Peniche Ponce y su prontuario del gusto de vivir

Raúl Renán

Estoy seguro de que la clasificación que los críticos hagan de Otro día de luz, de Carlos Peniche Ponce, quedará en la duda de si es prosa o es poesía. Digamos, para ponerle sitio, que es prosa en poesía. Pero poesía formal, porque la estructura de estos textos está sostenida por frondosos versos endecasílabos los más, decasílabos también y alejandrinos en buena medida. Me parece que ha sido el mejor recurso del escritor porque este libro, dada su naturaleza, forma parte de una categoría de testimonios literarios que prominentes autores han escrito sobre la península de Yucatán. Empezando con los libros de historia que no soslayan el elogio a la condición geográfica, climatológica y humana de la región. Tampoco escapa de la atención de los poetas, los narradores e incluso los dramaturgos.

La clara península es inspiradora, no cabe duda. Propios y extraños son atraídos por sus dones particulares de “país que no se parece a otro”, acuñado por el escritor José Castillo Torre de principios del siglo XX. Toda escritura sobre Yucatán trata de contener belleza por coherencia, tal vez por ello la poesía se hace cargo de su exaltación. Pero este método presenta un riesgo, el de ser menor. La escritura requiere una distancia de la emoción, una penetración al fondo del asunto que trata, en este caso el autor emerge del fondo de la entidad de que es nativo, cargado con toda su naturaleza.

El escritor suele ser el personaje toponímico cuando el tema es el espacio que recrea. Ya se ha dicho muchísimas veces que García Márquez es Macondo, Carlos Fuentes es la Ciudad de México, José Hernández es el pampero, Juan Rulfo, Comala; en el caso que nos ocupa, Carlos Peniche Ponce es Yucatán; no habla en su Otro día de luz de personas, pero en el ambiente, la circunstancia que desbroza, la naturaleza que decanta, está el ambiente de la región que es el que experimenta la calidad del clima y sus grados de descomposición. Sólo quien ha recibido el bendito frescor del viento de agua y sabe que no debe anunciarlo porque destruiría la bondad del mito, es capaz de escribir con ese tono que es a su vez leve viento que adelanta la llegada de la lluvia. Yo siempre creí que ese viento oloroso a tierra y vegetación húmeda, venía del monte y sus aluxes.

La riqueza de este libro, además de la información sobre las costumbres del tiempo (me refiero a las variantes del clima y sus efectos), es que sus metáforas forman un prontuario de belleza por el gusto de vivir. Quiero decir que además de ser Otro día de luz un libro de poesía, es una excelente guía de los fenómenos naturales que constituyen la sucesión de los meses e interpretan a su modo maya el movimiento de la tierra alrededor del sol. Debo decir que los mayas, nuestros antepasados, fincaron sus cabañuelas las que aun hoy, miles de años después, siguen la costumbre natural cumpliéndolas cabalmente.

Un viajero bien puede saber que este mes de mayo “el aire vive la desesperada ansiedad de las lluvias” y sufrirá con él esas ansias.

Mayo acuoso y prometedor. Sin embargo, el extraño disfrutará una plétora de flores y de frutas. Flores de mayo, manojos de blancas niñas, ofrecimientos ante el altar. Frutas de mayo, las ciruelas y el agua rosada de la sandía. Será suyo el mayo implacable sólo vivificante en el agua de los cenotes y los tanques de las quintas y las escuelas.

Si tuviera el viajero que alargar su visita, tendría en este prontuario único y singular, adelantadas las curvas del tiempo y sus sucesos. Lo único singular que no podría sufrir son los efectos que ocurren en el alma que nosotros los nativos heredamos con los ciclos de vida.

Quien haya leído el Chilam Balam de Chumayel advertirá que aquí en estas páginas la interpretación del sentimiento humano derivado de la gracia de los astros y los signos de los fenómenos tal como figuran en los anabtés está escrita con bellas palabras como aquellas que llaman a los dedos hijos de las manos.

He reunido en orden, tomados de la primera parte del libro, trece versos preferentemente endecasílabos para hacer el poema “Península de Yucatán”.

Dos mares la sostienen por el talle
una vasta planicie convertida
en anchuroso corredor de vientos,
visión perfectamente hemisférica
que es de limpio zafir en el invierno
de blanco en la mañana del estío.

Plancha de tierra es una tierra nueva.
Ni montañas, cerros ni romerías,
Por lo tanto, ningún río fluye.
Superficie caliza, al contrario
El agua celeste ha preferido
quedarse en las venas interiores.
Así la encuentra el viajero en su mapa.

Carlos Peniche Ponce no quiere hacer un poema a su estado y a su capital que lo han cobijado a sol partido; quiere resolver su condición de haber nacido bajo una fórmula de estaciones, grados climáticos y respuestas de una noble vegetación traducida en flores y frutos, olores y sabores, repetida año tras año; padecer el fuego y el agua a los que han encontrado explicación. Vida y sus condiciones.

Parece nostalgia. Y hay queja porque un fenómeno ha cambiado las cosas, una alteración de la rutina secular. “Ni canto el ruiseñor pidiendo agua/ ni quedaron las hojas calcinadas y moribundas.”

Sequía y fuego de la costumbre. Frágil tesoro aplacado por un chorrear de agua inesperado sin prolegómenos a inundarlo todo fuera de época.

“Toda la vida es vista desde aquí, desde lo alto”, dice el autor, colocado en su torre de vigía: este libro.

Raúl Renán. Mérida, Yucatán, el 2 de febrero de 1928. Creador y director de la revista Papeles y de “La máquina eléctrica”, editorial. Cuentos suyos figuran en Anuario del cuento mexicano, 1959 y Anuario del cuento mexicano, 1960. En su obra poética se encuentran Lámparas oscuras (1976), Una mujer fatal y otra… (1978), Los sonetos numerales, Catulinarias y sáficas (1979). Recientemente apareció su poemario Los silencios de Homero (1999). El gobierno de Yucatán ha instituido el Premio Nacional de Poesía que lleva el nombre del poeta.

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RESEÑA PUBLICADA EN TROPO 24, PRIMERA ÉPOCA, 2002.

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