Aborto, una decisión sobre el propio cuerpo

Por Vanesa González-Rizzo Krasniansky

Fotografía: Paula Rego. Tríptico del aborto (1998)

Hablar del aborto genera polémicas profundas. Parecería que al pronunciar la palabra, inmediatamente algo en nosotrxs se incomoda. Como puede abordarse desde diferentes aristas y ángulos, es fácil caer en la trampa del silencio para no meternos en problemas. La propuesta del siguiente texto es otra. Pretende abordar el tema del aborto con la finalidad de ir esclareciendo algunos de los cruces desde donde se pueden ir generando argumentos que nos hagan cuestionar nuestros preceptos establecidos. Y la premisa que lo sustenta es la siguiente: el aborto voluntario, ese que sucede gracias a las decisiones tomadas sobre el cuerpo.

Desde hace años el tema del aborto me ha convocado y, sobre todo, interrogado: ¿por qué siempre provoca tal nivel de divisiones sociales? No puedo dejar de remitirme a la historia y, sobre todo, pensar el aborto como un acto político. Mi propuesta es hablar del aborto voluntario, ese que sucede gracias a las decisiones tomadas sobre el cuerpo. Excluyo el aborto involuntario y de otros tipos porque desviarían nuestra discusión sobre algo que me parece central: decidir, y aún hay más, decidir en el cuerpo y fundamentalmente en el cuerpo de mujeres. El acto de las decisiones personales y las responsabilidades propias ha sido pensado a lo largo de los siglos y se intersecta con la noción de libertad. Desde allí podemos abrir el problema también a lugares que harían de este texto una reflexión mucho más extensa, y con otros acentos.
Regresemos al cuerpo, al cuerpo de las mujeres, ese que se ha transformado en un campo de batalla, un campo surcado por mandatos, estigmas, discriminaciones e incluso por marcas reales, violentas, que nos llevan a perder la vida. Nosotras, que todavía hoy somos colocadas en el lugar de objetos más que de sujetos deseantes. Mujeres a las que se nos impone cierta condición, cierto lugar y a las que se nos menosprecia pensando que son otros los que saben sobre nosotras.
Cantidad de autores y autoras han realizado recorridos históricos sobre la vida de las mujeres y los cuerpos. Uno de los más atinados desde mi perspectiva es Michel Foucault. En su Historia de la sexualidad, el célebre filósofo francés hace un recorrido sobre cómo los cuerpos son productos sociales y culturales atravesados por prácticas de regulación y dominación. Foucault, en los distintos abordajes en sus obras, nos muestra las técnicas de control a lo largo de la historia. Pone énfasis en el poder, ejercido por diversos discursos, el de la “hipócrita burguesía”, el poder eclesiástico, el científico, académico, etc. Quiero insistir en el mecanismo que se sostiene a través del discurso, que no solo se erige como principal referente de regulación, sino que se consolida como un argumento de uso normativo para forjar el dispositivo de sexualidad que nos influye. Con esas coordenadas nos podemos acercar al discurso sobre el cuerpo de las mujeres y particularmente sobre el aborto.

El espacio familiar
y el discurso del poder

Antes de ello recordemos otro texto del filósofo francés que no tiene desperdicio: Los anormales. En el recorrido realizado enuncia los dispositivos para la organización disciplinaria que buscan calificar y corregir desde técnicas que no son represivas sino que tienen el objetivo de incluir en lo normativo a las personas. En este texto el autor distingue tres figuras “anormales”, a) el monstruo humano, b) el individuo a corregir y c) el niño masturbador. Me gustaría usar esta tercera figura, la del niño masturbador, para trasladarla a los cuerpos de mujeres.
En el siglo XVIII, con el surgimiento del Estado moderno, nos dice Foucault, comienza la “cruzada” contra la masturbación. Comenta que es en la familia, en el interior de ella y particularmente en la cama donde hay que poner la atención. En este lugar privado viviremos el drama de lo que será público. La enfermedad se centrará en los cuerpos de las y los niños, y particularmente en sus prácticas masturbatorias. Encontraremos las causas de las enfermedades en una etiología sexual, que llevará a desplegar técnicas de corrección y control, instaladas desde un imaginario social vinculado a las ideas hegemónicas de la época, con amplia influencia del cristianismo.
En la reestructuración del espacio familiar, Foucault sitúa un argumento potente: la familia se reestructura nuclearmente y se cierra alrededor del cuerpo y de la sexualidad de los niños, pero al mismo tiempo, al asumir la patologización de la sexualidad infantil, abre las puertas del espacio familiar a las técnicas de poder del discurso médico. Esto sin duda tiene consecuencias de largo alcance: “un engranaje médico familiar organiza un campo a la vez ético y patológico, en que las conductas sexuales se dan como objeto de control, coerción, examen, juicio, intervención. En resumen, la instancia de la familia medicalizada funciona como principio de normalización.”
Junto con ello encontramos los esfuerzos por silenciar la sexualidad, es decir con encerrarla; se buscará colocarla en el lugar de la familia conyugal con fines reproductivos: este es el modelo que intenta imponerse como norma y el que detenta “la verdad”. Se hace un pasaje a la incorporación de la moral, es decir, son mecanismos que hacen actuar a la moral, para transmitir modos de culpa, en el que los niños (en el tema de aborto las mujeres) serán los protagonistas de una dramaturgia que busca instalarse en la sociedad.
¿Qué pasaría si en vez de poner a las y los niños como protagonistas ponemos a las mujeres? ¿No hemos sido acaso nosotras colocadas durante siglos como infantes? La reproducción ha sido también una de las armas políticas; su control y regulación ha estado desde siempre dentro de las preocupaciones humanas. Quizá rápidamente pensemos en el control demográfico, pero vayamos otra vez a lugares más íntimos, como a los que nos lleva el filósofo francés. Regresemos a las familias y sus decisiones sobre tener hijos para ayudar en el trabajo, para producir riquezas, pensemos en el lugar de la división sexual, en el que hasta el día de hoy existe en el imaginario cultural de muchas sociedades la preferencia por un hijo en vez de una hija. Pensemos en los hombres que tienen mejor alimentación, estudios y herramientas para continuar con una vida digna, pues serán los conductores, jefes de nuevas familias y del aparato productivo capitalista. Esto que para algunxs podría resultar ridículo, todavía se juega al interior de muchas familias. Pensemos en las mujeres “que no tienen que estudiar ni aprender oficio pues se casarán; entonces habrá un hombre que logrará salvarlas”.
Nos faltaría mucho por caminar para insistir sobre el lugar en el que los cuerpos gestantes somos colocados. En esta característica tan occidental de pensar en binomios contrapuestos, nos falta mencionar a la madre inmaculada, buena, lista para criar. El deseo de maternidad impuesto como universal en todas las mujeres, para lograr tener ese lugar de reconocimiento social en el que “realmente” somos mujeres. O la virgen, esa figura en la que podremos refugiarnos y salvarnos de nuestros males. Pero también están las otras, esas que son malas y en las que recaerá todo el peso de la moral y el estigma social. Las mujeres que son “fáciles”, promiscuas, esas que disfrutan de la sexualidad, incluso las que cobran por ello. Para ellas solo habrá marginación. Porque nos descolocan y provocan grietas en el discurso hegemónico. Inclusive están las mujeres que aman a otras mujeres que, según pensamientos conservadores, son lo menos “natural” de nuestra existencia, pues de entrada se niegan al mandato biológico heteronormado. Las fórmulas en las que estamos colocadas las mujeres son variadas y cada cultura tiene las suyas.
El cuerpo es un territorio en el que se ejerce poder. El control sobre nuestros cuerpos está presente todo el tiempo, tanto que tenemos que dejar de reflexionar sobre ello para poder vivir, si no estaríamos paralizadxs, sin habla.

Nuestro cuerpo
es nuestro territorio

Quiero proponer otro giro para hablar de aborto, uno que deje de lado las dicotomías y piense en los derechos e insista en la vida de las mujeres como factor central del análisis. Sí, hay que ir a lo íntimo, pues es en este lugar en el que nos conformamos subjetivamente. Nuestro cuerpo es nuestro territorio.
Planteo salir del lugar que juzga si el aborto está bien o mal, porque nos entrampa en la metafísica. Cada quién tendrá sus creencias, las ideas con las que se sostiene en este mundo y cada persona tiene una historia, un contexto y una realidad diversa a la de otrxs. Es por ello que imponer la propia o pensar que la de uno/a es mejor o tiene mayor razón, nos resulta adverso para el pensamiento. Tampoco quisiera caer en otra trampa: la de la argumentación a partir de la noción de vida. Esa argumentación se cae sola, e incluso resulta peligrosa porque inmediatamente lleva el tema a juicios morales y a intentos de buscar culpables. Si nos ponemos radicales, podemos argumentar que en cada célula hay vida y si lo llevamos al absurdo pensar que en cada eyaculación hay millones de vidas, que en ciertas condiciones serían posibles. No voy a acusar a los hombres masturbadores de asesinos, ¿ven? Hasta da risa.
Quiero ir hacia el terreno de los derechos y de la justicia social. Allí nos encontramos con que el aborto (al menos en treinta, de los treinta y dos estados de nuestro país) también provoca discusiones. Como sabemos, el aborto es legal en todo México si el embarazo es producto de una violación. Aquí parece que incluso los antiderechos dan una concesión. Si la mujer es violada, entonces sí creemos que es posible para ella realizar un aborto en las primeras doce semanas. La mujer podrá elegir si fue víctima de la violencia machista, solo si su cuerpo recibe la degradación de una violación. Sin embargo, si el aborto es voluntario, si es la mujer la que en la intimidad toma la decisión de abortar, tenemos dificultades. ¿Qué será lo que resulta tan difícil? ¿El hecho de que sea la mujer la que tome la decisión y entonces se coloque como agente de su vida? Después del recorrido que hicimos esta última pregunta quizá encierra la respuesta.
¿Qué resulta tan complicado para el aborto? Desde mi perspectiva lo complicado se sitúa a nivel del discurso social, la falta de información, la dificultad para nombrar el tema, para hacer de la palabra aborto una que no resulte repleta de estigmas, sino que nos permita dialogar e intercambiar experiencias. Sacar al aborto del imaginario social que lo ubica en lugares oscuros, insalubres, repletos de daño y muerte. Colocar al aborto como una práctica, como la que es, con pocos riesgos para la salud de las mujeres si se realiza en condiciones cuidadas. Sin embargo, las dificultades pasan por las improntas sociales, las marcas que culpabilizan a las mujeres y deterioran su vida emocional. Esas que inmediatamente juzgan, justamente por la educación y por el lugar del que un poco hemos hablado, en el que somos colocadas y muchas veces encerradas. A las mujeres se nos ha retirado la palabra o ¿será que no se logran escuchar las enunciaciones, ni siquiera los gritos que resuenan?
Sobre el ejercicio de derechos, también podemos hacer recorridos históricos para notar cuán difícil ha sido para las mujeres ejercerlos. Primero ser reconocidas dentro de los marcos legales y luego tener las condiciones para vivirlos. Que existan leyes no ha significado necesariamente que las mujeres podamos tener acceso a ellas. Por supuesto que se reconoce la importancia de que los marcos legales den cuenta de nuestras necesidades. Eso es indiscutible. Sin embargo, ¿quiénes nos dan acceso? ¿Por qué a niñas de 14 años no se les brinda métodos anticonceptivos cuando van a solicitarlos, sin antes juzgar su deseo? ¿Por qué hay niñas violadas de 12 años a las que no se les realizan abortos en hospitales, y se alargan los trámites para que pasen los 90 días permitidos? Ustedes saquen sus conclusiones, seguramente saben ya cuál es la mía.
No dejemos de mencionar que las mujeres siempre hemos abortado. Nada detiene a una mujer que no quiere gestar. Sin embargo, el acceso a condiciones dignas, sí que resulta significativamente diferente. Quienes tienen los medios podrán viajar a la Ciudad de México o a Oaxaca para hacerlo en clínicas especializadas, con personal capacitado. Sin embargo, esta no es la realidad de la mayoría. Es aquí donde el aborto se transforma en un tema de justicia social. Las mujeres con menos recursos son las que están más expuestas a situaciones complicadas en relación con el aborto, son las que terminan perseguidas y encarceladas.
Estas ideas me llevan a pensar en la importancia y en la transformación que ha significado para las mujeres el aborto con medicamentos. Me resulta fundamental el impacto que ha introducido este método en nuestras vidas. Al existir la posibilidad de realizar un aborto en casa, acompañada y con la información científica sobre cómo tomar las dosis, qué hay que cuidar y qué se espera que suceda, las mujeres tenemos plena autonomía sobre el cuerpo. Estos abortos siguen siendo ilegales (en 30 de los 32 estados de México), sin embargo no son inseguros. Lo que resulta espantoso es la criminalización social que nuevamente se posa sobre un acto íntimo que permite elegir con libertad. Mucha responsabilidad sobre esta criminalización, la tienen los grupos anti derechos, que lanzan noticias falsas, culpan y señalan desde su moral. Otro tanto de la responsabilidad, la tienen los gobiernos, pues no han realizado políticas públicas encaminadas a informar a la población sobre qué es un aborto, cuáles son las cuatro causales legales con las que contamos las mujeres en el estado para realizarlo, qué es la NOM 046, por ejemplo. Ni siquiera se animan a generar programas efectivos sobre educación integral de la sexualidad, imaginen si no hay silencio o desinformación sobre el aborto entre nuestra sociedad y nuestrxs servidorxs públicos.

En Quintana Roo podría despenalizarse
el aborto antes de las 12 semanas

En Quintana Roo hay una iniciativa que está por discutirse en el Congreso para despenalizar el aborto antes de las 12 semanas. El 5 de septiembre de este año, se reanudaron los trabajos legislativos con dos excelentes noticias para las mujeres quintanarroenses: se aprobó la ley de violencia política de género y la ley de violencia digital. Las y los legisladores al hacerlo pensaron en el beneficio de las mujeres. Lo hicieron como debería suceder siempre, anteponiendo necesidades de la población sobre creencias personales. ¿Podrán hacer lo mismo con la interrupción legal del embarazo? O allí serán nuevamente sujetados por sus propios juicios morales, por su educación y por lo que a ellas y a ellos les convoca en su vida privada. ¿Lograrán pensar también en las mujeres de Quintana Roo en esta ocasión? Serán capaces de articular algo tan sencillo como el permitir mayores libertades, no para que todas las mujeres las pongan en práctica, sino para que las que así lo decidan, por las razones que fueren, logren ejercer este derecho. Las feministas decimos que si existe una ley que permite el aborto eso no significa que se obligue a ninguna a abortar, pero sí abre el camino para ser escuchadas y para quienes lo deseen, necesiten o decidan puedan llevarlo a cabo. Legislemos a favor de las mujeres; no dejemos que algunas mexicanas tengan mayores derechos que otras.
Prohibir el aborto nunca ha dado buenos resultados. Por esa oscuridad en la que lo hemos mantenido, tenemos tantas dificultades con el tema. Hablemos de aborto, es tiempo de que nuestra voz ilumine nuevas historias y provoque nuevas realidades. Tropo

VANESA GONZÁLEZ-RIZZO KRASNIANSKY. Psicoanalista con experiencia clínica en el tratamiento de bebés, niños, adolescentes y adultos. Fundadora en 2005 del Espacio de Desarrollo Infantil e Intervención Temprana (EDIIT) en la Ciudad de México. Miembro de la Asociación Mexicana para el Estudio del Retardo y la Psicosis Infantil (AMERPI). Ha sido docente en el Círculo Psicoanalítico Mexicano, la Universidad La Salle Cancún, y la Universidad Marista de Mérida, entre otras instituciones. Vanesa es feminista, activista social, participante y fundadora en diversas organizaciones de la sociedad civil como el Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir, Balance AC, Decidir Coalición de jóvenes por la ciudadanía sexual. Actualmente es la representante en Quintana Roo de Equidad de Género, Ciudadanía, Trabajo y Familia y de la Red por los Derechos Sexuales y Reproductivos en México (Ddeser QRoo). Es presidenta de Derechos, Autonomías y Sexualidades (DAS Cancún). vanegori@gmail.com