Una bola y dos strikes: el verbo abanicar en política

Por Miguel Pickering

El juego se encuentra en la parte baja de la novena entrada. Al equipo local le hacen falta dos carreras para igualar el marcador en la pizarra pero se antoja lejana la hazaña considerando que carga con dos outs en su contra, no tiene ningún hombre en las bases y el tercer turno al bate lleva una cuenta de una bola y dos strikes. El nerviosismo de la afición refleja los más grandes temores por el desempeño del toletero que está sumido en un terrible slump desde su promoción a las Ligas Mayores. En el dugout las miradas se cruzan impacientes; el silencio se rompe con los murmullos que no se atreven a enunciar la debacle. Estos peloteros han jugado en muchas ligas, hay uno o dos novatos desde luego, pero en su mayoría son veteranos, igual algunos de ellos han pasado ya al retiro y no se espera que vuelvan a utilizar una manopla. La plantilla de este equipo recuerda tanto a los personajes de la obra teatral que se titula Béisbol, escrita por David Gaitán en 2013, donde un grupo de ancianos actores se reúne con el deseo de darse un baño de aplausos y el afán de hacer historia para poder ser recordados, improvisando diariamente una serie de combinaciones con 300 variables escénicas que suelen terminar en desatinos. En fin, los protagonistas nunca se imaginaron que apenas comenzar la temporada, la mística del conjunto terminaría más percutida que la franela del shorstop cuando se ha tenido que tirar de panza, entre la segunda y la tercera base, para parar los candentes pelotazos que amenazan con picar de hit por el callejón izquierdo.

En el béisbol no se lleva la cuenta del tiempo. La duración de un encuentro está determinada por la velocidad con la que se producen los outs en cada entrada, así que el bateador al turno no lleva prisa. Con cada movimiento busca permanecer encuadrado por el close up de la cámara durante la transmisión televisada del juego. Sosegadamente, se acomoda para adoptar esa posición tantas veces ensayada en la caja de bateo: los pies paralelos ante sí exponiendo el flanco izquierdo al lanzador, la pierna delantera más cercana al cojín de home con el pie apenas tocando el suelo y guardando una distancia de separación con la otra pierna que le permita un adecuado giro de la cintura. Eligió un bate grueso, largo y pesado, fabricado con madera de fresno americano, el cual blande sobre su casco de protección deseando marcar un cuadrangular. Balanceándose con las piernas flexionadas, relajando y apretando el agarre del bate por encima de sus hombros, repentinamente sale del círculo de bateo dando unos pasos hacia atrás para hacer una pausa que le permita relajar sus tensos músculos, pellizcar su jersey a la altura del esternón, acomodarse el casco, escupir al suelo, mirar al cielo y, sobre todo, romper la concentración del pícher. Hasta ahora ha logrado conectar los lanzamientos dirigidos a la zona de strike para evitar el ponche, pues como se sabe en este deporte no hay límite de fouls cuando se batea fuera de la zona legal de juego. El bateador en turno busca sacudirse las vulnerabilidades aunque no logra borrar la poca asertividad que ha tenido su juego a la defensiva.
La escena bien podría condensar la conciencia del perdedor que retrató el maestro Vicente Leñero en el relato «El fílder del destino», dentro de su obra «Los Perdedores» publicada en 1996: «No logro recordar dónde vi por primera vez aquella imagen: la del fílder plantado en la soledad inmensa del jardín central o derecho o izquierdo de un parque de beis con la mirada fija en un profundísimo elevado, como quien espera que caiga la gracia».
Y es que en el beisbol esporádicamente suelen suceder algunos milagros, aunque lo normal es que ocurran errores, de los cuales se lleva una puntual estadística puesto que las matemáticas hacen de este deporte uno de los más precisos, como por ejemplo en el álgebra del porcentaje de fildeo: obras totales (posibilidades menos errores) dividido por el número de ocasiones totales, así como en la geometría del diamante donde ángulos, vectores y parábolas proyectan al equipo hacia la victoria o el fracaso desde un cuadrado paralelogramo.

Por otra parte, este juego resulta también una síntesis social. Cualquier persona puede jugarlo no importando su condición, pues hay un puesto en la plantilla acorde a las distintas cualidades de los aspirantes. A la defensiva, el pícher debe tener la fuerza, la destreza pero también el temple para lanzar la bola evitando que conecte el bateador; una persona bajita y pesada bien puede ocupar el puesto de cátcher; a su vez quien tenga agilidad deberá ubicarse de shorstop, mientras que los reflejos felinos son propios de un tercera base, siendo que los buenos fildeadores jugarán de jardineros donde requerirán de un poderoso brazo para hacer llegar oportunamente la pelota hasta las bases. En contraste, a la ofensiva sí que se distingue la habilidad en el bateo, pues el primer turno será para aquel bateador efectivo que sepa embasarse; el segundo bateador idealmente deberá ser un buen tocador de pelotas, el tercero al bate además tendrá que ser un hábil ladrón de bases, mientras que el cuarto será el más poderoso bateador del equipo, turnándose así los jugadores, desfilando uno por uno para cerrar con el menos efectivo. Con estas disparidades suelen generarse las ocasiones que constituyen la magia del béisbol. Incluso su estructura y estética han sido fuente de inspiración de muchos vates, que han escrito versos enalteciendo al arte del bateo. Es el caso de Alberto Blanco y su poema «La Vida en el Diamante» publicado en su libro Materia Prima, allá por 1992, en el cual pueden leerse literalmente los pensamientos que revolotean en el imaginario de los 30 millones de fanáticos que siguen con atención estos momentos de máxima tensión: «Quizá si en lugar de toque de sacrificio que mandó el mánager le hubieran dado bateo libre… Quizá no aprenderemos nunca la lección».

El béisbol recrea el mítico encuentro de dos poderes que se disputan el dominio de la situación. La habilidad, la potencia pero también las mañas inclinan la balanza a favor del bateador o del pícher en los momentos definitorios de un encuentro del cual habrán de surgir las verdaderas figuras que merecen un lugar en el Salón de la Fama. Sucede como en aquella novela de Carlos Fuentes titulada La voluntad y la fortuna publicada en 2008, en la que se requiere toda la concentración del lector para seguir la complejidad en la trama de los sucesos que describen la eterna disputa entre el poder político y el poder económico. Igualmente, en el béisbol, el espectador se involucra de las sensaciones que transpiran los jugadores que participan de este duelo, como ahora que el bateador al turno dimensiona su verdadera estatura frente a la posibilidad de ser despachado por abanicar las bolas rápidas lanzadas por el pícher, suspirando las mismas palabras que pronunciaba la cabeza decapitada de Josué Nadal, protagonista de dicha novela: «Vi lo que es el poder: una mirada de tigre que te hace bajar los ojos y sentir miedo y vergüenza.»
A estas alturas del encuentro resulta inútil seguir intentando un fly de sacrificio, así que el mánager sugiere —con las particulares señas tan características del rey de los deportes— que mejor se busque provocar una base por golpe con la esperanza de que el cuarto bate logre descifrar el picheo del relevista, indeciso todavía de utilizar su último recurso, que sería el incorporar a un bateador emergente. En cualquier caso el hombre que carga en solitario con la responsabilidad de todo el equipo primero debe conectar un sencillo. Es cierto que en este deporte el ascenso de un pelotero se debe a su eficiencia en el juego, pero sobre todo depende del patrocinio que consiga para promocionarse y superar las ligas amateurs. La mayoría no llega nunca a jugar en ligas profesionales, aunque hay casos excepcionales que logran eludir a los Comisionados nombrados por los dueños de los equipos, como es el caso del bateador en turno quien logró escapar de los callejones sin salida gracias a su tenacidad y a su consistencia para aparentar representar lo que no es, escalando para posicionarse como amuleto ante la plantilla reclamando ser imprescindible. Así como el trabajo de un gobernante debería ser gobernar, al bateador se le exige batear y producir carreras evitando la captura en el aire de «doña Blanca», aunque hay quien logra trascender en la vida nada mas abanicando, algo así como lo que describía en 1950 Octavio Paz en su ensayo El Laberinto de la Soledad, donde sentenciaba: «El simulador pretende ser lo que no es. Su actividad reclama una constante improvisación, un ir hacia delante siempre, entre arenas movedizas».
Los duelos personales no abonan al interés común. Quizá por ello persiste en el beisbol la cordialidad entre los adversarios, pues a pesar de las rivalidades sigue resultando un juego afable, regulado por un complejo compendio de normas no escritas que en general suelen respetar la mayoría de los jugadores, desarrollando infinidad de estrategias, tácticas y subterfugios que resultan ininteligibles para un simple espectador. No obstante, siempre estará el riesgo de que surja una pelea campal cuando la rispidez del antagonismo entre los peloteros llegue a desbordarse incendiando con violencia las praderas del parque. Algo muy similar a lo que ocurre en la política. Así lo retrató Juan Rulfo en El llano en llamas», obra escrita en 1953: «Quién sabe quién fue a decirle a los músicos que tocaran algo, lo cierto es que se soltaron tocando el Himno Nacional con todas sus fuerzas, hasta que casi se le reventaba el cachete al del trombón de lo recio que pitaba; pero aquello siguió igual. Y luego resultó que allá afuera, en la calle, se había prendido también el pleito. Le vinieron a avisar al gobernador que por allá unos se estaban dando de machetazos […]».

Muchos de los mitos del beisbol se construyeron fuera de los parques de pelota, pues parte de la industria asociada a este deporte se edificó en las redacciones de los diarios, las cabinas de radio y más recientemente en los estudios de televisión. Uno de los grandes comentaristas fue el queretano don Pedro «El Mago» Septién, quien inició su carrera como cronista deportivo en la XEQ por allá de los años cuarenta, recreando las jugadas a partir de los escuetos cables telegráficos que recibían desde Tampico, reconstruyendo los partidos de las Grandes Ligas en la radio mexicana y poniendo de fondo grabaciones del clamor de la afición para dar más vivacidad a su narración. La correcta entonación, los datos históricos y de cultura general que generosamente obsequiaba en sus transmisiones, su inventiva para construir nuevas palabras, la obsesión por el apunte preciso de los números, su capacidad para proyectar las jugadas en la imaginación del radioescucha y la poesía que enaltecía su pasión por la pelota caliente hacen que el legado de este locutor resulte casi tan grande como las hazañas que relató. “Los promedios son profetas que miran hacia atrás”, decía para destacar la importancia de las estadísticas para conocer el desempeño de los jugadores.
Claro, eran otros tiempos. Ahora, la mediocridad del bateador en turno lo hace ser autocomplaciente de sus magros logros, jactándose de sus acciones inconclusas con el puro pretexto de que son distintas aunque deriven en malos resultados. “No somos iguales”, afirma cuando se le compara con otros jugadores que han estado en su puesto, pero termina haciendo lo mismo o menos que sus predecesores. Quizá por ello sus patrocinadores han tenido que cambiar la estrategia de comunicación invirtiendo una cantidad considerable de recursos para que la prensa resalte su figura, dando lugar a una tregua comprada que le otorga cierto margen de maniobra en este incierto campo de batalla. Al respecto de estos precarios equilibrios entre poderes, el gran escritor guanajuatense Jorge Ibargüengoitia escribía con la fina ironía que lo caracterizaba su novela Maten al león, publicada en 1969, en la cual resumía esta contradicción con pocas palabras: “Este país necesita progreso. Para progresar necesita estabilidad. La estabilidad la logramos quedándose ustedes con sus propiedades y yo con la presidencia”.

La pedagogía de la derrota debiera aportar lecciones ante los incesantes fracasos, pero el bateador en turno no abandona la costumbre de perseguir ideático sus deseos de protagonismo a costa de su propia causa. En su carrera ya alcanzó su mayor anhelo, pero pareciera que no logra superar su papel de víctima para sobreponerse a las derrotas y consolidar su liderazgo, pues para ello tendría que reconocer sus errores y asumir cabalmente sus responsabilidades. La fórmula que sigue para darle continuidad al juego es la de transformarse, en una metamorfosis que aparenta un cambio para que todo siga igual. Es el vivo retrato del personaje principal en la novela de René Avilés Fabila titulada El gran solitario de Palacio, que fue publicada en 1971 y que detalla meticulosamente la continuidad transexenal del presidencialismo impertérrito en México: “Pero el maquillaje es lo de menos. El Presidente está acostumbrado a usarlo. Lo molesto es la operación de cirugía plástica a la que sexenalmente se somete con claros sacrificios democráticos […] Cirujanos plásticos hacen un trabajo superior, perfecto, casi artístico […] De la clínica emerge un hombre revitalizado para ir a la campaña y ganar elecciones […] De esta manera cada seis años tenemos a un hombre distinto del anterior y siempre el mismo”.

El 7 de marzo de 2019, pasados 100 días de haber ocupado el máximo cargo al frente de este equipo, el bateador en turno hacía estas declaraciones: “Ya inició la temporada y estamos arriba con más juegos ganados que perdidos, tenemos primer lugar en porcentaje de bateo, estamos por arriba de .300, con buen resultado en pícheres abridores y en cerradores”. Pero la temporada ha resultado intensa. En resumen puede decirse que desde los primeros partidos el equipo local ha cedido toda iniciativa entregando la soberanía al adversario. De ahí que por la fuerza han tenido que emplear a los uniformados para mantener a raya a los migrantes que solo quieren alcanzar un safe en home. Desde el juego de exhibición lo único que han lucido son los megaproyectos, con una tibia ofensiva que ha recibido su medicina con el assortment de los cárteles, quienes a base de cambios en la velocidad de sus lanzamientos le han propinado su jarabe a cualquier acción discursiva de la autoridad. En la defensiva ha estado muy activo el bullpen del equipo intentando evitar los imparables que tanto daño ocasionan a la economía, pues por más que los titulares tratan de cubrir las bases no lo logran, ¿se deberá a que solamente tienen experiencia de algunos encuentros amistosos de softball? Por supuesto, no ha sido un juego limpio. Vamos, hasta las carreras más aplaudidas han sido sucias, así que para mejorar el average de la lucha contra la corrupción han creado toda una pantalla que en realidad lo único que hará será aplicar cal para blanquear a los swipers que tantas bases se han robado dejándolos impunemente libres; solamente les hace falta sobornar al anotador encargado de mover los números en la pizarra para consumar el engaño. Este equipo solamente amaga con lances de artificio. Pescándolas al vuelo busca un doblete para evitar algún campanazo, mientras que el mánager gira instrucciones para intentar llevar el juego a extra innings, esperando que un corredor designado mejore los niveles de aprobación para alcanzar tendencias favorables rumbo a los playoffs del 2021.
Pero más allá de las opiniones, analizando el recuento de los números en el box score puede dimensionarse la verdadera trayectoria que sigue el equipo: tan sólo en el primer semestre de este año se registraron alrededor de 18 mil asesinatos, algo así como 100 muertes violentas al día; para ese mismo periodo se registraron 489 feminicidios que representan un aumento de 9.2% comparado con el año pasado. Con respecto a la labor periodística, México sigue siendo uno de los países más peligrosos del mundo para ejercer dicho oficio, pues en lo que va de la actual administración federal se contabilizan 16 periodistas asesinados por ejercer su profesión. En cuanto a la gestión de la pandemia hace rato que ya superamos el escenario más catastrófico previsto por las autoridades sanitarias, con más de 70 mil lamentables defunciones y sumando. Por lo demás, las mismas cifras oficiales dan cuenta del hundimiento en la economía con una caída de 18.7% en el producto interno bruto (PIB), el mayor descalabro del que se tiene registro en la serie actual, lo cual impacta también al empleo pues se contabilizan más de 1 millón 180 mil empleos formales que se han perdido durante la contingencia sanitaria.

Aún no comienzan los juegos de preselección y el desgaste en la plantilla ya es notorio; será por suerte que logren mantener la unidad en el roster de la novena. El bateador al turno, inmutable, se planta en el círculo de bateo con una parada de emergencia para no dejarse ponchar, el picheo que enfrenta es flojo pero él siente que le están lanzando la bola con una honda. No pierde ocasión para alegarle al ampáyer las supuestas interferencias, pero lo cierto es que hasta ahora ha sido incapaz de llegar a la primera base. No le importa, desde la orfandad de su posición busca convencer a la afición repitiéndoles insistentemente que “vamos muy bien”. Se encuentra obnubilado por su propia sombra alimentando la manía de querer volarse la barda. Persigue la victoria o más bien pareciera que se aferra en buscar venganza. Así se planta frente al lanzador invocando un macanazo que le devuelva la gloria, mientras murmura las palabras del Mago Septién: “las grandes tragedias del beisbol se escriben en la novena entrada con dos outs en la pizarra”. Tropo

Miguel Pickering (México D. F., 1974). Biólogo y magíster en Desarrollo Rural. Radica en Cozumel desde 2017. Técnico recolector de pesquisas, extensionista de anécdotas y silvicultor de historias.