Alba umbría

Por Lil Fernández

Fotografía: Facundo González Luján. Atrapada.

Una vez más, el sonido de la estridente alarma vecinal se activó en el instante en que el sol replegó el telón para dar inicio a su actuación como héroe y villano.
Julia ya se había acostumbrado a dormir bocarriba. Abrió los ojos. A través de la careta pudo distinguir el triste desfile de nubes queloides en tonos rosa y gris ensuciando el cielo. Aire. Era escaso; se filtraba con dificultad a través de la mascarilla integrada al hermético traje. Su primer pensamiento fue el reconocer que la pesadilla no estaba en sus sueños sino en la realidad. Una extraña tristeza la invadió; cada vez veía más lejos la posibilidad de volver al trabajo. Le gustaba recordar la promesa que le hizo el gerente general de darle el puesto de encargada de Recepción. Creo que eso ya no va a suceder.
Se levantó y lo primero que hizo fue quitarse el mono de plástico azul que la envolvía de pies a cabeza. Miró el reloj. Estuve once horas con doce minutos ahí metida sudando. ¿Por qué no me fui mejor a Canadá? Cada día hace más calor en Cancún. Llegué en el peor momento. Bien me dijeron que Cancún “te adopta o te aborta”; para mí aplican ambas cosas, cada día es como una contracción para expulsarme y a la vez estoy encadenada a esta forma absurda de existir.
Con el ridículo chorro de la manguera del jardín, se lavó el cuerpo y la larga cabellera; sin acondicionador, porque no hay más. Aprovechó para vaciar su vejiga; ya me estoy acostumbrando a mear de pie. Sed. Bebió medio litro de agua; me lo permito porque aún quedan tres cuartos de garrafón. En poco tiempo se me va a terminar el dinero y no creo que mi mamá quiera transferirme de nuevo.
Habían transcurrido tan solo trece días desde que “La infestación”, como la llamaron los expertos, había cambiado por completo la vida de todos.
Julia se mostraba fuerte y de buen ánimo ante sus conocidos, pero en la soledad de su diminuto patio trasero, contaba sus horas bajas; y es que mi situación va de mal en peor: eczema en el rostro, hombros despellejados, espalda quemada y ampollas en los brazos. No me quejo, porque mi umbral del dolor aún está en el nivel cuatro: moderado. Lo que me duele más que el cuerpo es sentirme expuesta, descobijada… me hace falta el contacto físico de una pareja. Nunca creí que llegaría el día en el que fuera a extrañar a mi ex. Extraño que me toque; hasta aceptaría una nalgada para sentir nuevamente que estoy viva.
Más allá del daño en la piel, la falta de sueño era insoportable. Esa noche tampoco logró descansar a causa de los ininterrumpidos gritos, sollozos y dolorosos gemidos de los vecinos en la calle. Ahora tengo que escuchar sus voces chillonas que se mezclan con los aullidos de mis pensamientos, esta cabeza que me grita a cada instante que soy una marioneta del destino.
Julia se esforzaba por aferrarse a la rutina. Sábado de limpieza. Hoy terminaré de quitar las salpicaduras de guano de la pared amarilla. Sus vecinos tenían el mismo problema; los murciélagos vienen a comer las frutillas de los árboles y luego se cagan por todos lados. Un jardinero le sugirió eliminar el árbol. Julia se negó. No tengo corazón para talarlo, aunque no soporto esos animales.
—Me ponen de nervios… ¡me sacan de quicio! —Hablar sola se había convertido en costumbre desde que comenzó “todo este relajo”, como ella le decía.
Limpiar y ordenar el patio trasero era prioridad, porque ahora vivo aquí afuera. Por lo menos me mantengo ocupada y contando. Numerar, sumar, restar y comparar cifras era su obsesión, porque puedo medir algo, porque puedo saber qué es más o menos, porque es mi única manera de saber si mi vida avanza o retrocede.
—Hubiera sido mejor construir una pérgola de aluminio con láminas de policarbonato encima, pero se agotaron en todas las tiendas desde el día uno.
Poniendo a prueba su equilibrio, Julia puso un pie en el alféizar de la ventana que daba a la cocina y el otro en el nivel más alto de la escalera plegable, justo donde decía: “Peligro. No se pare o siente aquí”. Con ambas manos jaló la cuerda para atarla a la rama más gruesa del almendro. Nudo de tensión ajustable. Lo aprendí en YouTube. La pesada lona de plástico semitransparente que había comprado en la tienda en línea no cubría tanto como ella imaginó; pero funcionará. Mientras descendía, se detuvo en el penúltimo escalón para mirar la hora, y haciendo una operación mental dijo—: La instalé en trece minutos más de lo que dice el instructivo. —Nuevamente estoy fuera del promedio. Antes de desechar la caja leyó de nuevo la etiqueta: “Lona de vinil anti-calor impermeable con película de control solar polarizado. Permite el paso de la radiación ultravioleta suficiente para eliminar los patógenos y disminuye a su vez, la carga solar térmica para brindar alivio a las pieles más sensibles”—. Me convencieron con esa palabrita: “Alivio”. Nada puede aliviar esta sensación de no estar a salvo de nada. De todos modos, qué bueno que la compré porque en el noticiero dijeron que lloverá pronto. ¡Como si no tuviera suficiente! Por una parte, no quiero que se mojen todas mis cosas, pero a la vez, quisiera ahogarme con ellas.
Meneó en negativo la cabeza al ver en el dorso de su mano un hilo de sangre que escurría desde la piel lacerada. La herida era casi del tamaño de una moneda de diez pesos. Me declaro culpable. Antenoche literal me lijé la mano para eliminar la comezón. No había visto mi piel tan dañada desde los cortes que me hacía en la adolescencia. Esta vez no funcionó así, ni con esta herida me siento viva. Suspiró. Fue al lavadero de concreto que antes solía usar para tallar los trapos de cocina y que ahora se había convertido en lavabo y lava trastes. Sumergió la mano en la pileta. Bajo el agua, la herida parecía no sangrar más. Miró su reflejo sin reconocerse. Me veo monstruosa.
—Si no la desinfecto ahora, se va a poner peor y no tengo seguro médico —dijo al ver la cicatriz enrojecida y con pus. Pus es una palabra asquerosa. Esto no va a curarse solo con el tiempo. Envolvió su mano en papel de baño a manera de vendaje, y resignada, se puso el mono.
La simple idea de entrar a la casa la puso nerviosa. Cuando me mudé amaba estar ahí dentro y ahora me aterra. Sudor de nuevo. Se echó al hombro la bolsa de tela. Si ya voy a ir por el botiquín, de una vez saco lo demás que hace falta. Abrió en el móvil la aplicación, y en cuanto entró por la puerta trasera, dio inicio al cronómetro. Sintió de inmediato la descarga de adrenalina, su ritmo cardiaco se aceleró y el sonido de su respiración se hizo presente con ese bufido que su tabique desviado le añadía cada vez que cerraba la boca. La careta comenzó a empañarse. Subió a su recámara. ¡Qué amplia se ve sin el colchón! Abrió el closet con cuidado. —Tomaré ropa interior, unos shorts y dos playeras. Despacio que llevo prisa, porque no me vuelve a pasar que se me atore el guante con la manija—. Siguió avanzando. Entró al baño. Abrió la puertecilla bajo el lavabo para llevarse una pasta de dientes, tres rollos de papel de baño y el gel de sábila que me regaló mi mamá en el aeropuerto, porque es buenísimo para que sanen las quemaduras. Calor asfixiante. Desesperación. Bajó las escaleras casi corriendo sujetándose del pasamano y salió de nuevo al patio. Miró el móvil. Un minuto con catorce segundos, dijo mientras se quitaba el mono. Vació sobre la mesa del jardín el contenido de la bolsa esperando que los rayos del sol hicieran su trabajo. Que la luz acabe con la oscuridad. Manipuló su botín con una pala de cocina volteando las cosas. Que les dé sol por todos lados para que se mueran los desgraciados.
Colgó el mono en el respaldo de la silla y se tumbó sobre el colchón bocarriba. Ya no había nubes. El tono azul la arrastró a un dulce sueño en el que Julia podía caminar libremente por el interior de su casa, sin el mono puesto; se veía a sí misma acomodando sus cajones y su ropa, sentándose a ver sus series favoritas, bañándose tranquila con agua tibia y disfrutando de una comida decente en el comedor. El tono insistente de su móvil la trajo de vuelta.
—¿Quién me llama? —Era Sara para invitarla a tomar una cerveza—. ¡Claro que iré!, gracias, llegaré en quince minutos. Sí, llevaré mi traje de baño —dijo animada por la oportunidad de ver a su mejor amiga. Ella insistió en que me mudara para acá. Porque la distancia ayudará a que lo olvides. No lo necesitas para ser feliz.
Se cambió deprisa, se embarró una buena capa de bloqueador del cincuenta y salió en su bicicleta verde por el pasillo lateral. Ya en la calle, fue serpenteando los muebles de sus vecinos. Camas, sillas, mesas, escritorios. Había de todo. Cancún parecía una inmensa venta de garaje. Siento que estoy en una película. De terror.
—Ahora literalmente “vivimos en situación de calle”. Prefiero mil veces estar en mi pequeño traspatio que exhibirme en la banqueta. La vida privada debe seguir siendo privada. Aunque apeste.
Muchos aprovechaban el día para dormir. Qué suerte tenían los que habitaban propiedades con grandes ventanales, tragaluces o domos que permitían el paso de la luz solar. Podían descansar durante el día dentro de sus casas. Por la noche era otro cantar, solo se podía dormir con el mono puesto.
Al pasar por la gasolinera contó en dos largas filas quince autos: todos los conductores sudando dentro de sus herméticos trajes a excepción de los afortunados con quemacocos o descapotables. Ni un poco de sombra, respetan esos bichos.
En México lo apodaron el “bicho de noche”, aunque los científicos lo identificaban como Demodex Brevis Folliculorum. Organismos microscópicos que se reproducen en la oscuridad, sobreviven en la sombra y mueren con los rayos de luz ultravioleta. En estos tiempos, es importantísimo estar al pendiente de las horas de salida y puesta del sol, porque sus rayos, aunque te queman, eliminan esos patógenos. Es una lástima que el bloqueador no funciona para tantas horas de sol.
Había desabasto de todo tipo de pomadas y ungüentos para tratar las quemaduras solares, las dermatitis por dormir con el mono puesto y, finalmente, el prurito de quienes entraban en contacto con este tipo de parásitos. Los antihistamínicos para reducir la comezón también estaban agotados.
Julia saludó a los guardias de seguridad que cuidaban el acceso al fraccionamiento de lujo donde vivía Sara. No le respondieron. Cómodamente sentados a la intemperie con sus gafas reflejantes ocultaban su plácido sueño. Julia pedaleó con mayor velocidad al ver a lo lejos a su amiga que la esperaba en la banqueta frente a la imponente casa. Se conocían desde la preparatoria y en Cancún era su única amiga.
Se sorprendió al ver la calle tan despejada, y es que aquí sí tienen amplios jardines traseros. Todos pueden ocultarse. Se saludaron con cuidado para no agregarle más dolor a sus quemaduras. Julia lamentó no sentir el abrazo de su amiga ahora que tanta falta le hacía.
—Vamos a tener que correr para atravesar la casa porque Carlos salió y dejó cerrada con llave la puerta del pasillo —dijo Sara a manera de reto. Se tomaron de la mano. Inhalaron suficiente aire, entraron por la puerta principal y en pocos segundos salieron por el cancel corredizo del comedor. En esta casota seguramente me tomaría más tiempo subir a la recámara por algo, quizá unos quince segundos más.
—Me gusta tu decoración —exclamó Julia al ver en el enorme patio trasero cuatro camastros sobre un mullido tapete de felpa blanca junto a la alberca. —Aunque creo que se va a morir tu pasto con ese tapete. —Imaginó el césped aplastado, sin aire… como yo, con todos los problemas encima. Sin dinero, sin trabajar, lastimada del cuerpo y del alma.
—Me gusta seguir al pie de la letra las instrucciones de los expertos: “Quédate afuera” y “Sal al sol”. Por cierto, ¿ya viste el meme que anda circulando? Mira. —Le mostró en su celular una foto del cantante Luis Miguel rodeado de saleros—: ¿Entiendes el chiste? Sal al Sol. —Julia sonrió a fuerza, pero no separó su vista de la foto hasta que contó los dieciséis saleros. La salada soy yo; me gustaría regresar el tiempo y estar en casa con Mauricio.
—Pues veo que ya estás armadísima, tienes aquí tu comedor, el asador, la estufa de gas y hasta sacaste el refrigerador.
—No todo está lindo, ven, mira el desastre que hizo Carlos. —Sara señaló una montaña de escombro junto a la barda—: ¡Taraaan! El baño ya no tiene techo. Dice que más adelante va a colocar un domo. Mientras tanto, aquí tengo la pistola de diábolos por si veo un dron grabándome cuando vaya al baño; ¡pum! —simuló disparar al cielo. Al mirar hacia arriba, Julia miró el sol. Parece que hasta se burla de mí.
Sara sacó un par de cervezas de la hielera y le entregó una a Julia. Llegó Carlos corriendo a voltear la carne que ya chirriaba en el asador.
—Hola, Julia, perdón. Fui rápido con el vecino por un par de cebollas. ¡Les tengo una excelente noticia! Me acabo de enterar que llegó a Chetumal un cargamento con cinco mil lámparas LED para cultivo interior, una con longitud de onda similar a los rayos solares que no quema la piel; están hechas en China. Si tan solo lográramos comprar una de esas, podríamos dormir dentro, ¡sin usar el mono!
—¡Y sin comezón! Antenoche se me ocurrió entrar a la casa por un cargador y en un descuido se me rasgó un guante. Los bichos se metieron en mi mano en cuestión de segundos. —dijo Julia.
—¿Y qué hiciste a esa hora?, sin sol, ¡qué horror! —exclamó Sara.
—Era de madrugada, faltaba para amanecer, así que me quité la comezón con una lija, pero me lastimé. —Julia les mostró su herida levantando la gasa. Se vio a sí misma presumiendo su llaga supurante.
—¡Mira nada más! Te llevaste toda la piel; pero te entiendo; para la comezón ya han probado de todo y nada parece funcionar más que el sol. Hay gente que de plano se ha tenido que poner anestesia para aguantar hasta el amanecer —dijo Sara mientras le pasaba a Carlos una charola para la carne.
—Los que tienen cámaras de bronceado están haciendo el negocio de su vida. Te cobran doscientos pesos por la sesión de cinco minutos, y las filas nocturnas son inmensas —dijo Carlos mientras servía la arrachera y ponía a calentar las tortillas a un lado de la cebolla envuelta en papel aluminio —. Creo que se me quemó un poco la carne.
—Esto sí es carne quemada. Con todo y que me pongo bloqueador vean cómo estoy. —Julia les dio la espalda y se levantó la playera para mostrarles la piel enrojecida. De nuevo presumiendo mi desgracia—. Cómo quisiera acabar de una vez con todos los bichos. ¡Extraño ver mi piel sana de nuevo!
—Hay empresas que cobran mil novecientos pesos por irradiar toda tu casa con luz ultravioleta, pero ni caso tiene; es dinero tirado a la basura, porque esos bichos son tan pequeños que, aunque de día los mates a todos, en la noche se meten de nuevo, por las coladeras, los enchufes, por debajo de la puerta, por el aire, ¡por todos lados! —exclamó Carlos.
—¿Sabían que el gobierno quiere implementar un operativo de evacuación? Ahora será obligatorio que también por las noches todos estén afuera; en las calles, patios o en lugares públicos y con el mono puesto. Salvo excepciones, claro, como los que cuenten con lámparas especiales de luz ultravioleta o los que estén en un recinto calificado como seguro y hermético, según las normas de la OMS —anunció Sara—. Yo ni loca voy a dormir afuera con el mono. Me voy a morir de calor.
—Así duermo yo y no te lo recomiendo. Hace meses que se descompuso el aire acondicionado y ya no tiene reparación —se lamentó Julia saboreando el primer taco que le sirvió Carlos. Yo tampoco tengo reparación, quizá debería salir de circulación. No es que quiera morirme, solo desaparecer hasta que esto termine. No puedo sanar si la oscuridad llega cada noche.
—Yo creo que quieren imponer eso apoyándose en lo que se sabe desde el inicio: siempre hay más bichos dentro de la casa que afuera; ¡pero es imposible forzar a la gente! ¿Cómo van a saber quiénes sí durmieron en su casa?, y legalmente no podrían entrar a sacarte, a menos que presenten una orden —dijo Sara mientras descubría que las cervezas de la hielera se habían terminado—. ¿Abrimos una botellita de vino?
—Dámela, yo la destapo. —Carlos siguió hablando mientras giraba el sacacorchos—. ¿Vieron el reporte de la mañana? Informaron que cada día hay más gente inmune. Por ahora es solo un cinco por ciento, pero aún a ellos les recomiendan dormir afuera con el mono puesto.
—¡Absurdo! —exclamó Julia—. ¿Cómo se hicieron inmunes?
—Dicen que estos minúsculos patógenos siempre han existido, que son una especie de ácaros. Lo que en verdad ocurre es que nuestro sistema inmunológico ha enloquecido, pero todavía no dicen oficialmente por qué. —En cuanto Carlos notó que el interés de Julia se incrementaba, continuó—: En otro video que me pasaron, un científico alemán tiene la teoría de que es a causa del 5 G; esas ondas estimulan el sistema nervioso y la comezón es una forma exagerada con la que nuestro cuerpo reacciona a los bichos que ya convivían con nosotros antes de todo esto.
—¿Y entonces cuál es la solución? —preguntó Julia.
—La única solución es controlar nuestro sistema inmunológico. Se supone que tarde o temprano todos nos vamos a adaptar de nuevo a estos bichos y ya no van a provocar comezón. Entrevistaron a los que ya son inmunes y casi todos dijeron que es una cuestión de estar positivos, tranquilos y relajados. Es decir, hay que bajarle tres rayitas a nuestro estrés; solo así podremos vivir con ellos sin que nos den comezón y olvidarnos de que existen. Hace rato busqué en internet y hay un gran número de meditaciones para lograrlo. —Carlos terminó de servir el vino y repartió las copas—. Tener que vivir afuera ha sido agotador para todos. ¡Salud, y que esto termine pronto!
Para Julia la información sobre la inmunidad que acababa de escuchar fue como una iluminación. Si logro permanecer en un estado de paz, puedo formar parte de esos cinco por ciento. Cayó en la cuenta de que había invertido mucho tiempo y energía en arreglar todo “afuera” cuando la solución estaba en arreglar las cosas “dentro”. Le dio prisa por irse, pero decidió quedarse un rato más. Van a decir que solo vine a comer y falta el postre.
Julia disfrutó la cátedra de vinos de Carlos y las recetas de galletas de Sara. Estuvieron un rato en la alberca, aunque Julia con la mano herida fuera del agua; para que no se me infecte. Afortunadamente alcanzaba a sumergir la cabeza. Competía con Sara contando los segundos que tardaba cada una en salir a la superficie. Mientras contaba bajo el agua, se dio cuenta de que, si era capaz de controlar la respiración, también podría ser capaz de controlar su sistema inmunológico. Contar ayuda a relajarme.
En general la situación de estar todos relegados afuera, había obligado a la gente a relacionarse más, sobre todo entre los vecinos que antes ni siquiera se conocían, pero Julia era la excepción. Ansiaba estar sola, no podía tolerar por mucho tiempo el acercamiento social. De nuevo el sol había hecho de las suyas y a Julia ya le ardían los hombros. Creo que ya fue suficiente.
—Gracias por todo, me despido porque pasaré a comprar agua —se justificó para salir cuanto antes.
Julia no fue por agua. Regresó a su patio trasero muy determinada a hacer una práctica de meditación suficiente para volverse inmune.
—Mi meta en un futuro cercano es poder dormir dentro de mi casa, sin usar el mono. —Esa tarde dedicó un par de horas a instruirse sobre técnicas de meditación que encontró en la red. Miró algunos videos sobre la forma en la que impactan las emociones al sistema inmunológico. Finalmente, sentía que se abría una puerta de esperanza en medio del torbellino.
Julia dedicó los días siguientes a practicar sus técnicas de relajación. Dejó el café. Encendía varillas de incienso de copal, se untaba esencia de lavanda en las sienes y contaba diecisiete respiraciones profundas como preparación para meditar. Al ponerse en conexión con la madre Tierra y con su Yo superior, había momentos en que alcanzaba un estado de tranquilidad placentero. Ahora entiendo por qué me tocó estar aquí. Esto de los bichos que parece tan oscuro, ha sido la situación ideal para que yo descubra mi luz.
Julia aprovechaba los atardeceres para entrar en una relajación aún más profunda. Cuatro días después de practicar; en una ocasión, sonriendo sin sonreír, se levantó del colchón y vistiendo solo su bikini de cuadritos rojos, entró en su casa. Descalza, al pisar la fresca cerámica sintió una delgada capa de polvo. Tantos días sin barrer.
Se habituó a entrar sin el mono puesto por periodos cada vez más largos. En ocasiones en la cocina, con lentos movimientos encendía la hornilla para calentar agua y cocer una pasta, que luego comía en el comedor. En silencio y en paz.
Los asombrosos resultados de la meditación le hicieron recuperar la confianza que había perdido desde el divorcio. Ya no extraño a Mauricio.
Una tarde sentada en su sillón con las piernas cruzadas en posición de Buda tibetano decidió volver a leer. Tomó en su regazo el libro inconcluso. Lo olió pasando las hojas frente a su cara y su mente la transportó a su librería favorita; donde conoció a Mauricio. ¡Qué tiempos aquellos! Pero ya puedo dejar el pasado atrás. Te perdono y me perdono. Fue a la página dieciocho donde el separador amarillo decía: “¡Soy inocente! No merezco estar encerrado”. Julia sonrió.
—Yo también soy inocente, y no merezco quedarme afuera. —Suspiró satisfecha mirando a través de la ventana el cielo enrojecido. Como cada día, había llegado la hora. Se activó la alarma vecinal advirtiendo la despedida del sol. Desde su estado de equilibrio como espectadora de una función teatral, miró lo que sucedía afuera. Todos apurados poniéndose los monos, preparándose para otra noche apocalíptica. Mientras ellos sufren, yo leo un rato.
Su colchón ya estaba sobre su cama y llevaba dos días durmiendo dentro. Había mantenido en secreto su inmunidad. Me siento agradecida de poder dormir sin el mono, sentir las sábanas bajo mi piel y el aire del ventilador sobre mi cara. Ahora todo tiene más sentido. Julia disfrutaba de los detalles cotidianos que antes pasaban desapercibidos. Todo era una meditación. Cocinar, regar las plantas, limpiar.
Cuando escuchaba gritos a lo lejos, recitaba sus decretos—: No me sacarán de mi centro. Estoy bien. Estoy en paz. La oscuridad no puede dañarme porque mi luz interior me mantiene a salvo. La solución está dentro de mí. Yo tengo el control.
En los pasados días había rechazado las invitaciones de Sara. Se sintió culpable. Creo que soy egoísta al no compartirle mi logro. Decidió llamarla:
—¿Vamos mañana tempranito un rato a andar en bici al malecón? Te veo aquí a las siete —dijo Julia, feliz de poder recibir a su amiga en su casa, con el patio totalmente limpio y despejado; solo dejó un par de sillas y una mesita adornada con una alegre maceta. Le mostraré mi piel sana y sin ardor. Ahora sí tengo algo bueno qué presumir.
Por la mañana, luego de tocar el timbre sin respuesta; Sara, con ayuda de los vecinos logró abrir la puerta del pasillo forzando la cerradura.
En el patio trasero, el cuerpo inerte de Julia parecía flotar sobre un charco de sangre. Sara se quedó inmóvil mirando con horror el cuerpo desollado de su amiga. Se llevó las manos al rostro y se dio media vuelta. Se limpió las lágrimas con el cuello de su playera para luego enfocarse en la pared amarilla salpicada de guano. Tropo

Lil Fernández Osorio (Cd. de México, 1970). Licenciada en Psicología. Tiene una maestría en Administración de Negocios. Publicó el libro El laberinto, la cebolla y el hámster (2012). Mientras prepara su siguiente novela, se dedica a la creación de contenido como redactora creativa, bloguera y diseñadora instruccional para diferentes empresas. lilfernandezosorio@gmail.com