Entrevista Juvenal Acosta: Eu me dio lo que no me dio México

Por Mariel Turrent

Doctor de filosofía en literatura hispanoamericana y profesor de literatura inglesa en el California College of the Arts en Oakland, Juvenal Acosta es el autor de la trilogía negra El cazador de tatuajes, Terciopelo violento y La hora ciega, “especie de saga maldita dominada por una estética oscura”, y de Tenebroso (2016), novela violenta donde retrata a un personaje excéntrico, anacrónico y cruel. Por estas obras, y por su lejanía del medio literario nacional, el escritor nacido en Ciudad de México (1961) ha merecido una fama de escritor de culto con cierto aire de malditismo. Al matizar el impacto de esta etiqueta que lo ha marginado del gran público, Acosta define en la siguiente entrevista el gran tema de Tenebroso, la inmortalidad, como la poesía imposible de la vida, “esa manera triste con la que tratamos de encontrar formas modestas de perdurar” (el amor, el ejercicio del arte o el de la amistad), “nuestra pequeña ración de dicha, nuestro pedazo de eternidad”.

Con una voz grave, cadenciosa, solemne —como si leyera poemas de amor en el cementerio—, Juvenal Acosta sabe que es un seductor que envuelve con sus frases y sus pensamientos. Hombre cortés, de modales sumamente amables, el escritor radicado en Estados Unidos ha accedido gustoso a mantener esta charla vía remota donde habla de sus personajes, de los temas que le preocupan, y de esas ideas y provocaciones que nutren su obra, un contenido inquietante que se mantiene vivo en la mente mucho tiempo después de su lectura.

—Cuéntame, Juvenal, ¿tus lectores se enamoran del escritor o de sus personajes?
—Hay un tipo de novela que se lee como un acto de seducción. Creo que desde que escribí mi primera novela traté de redactar cada página consciente de que, eventualmente, del otro lado estaría la mirada de una persona que iba a percibir esa energía, ese proceso de conocimiento mutuo. En la seducción hay un acto de rendición o doblegamiento de la voluntad que implica aceptación; si esto sucede, en parte es porque el lector proyecta su propia voluntad de participar en ese juego peligroso, su voluntad de perderse en las páginas y en las vidas de aquellos que las habitan.
—A ti, ¿quién te ha seducido?
—Marguerite Duras, Juan García Ponce y Milan Kundera, en su momento, tuvieron ese efecto en mí. Ahora son otros los que me seducen. Y supongo que mis novelas han tenido un efecto similar en algunos de mis lectores, que incluso me han buscado. Hay quien se siente cautivado por la intimidad oscura y filosa de mis libros, quienes se identifican con algunos de mis personajes, con la más poderosa, La Condesa, otros con Julián o con el conde Tenebroso. Supongo que esa identificación es posible porque hay una parte de su ser que no sabían que existía hasta que la descubrieron en la piel de alguno de estos personajes.
—¿Una especie de enamoramiento?
—Un crush, una infatuación. Y este crush es muy interesante, porque resulta de esa intimidad inesperada y de la aceptación de la transgresión. Te aseguro que yo no escribo para enamorar a nadie, pero cuando un libro sale de tus manos pierdes el control. Tú, que eres escritora, entiendes esto. No hay novelista que sepa la manera exacta en que sus libros van a ser leídos.
—¿Cuál es tu relación con los tatuajes? Los mencionas en todas tus obras. Yo no había reflexionado sobre ellos hasta que leí El cazador de tatuajes.
—En 1997, cuando comencé a escribir este libro, el tatuaje comenzaba a tener una presencia muy fuerte en esta región de California donde vivo: Oakland, Berkeley, San Francisco. Mi interés fue inmediato: lo entendí como una manera de reclamar la piel y el cuerpo, como una excusa para utilizar la piel como un lienzo; una forma artística de autodefinirse. Lamenté mucho la popularidad desmedida que se desató en el nuevo siglo. Ahora lo veo como una expresión vacía, con frecuencia vulgar.
—Es que hay varios tipos de tatuajes ¿no?
—¡Claro! Está el tatuaje carcelario de los malevos, del delincuente, del criminal; está el tatuaje del soldado o del marino. El que yo empecé a ver en San Francisco aludía a la expresividad artística y eso me sedujo mucho. Me fijaba más en las mujeres que se hacían tatuajes muy elaborados. Por ejemplo, el de la fotografía de mi portada del libro en inglés que es el mismo de la edición mexicana publicada por Joaquín Mortiz en el 2004. (Juvenal se levanta y me muestra —al otro lado de la pantalla— la fotografía original de su portada, la espalda perfecta de una mujer joven de cabello largo oscuro, adornada por un tatuaje delicado, artístico, hermoso. Luego continúa): Unos años después el tatuaje se masificó, se vulgarizó y perdió su calidad poética.
—¿Te consideras un escritor de culto? ¿Eres un poeta maldito?
—Esa etiqueta me la pusieron en México hace mucho tiempo y después ya no me la pude quitar. Mi editor me ha dicho que mis libros gustan a un público muy específico, pero no se venden mucho porque ya la gente me encasilló como un escritor de culto y eso lleva implícito que sólo son para una comunidad de lectores afines. Como si el libro hubiese sido escrito con un mensaje que el gran público no entiende. Muchos piensan, yo me incluyo, que los libros de culto son a veces demasiado pretenciosos, intelectuales, oscuros. Sin embargo, me gusta asumir esa identidad misteriosa. Hace poco, en una entrevista en la estación de radio de la Universidad Michoacana, la primera pregunta fue: “Hablemos un poco del misterio de Juvenal Acosta”. Eso para mí tiene su encanto, pero creo que esa aura de misterio también tiene que ver con el hecho de que no vivo en México y que mi presencia física no es tan frecuente como la de mis contemporáneos.
—Y lo de poeta maldito ¿de dónde viene?
—Quizá porque mis libros están afiliados a una tradición gótica y en ellos hablo de la muerte, de vampiros, de personajes oscuros que viven vidas nocturnas; esto contribuye a crear ese perfil de poeta maldito. Mi trilogía negra es eso, una especie de saga maldita dominada por la estética oscura que permea cada una de sus páginas.  Acepto el adjetivo “maldito”, pero yo no me considero poeta.

El mundo de los poetas mexicanos es
mezquino y lleno de celos profesionales

—Yo sí te considero un poeta. A mí no me gustan los libros oscuros, pero los tuyos me encantan. A pesar de que habrá un público que quede atrapado con la historia (que es muy interesante), hay también otras personas, como yo, que disfrutan de los cuestionamientos, de las ideas filosóficas, del arte y la poesía. Sobre todo, la poesía de tu lenguaje y las imágenes.
—Esa era mi intención desde chico, cuando le recitaba a mi abuela materna En paz de Amado Nervo, que le gustaba mucho. (Y recita el autor como un vate, de memoria. Perdiendo la mirada en el recuerdo tal vez regresando el tiempo): “Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida…”.
— En el 84 ganaste el premio estatal de poesía en Michoacán con Diciendo unas palabras negras.
—Sí, fue justamente mi época de poeta callejero. Vivía en Morelia, explotando la generosidad de mis amigos, tomando demasiado café, bebiendo charanda y ron y escribiendo poemas muy malos.
—Y ¿cómo decides acercarte a la novela?
—A los 35 años, cuando escribí El cazador de tatuajes descubrí que en la novela podía explorar todos los géneros: narración, poesía, ensayo. La novela, que por naturaleza es inclusiva y flexible, me dio esa libertad y fue motivo de gran alegría entender que no tenía que elegir solamente un género porque en la novela podía hacerlo todo. Si era un regular poeta, en la novela podía disfrazar mis carencias, de forma que no se notara. La poesía dejó de ser un fin, se convirtió en un recurso más para contar la historia que me quemaba. Creo que en aquellos años mis colegas, los poetas mexicanos, siempre me vieron con displicencia. Publicar mi primera novela fue como un exorcismo. Pude sacarme a los poetas de encima. Me di cuenta de que la comunidad de los novelistas es mucho más generosa y abierta. Los narradores, por lo general, se alegran de que a sus colegas les vaya bien, que tengan éxito, que vendan muchos libros. Los poetas te destrozan, te tienden trampas, buscan destruirte. Por eso Tenebroso es un libro donde hago un ajuste de cuentas con el mundo de los poetas mexicanos, un mundo mezquino lleno de celos profesionales.
—¿Cuál es el tema detrás de la anécdota en Tenebroso?
—La inmortalidad
—¿Qué es para ti la inmortalidad?
—La poesía imposible de la vida, esa manera triste con la que los humanos tratamos de encontrar formas de perdurar, de dejar huella a través de las cosas que hacemos y soñamos, del amor que le tenemos a nuestros hijos, a nuestros esposos y esposas, a través del ejercicio del arte o el de la amistad. Esas son formas modestas de buscar la inmortalidad y de demostrar que nuestro paso en la tierra no es efímero. Evidentemente, es una batalla perdida de antemano que los humanos libramos todos los días sabiendo que la vamos a perder, sin embargo, la llevamos a cabo; es la búsqueda de nuestra pequeña ración de dicha, de nuestro pedazo de eternidad, de éxtasis. Por esta razón lo mejor de la vida está en las cosas simples de todos los días: bailar con la persona que quieres, disfrutar de la naturaleza, comer con amigos, jugar con tu hijo.
—¿Y la literatura?
—La verdad, no lo sé. Yo no pienso en la literatura, pienso en la escritura. La literatura es una institución, la escritura en cambio es algo vital, algo que algunos humanos hacemos para entender, para explicarnos algo, para prolongar un estado de gracia. Para mí la literatura y el arte han sido motivo de interés desde siempre pero también me han dejado grandes amarguras y tristezas. Hay autores que me han hecho mucho daño, hay libros que no debí de haber leído. Hay imágenes terribles que no me he podido sacar de la cabeza y lo peor es que a veces se han filtrado en mis propios libros. Espero no haberle causado un daño irreversible a alguien porque no me lo perdonaría.
—¿Qué libros te hicieron daño?
—No debí haber leído El túnel y Sobre héroes y tumbas antes de los veinte años. Son libros amargos y oscuros, escritos por un hombre amargo y oscuro.
—Si pudieras hacer que uno de tus libros transcendiera en el tiempo ¿cuál sería?
—A mí me gusta mucho Tenebroso, pero te la pongo así: la trilogía negra (El cazador de tatuajes, Terciopelo violento y La hora ciega) son partes complementarias de un solo libro, tres partes de una misma entidad. También está La puerta del Círculo Ártico, cuya salida se retrasó por la pandemia. Estos tres libros son muy diferentes: la trilogía negra es la novela del destierro, de la extranjería, de la curiosidad del apetito; novela amarga, fuerte y violenta. Tenebroso, en cambio, a pesar de ser oscuro y violento, es el libro del reencuentro con México (aunque lo escribí cuando vivía en Argentina), de la búsqueda de esa esencia puramente mexicana que Tenebroso, mi personaje, lleva a cabo. El conde Tenebroso es un inmortal que nace con el México independiente, en 1810, y que durante doscientos años ha visto lo que le ha pasado a México con las guerras, la corrupción, con la relación con mi otro país, Estados Unidos. Tenebroso Acosta de la Cruz es un reaccionario, un monarquista, pero sobre todo es un monstruo excéntrico, anacrónico y cruel, contradictorio.
—A mí me encantó Tenebroso, cuya portada no me atrajo mucho. Pero al leerlo inmediatamente me gustó el humor que manejas.
—En general la literatura mexicana es demasiado solemne y, más allá de Ibargüengoitia, hay muy pocos escritores que se rían de sí mismos, de sus personajes, de su país y que hagan que el lector se ría. Pareciera que la ligereza y el humor son motivo de vergüenza en la literatura mexicana. Algunas de las obras más importantes no se toman tan en serio la vida de sus personajes, como son el Quijote, Huckleberry Finn. Además, en México existe el estigma del autor que “entretiene”, como si escribir algo que es ameno, divertido e incluso ligero fuese un pecado imperdonable; como si escribir un libro que el lector no quiera soltar fuese un defecto. El ejemplo que mencioné a los alumnos de tu taller de escritura es elocuente: Carlos Fuentes no le perdonó nunca a Luis Spota que vendiese veinte veces más ejemplares que él, y la crítica oficial se alió a Fuentes para condenar a Spota como un “mal escritor”. Los celos son cabrones.

El nacionalismo, recurso de políticos
con agendas de poder muy oscuras

—En Tenebroso dices que hay que: “…afianzarse a un orgullo inmortal mexicano y podrían hacer suyas mis convicciones nacionalistas”. ¿Cuál es tu orgullo nacionalista?
—No soy nacionalista; no me siento orgulloso de ser ni mexicano ni norteamericano, menos en tiempos de Donald Trump y López Obrador. El nacionalismo es un recurso lamentable de líderes políticos que tienen agendas de poder muy oscuras. El nacionalismo del S. XX a partir de Hitler, Mussolini y Franco, y ahora con Donald Trump, Erdogan, Bolsonaro y López Obrador no tiene nada que ver con el verdadero amor por la patria. Como en el poema de José Emilio Pacheco Alta traición, uno ama a la patria, pero no como una identidad oficial sino como algo hecho de ciertos lugares, sonidos, sabores, texturas, como el amor profundo que López Velarde expresa en Suave patria.
—¿Eso es para ti el amor a la patria?
—Sí, es el amor a una idea, a los recuerdos de infancia, a los huaraches o las nieves de la plaza de Coyoacán, a los sones huastecos, a las calles empedradas de Oaxaca, al vals Alejandra, un papalote, el agua de horchata y los buñuelos en septiembre; para mí este es el amor que le tengo a la matria; La familia Burrón, los cuadros de Vicente Rojo y Francisco Corzas, El Club del hogar, Chespirito, el Huapango de Moncayo…, todo estos recuerdos son parte de esa cosa inasible que llamamos identidad mexicana, pero también son fragmentos aislados de un mapa personal, un itinerario individual. Que los compartas o no con otra persona, eso es otra cosa.
—Cuando escribes, ¿qué viene primero, la anécdota o el tema que te preocupa?
—Depende del libro. En mi nueva novela, La puerta del Círculo Ártico, mis preguntas tienen mucho que ver con el momento histórico que estamos viviendo. No la pandemia, porque la terminé un año antes, sino la inmigración y el racismo, el calentamiento global, la amenaza del fascismo que empezó a sufrir Estados Unidos a partir de la llegada de Trump al poder y el tema de la violencia en contra de las mujeres en México. También me ocupo de la cuestión del antinatalismo. La idea de que ya somos demasiados seres humanos en el planeta y de que nosotros somos la peste, el factor más destructivo, el que más contamina. Una de las tesis de este libro que terminé en el 2019 es que hay que parar de reproducirnos. Y qué curioso, justo en este momento se viene la pandemia que, de no controlarse, eliminará a muchos seres humanos del planeta.
—¿Te interesaba el tema o la historia te llevó ahí?
—Me interesaba el tema y encontré la historia que me permitió explorarlo. Me gusta la novela de ideas, me gusta que las novelas se preocupen no solo por contar una buena historia, sino por reflexionar sobre una problemática. La de La puerta del Círculo Ártico es la crisis de este momento histórico en la que el planeta ya no da para más, y nos encontramos todos los síntomas del colapso de la sociedad, de la destrucción del mundo: un colapso económico, moral, de credibilidad, de fe en los sistemas conocidos y en las instituciones.
—¿Cómo incorporas el ensayo?, ¿cuál es la mecánica?
—Esto surgió por puro azar. Estaba haciendo el doctorado en California y tomaba un curso de ética donde tuve que escribir un ensayo sobre El diario de un seductor de Kierkegaard. Ahí me di cuenta de que lo que estaba escribiendo en mi novela estaba directamente relacionado con esa lectura; se me ocurrió meter el ensayo en la novela y funcionó muy bien. Creo que el ensayo te ofrece la posibilidad de introducir un espacio de meditación o de reflexión en la historia, y esto posibilita una tensión paralela que apoya a la trama que estás contando. Incorporar un ensayo dentro de un capítulo te permite un nivel distinto de exploración de aquello que quieres descubrir.
—¿Cómo es el mundo literario fuera de México?
—No me gustan mucho los mundos literarios, porque lo que he visto de ellos en México y en Estados Unidos ha sido suficiente para no querer afiliarme a ninguno. Lo que sí me gusta es que a diferencia de América Latina un escritor gringo puede vivir de sus libros o de su actividad profesional como escritor. Desde el punto de vista comercial, Estados Unidos es un mercado poderoso, y por eso los autores pueden vivir de sus ventas. Muy poca gente puede decir eso en Hispanoamérica. Respecto a la presencia de México, creo que en general, no hay interés en la literatura mexicana sino en lo que ciertos autores representan. Los editores y los lectores americanos pueden ser muy frívolos: un día endiosan a García Márquez o a Roberto Bolaño y al siguiente lo olvidan.
—Entonces, ¿quiénes son tus lectores?
—Tengo un público reducido, que me encanta. Está conformado por personas que se identifican con las cosas que tengo que decir y recomiendan mis libros y se los pasan entre ellos. Es un público exclusivo pero selecto y muy entregado a este tipo de literatura.
—Y ¿eso te gusta?
—¡Claro!, pero quiero más, mucho más lectores. Quiero que se hagan películas, series y novelas gráficas de mis novelas, pero eso tal vez sucederá cuando yo me muera. (Se ríe y me hace reír). No estoy bromeando, es muy serio. Estoy esperando a morirme para que mis escritos dejen mucho dinero a mi familia. Mi editorial no ha hecho el esfuerzo para vender los derechos de mis novelas y eso es un problema. Además, la institución del agente literario en México es muy deficiente; yo no tengo agente, pero los que tienen tampoco son vendidos con un gran éxito ni dentro, ni fuera de México. Además, el mercado del libro latinoamericano es muy pobre comparado con el de Estados Unidos y Europa. Yo me siento afortunado de que me publiquen, y que mis libros se vendan…, si la gente los encuentra —aclara—, porque también hay un problema de distribución, y México no es un país de lectores.
—¿Qué te ha dado Estados Unidos?
—Estados Unidos me dio todo lo que no me dio México: una familia, mi hijo, un doctorado, acceso a viajar por todo el mundo, la oportunidad de vivir en Argentina, me hizo novelista, hizo posible una vida inimaginable. El primer sábado que llegué a San Francisco, en abril de 1986, me tomé una copa en el café Vesuvio de North Beach con Lawrrence Ferlinghetti, Ishmael Reed y Andrei Codrescu, gracias a los contactos de un poeta gringo muy buena onda que murió hace poco, John Oliver Simon. Y eso —escúchame, Mariel—, el chavito de Los Pirules, Tlalnepantla, que se bajaba de la pesera o del camión México-Tacuba para irse a tomar un café con leche en el café La Habana con el poeta infrarrealista Mario Santiago, jamás lo hubiera podido hacer en México. Apenas pisé California comenzó un sueño complejo, difícil y mágico. Mis últimos años en mi país fueron caóticos; en Morelia viví dos años de una manera extraña estudiando filosofía, recorriendo la ciudad con poetas y artistas muy talentosos y cultos, pero llevando una vida de poeta pirata. Hasta después del terremoto del 85, a principios del 86, tuve la oportunidad de irme a dar unos talleres de poesía a Berkeley y de salir de esa ciudad que me dolía mucho. El terremoto me sorprendió en la colonia Roma y me afectó muchísimo; sentí la necesidad de irme y no volver por mucho tiempo. La otra razón por la que me fui es que tenía 24 años, quería ser poeta y hacer lo que quisiera. Tropo

Mariel Turrent Eggleton (México, D. F., 1967). Ha publicado los libros “Desde adentro” (aforismos) y “Cajón de muertes y amores” (cuentos), y “La jornada del viento” y “Desnudeces de agua” (poemas). Obtuvo el primer lugar en el segundo Concurso de Cuento Juan Domingo Argüelles (1999). Es autora de la novela Hasta el último vuelo (Malix editores, 2018). Correo-e: marielturrent@gmail.com