la superficie, temerosos de profundizar en sus causas y en nuestra responsabilidad. Tropo

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