Símbolos y palabras: su poder sanador

Por Macarena Huicochea

Estoy convencida de que existe el destino. Tal como sé que es real el polo norte. Y creo que funciona del mismo modo: como un punto de referencia para nuestra “brújula interior”, que nos alerta cuando nos desorientamos y nos encamina mientras decidimos el rumbo y los diversos senderos que debemos recorrer para alcanzarlo. Cada rumbo que abrimos con nuestros pasos tiene el mismo efecto que cuando ponemos un espejo frente a otro: refracta múltiples e infinitas realidades posibles e interconectadas.
He llegado a los 60 años convencida de que siempre supe cuál sería mi destino y de que las señales siempre estuvieron ahí, aunque di muchas vueltas y “recogí mis pasos” muchas veces para poder descubrir que nada de lo vivido fue inútil o estuvo de sobra.
Desde los diez años soñaba con ser escritora y, desde entonces, también intuía que el mundo no era lo que parecía, ni lo que decían los adultos. Pero tardé mucho tiempo en descorrer los múltiples velos antes de descubrir horizontes y paisajes que no se muestran a simple vista, y cuyos umbrales no se abren ante el caminante apresurado o distraído.
Desde niña, siempre me sentí fascinada por los cuentos y, en especial, por los de hadas. Tuve la fortuna de que mi padre me comprara libros de autores clásicos y fue así como conocí a Dumas hijo, con sus Tres cantos del jorobado y La caja de plata… Luego descubrí Flor de Leyendas, de Alejandro Casona; y después, también gracias a mi padre, me deslumbraron las Joyas de la Mitología: una historieta ilustrada que contaba las aventuras de los dioses y héroes griegos a través de fantásticas aventuras y seductoras imágenes.
Mis primeros recuerdos están vinculados con la literatura y con personajes complejos cuyas historias no siempre tenían un final feliz. Aun así, me parecían mucho más interesantes que mi propia vida. Yo no entendía que el ser la mayor de cuatro hermanos me condenaba a cuidar de ellos, debido al deterioro de la salud de mi madre, quien permanecía en un hospital sin mucha esperanza de restablecimiento. Así fue como, sin mucho entusiasmo, adquirí algunas responsabilidades ajenas a mi edad.
Sin embargo, en medio de todo, los libros resultaban para mí más reales que lo que sucedía en mi hogar… o, al menos, más divertidos y apasionantes que mi “realidad” cotidiana. Tal vez por ello prefería la compañía de los libros: me daban el “poder” de escaparme hacia mundos fantásticos más entendibles y emocionantes que los miedos, prioridades y discursos de los adultos que, de algún modo, resultaban menos auténticos y más crípticos. Tampoco la escuela, los maestros o los compañeros resultaban fáciles de entender; y mis vecinos, primos y demás familiares no se interesaban en mis lecturas, e incluso había quienes se burlaban de mi preferencia por ella, pues les parecía que los libros eran aburridos.
Cuando mi madre regresó a casa, descubrimos que no podía hablar. Eso hizo imposible la comunicación con ella. Le pedí a mi padre entonces que me llevara a vivir mejor con mi abuela. Le decíamos “La Yaya”: era una adorable anciana de pelo blanco y ojos azul turquesa, cuya extraordinaria memoria la hacía especialmente atractiva para mí, pues sabía contar buenas historias y cantaba viejas canciones alusivas a la nostalgia por su patria: una España lastimada por la guerra civil, a la que ya no podría regresar. Ella se convirtió en parte de un hogar interior, lleno de amor.
Un día, mi abuela me sorprendió extendiendo un mazo de cartas “españolas” frente a mí, con la intención de enseñarme a “echar la baraja”. Yo la miraba incrédula, mientras ella, muy convencida, me aseguraba que un as de copas de pie auguraba un hogar feliz; mientras que la misma carta, de cabeza, presagiaba disgustos e infelicidad en el hogar; o de que el cuatro de espadas era una advertencia de enfermedad grave e incluso el augurio de un peligro mortal.
Recuerdo haberme burlado un poco de ella. Esas cosas, aseguraba yo, eran para gente ignorante y charlatana. Yo iría a la universidad, estudiaría mucho y sería escritora (como si serlo garantizara un amplio conocimiento del mundo y la capacidad de entenderlo, describirlo y poder compartirlo con otros). Ciertamente, fui a la universidad, estudié letras, psicología y ciencias humanas; y eso me permitió creer que había superado a mi abuela y a mi padre (que no habían podido realizar estudios superiores).
Varios años después, mi papá, un extraordinario vendedor inmobiliario, dejaría todo por ir a cumplir un antiguo sueño: sembrar la tierra y convertirse en campesino. Empezó a desarrollar habilidades un tanto difíciles de entender para mí: caminaba por el bosque de nuestra propiedad, encontraba yerbas a su paso y las olfateaba, y seleccionaba algunas para después macerarlas en alcohol, pues decía serían útiles para los dolores de articulaciones. Más tarde, anticipándose a todos, aseguró que los xoconostles (que sembró en nuestra propiedad) eran capaces de ayudar, junto con el nopal, a regular el “exceso de azúcar” de las personas con diabetes.
Confieso mi preocupación ante su falta de procesos científicos y de información fitotécnica, sanitaria, farmacológica y médica. Temía que los productos que empezaba a desarrollar mi padre pudieran causar algún daño a la salud. Además, sentía como si su fe y confianza inexplicables estuvieran basadas en algún tipo de creencia o superstición que le hacían suponer que con “oler” una planta podría reconocer sus propiedades curativas.
En esa época (aunque yo seguía siendo una apasionada de los mitos y leyendas europeas, y había descubierto también las fascinantes tradiciones prehispánicas, rituales ancestrales y el concepto de chamanismo), no era capaz de reconocer esa realidad frente a mí, ni sospechaba que cada una de esas experiencias terminarían por convertirse en pistas o señales de un camino emprendido por mí más tarde, que me llevaría a recorrer los fascinantes senderos de la curandería.
Siempre fui reacia a creer en lo que no podía ver, no obstante que ya había empezado a publicar libros de cuentos de literatura fantástica en donde todas mis antiguas lecturas sobre mitología, leyendas y rituales se convertían en umbrales por los que yo transitaba desde la literatura y la creatividad hacia mundos imaginarios en los que me gustaba vivir, dialogando con sirenas, ancestrales dioses y sacerdotes de antiguos cultos… pero siempre enmarcados en ese “otro mundo” que la razón considera “inexistente” o de “ficción”.
Me casé, tuve hijos y publiqué un segundo libro, donde me atreví a dar voz a esfinges, sirenas, gorgonas y diosas telúricas. A través de la palabra, estas figuras encontraron un camino para manifestarse como fuerzas simbólicas, cuyo poder yo aún desconocía, pero que lograba percibir y expresar de una manera que aún hoy no considero totalmente de mi autoría. Mi pasión por mitos y leyendas me llevó a seguir tratando de dar voz a esas criaturas sobrenaturales en las que yo intuía (sustentada en los estudios de Mircea Eliade, Joseph Campbell y Karl Gustav Jung, entre otros especialistas en religiones, símbolos y psicología) una poderosa herramienta de diálogo del hombre con su mundo interior y con los enigmas de la existencia.
Y entonces empecé a convencerme de que —desde las portentosas cuevas en donde los hombres prehistóricos trataban de dialogar con el mundo a través de las figuras rupestres; o los griegos con los dioses, mediante danzas bacanales, poemas homéricos o las tragedias de Sófocles; hasta las propuestas más vanguardistas del Renacimiento, la Ilustración o el siglo XXI— cada expresión artística está cargada de la necesidad de paliar la incertidumbre. No obstante nuestros logros tecnológicos y el desarrollo de nuestras civilizaciones, solo la palabra y el arte pueden tratar de trascender. La capacidad de nombrar la realidad nos permite establecer un “diálogo” entre nuestro mundo interior y el mundo externo, para buscar o dar significado a nuestra vida.
Y fue así como, poco a poco (y sin darme cuenta), impulsada por mis propias rupturas con la realidad, descubrí que la herbolaria, el chamanismo, el yoga y el tarot no eran “mundos imaginarios” ni simples “pensamientos mágicos”, sino respuestas culturales para conocer y establecer un vínculo con la naturaleza y sus leyes, a fin de mantener la salud del individuo, de la comunidad y de su entorno. Una salud entendida como resultado del equilibrio entre las diferentes dimensiones de la realidad: física, mental, emocional, espiritual y ambiental.
Entonces descubrí que la religión, la literatura, la alquimia y el lenguaje simbólico son herramientas para representar nuestras percepciones de la realidad a través de arquetipos, dioses, energías cósmicas humanizadas con las que tratamos de descifrar nuestro lugar en el mundo y el papel que podemos representar en la historia humana.
Reconociendo esa herencia familiar que mi abuela y mi padre habían aceptado, pero que pertenece a toda nuestra especie, decidí correr todos los riesgos al sumergirme por completo en el estudio de la herbolaria y el chamanismo, cuya presencia está profundamente arraigada en nuestra cultura (y en muchas otras partes del mundo), de modo que coexiste, día con día (a veces discretamente, otras disfrazada de folklorismo) en la vida cotidiana de miles de mexicanos.
Inicié mi aprendizaje con mucha fortuna, pues tuve como primer maestro al doctor Erick Estrada Lugo, biólogo y maestro en Ciencias; cuya investigación en la Universidad Autónoma de Chapingo dio origen a la fundación del Programa Universitario de Plantas Medicinales. Además de que él fue quien llevó sus investigaciones científicas más allá de los laboratorios y la biología, entretejiendo el conocimiento experimental de los curanderos con la antropología, lo que le permitió realizar investigaciones de campo para descubrir la forma en que curanderos y chamanes (muchas veces analfabetos) adquirían su conocimiento herbolario.
Para ello, Erick recorrió toda la república y visitó a los curanderos tradicionales de decenas de comunidades indígenas que compartieron sus enseñanzas con él y le permitieron elaborar su tesis de Doctorado en Antropología, planteando al Chamanismo como una forma de conocimiento y una medicina sagrada integral, que concibe a la enfermedad y al paciente tomando en cuenta el contexto cultural, biológico y simbólico-social del enfermo.
Fascinada ante las argumentaciones del Dr. Estrada, empezaron a resonar en mi interior los recuerdos y las palabras de mi abuela y de mi padre, que yo, por ignorancia, había menospreciado. Ahora cobraron sentido. Me revelaron “otra forma de conocimiento”, más relacionada con la intuición y diversas herramientas que, desde entonces, diversos curanderos han compartido conmigo, permitiendo que me acerque, con mucho respeto, a una cosmovisión muy ajena a las distorsiones que la charlatanería y el new age han perpetrado en la opinión pública.
Quince años después de ese primer encuentro con Erick Estrada, he recorrido muchos senderos y en todos se reitera el poder sanador de los símbolos y las palabras, así como de los rituales, leyendas y mitos que los acompañan, y que reflejan la enorme riqueza de un conocimiento ancestral lleno de sabiduría.
No pretendo hacer apología de mi camino personal, sino llamar la atención de los escépticos y de quienes (como yo, en algún momento) menosprecian y descalifican otras formas de percibir y relacionarse con la existencia; formas en donde la naturaleza y sus elementos son “entidades vivientes” a las cuales se debe respetar para lograr un diálogo con ellas, a fin de que no “castiguen” nuestra ignorancia o soberbia al transgredir sus leyes, o por no entender las consecuencias de pretender someterla a nuestro antojo.
Escuchar a los chamanes hablar con el fuego o pedir permiso a los espíritus de la selva o el bosque; llevar ofrendas a un cenote o bendecir una siembra y una cosecha; aprender a recuperar “un rostro y un corazón verdaderos” para poder relacionarse con los demás y con una forma de vida más sustentable, me parecen apuestas más viables que las del capitalismo depredador. Este sistema económico global no solo ha sido capaz de destruir al planeta, sino ha utilizado a la ciencia para crear guerras bacteriológicas y ha hecho de la industria farmacéutica un negocio en donde la salud no es precisamente la prioridad de las empresas transnacionales. Estas, por un lado, producen alimentos y sustancias químicas tóxicas, y, por otro, ofrecen servicios de salud solo a quien sea capaz de poder pagarlos.
Y no se trata de fomentar una visión romántica e ingenua respecto de las prácticas de sanación tradicional, pues también en estos senderos hay muchos engaños e intereses económicos de por medio. Sobran ejemplos de grupos iniciáticos, de cursos de alquimia o cábala, y de “chamanes” improvisados que realizan ceremonias con enteógenos y ponen en riesgo a quienes buscan la espiritualidad “exprés”.
Por ello, la invitación es a buscar en instituciones serias, como las universidades; pero también entre los pocos ancianos mayas que aún quedan en nuestra península. Ellos son guardianes de una tradición que, muchas veces, las nuevas generaciones empiezan a olvidar, junto con sus lenguas maternas y las costumbres, sostén de nuestros tejidos sociales y de los contenidos simbólicos implícitos en nuestra poderosa cultura.
Somos cada vez más quienes estamos tratando de reconocer y recuperar esa herencia, patrimonio de un país que posee, detrás de sus coloridas, abigarradas y múltiples expresiones culturales, un conocimiento ancestral, por fortuna, aún accesible para quien se comprometa realmente a descubrirlo, honrarlo y compartirlo.