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Almudena Grandes: perversa niña eterna

Por Miguel Ángel Meza.

La perversión puede ser profundamente adictiva. Es más, es una de las adicciones más placenteras y peligrosas a la vez. E igual de solitaria que las demás. Cada quien es esclavo de su propia corrupción y hay quienes no pueden controlar sus límites. Porque una vez aceptada la transgresión, el abismo que se abre ante nosotros es —aunque pavoroso— terriblemente atractivo, seductor, fascinante.

            En Las edades de Lulú (Tusquets, La sonrisa vertical, 1989), de Almudena Grandes, la protagonista que da título a este excitante libro conoce sus demonios, pero es incapaz de luchar contra ellos. Erotismo y autodestrucción son, para ella, las caras de una misma moneda: “La raya me tentaba, su proximidad ejercía una atracción casi irresistible sobre mí, la llamada del abismo, precipitarme en el vacío y caer, caer a lo largo de decenas, centenares, millares de metros, caer hasta estrellarme contra el fondo, y no tener que pensar en toda la eternidad”.

            Detenida en los deseos precoces de una infancia que le impide crecer, Lulú es la imagen viva, tierna y patética a la vez, del desvalimiento existencial —marcada de por vida por la necesidad desmesurada de afecto— así como de la dependencia moral y física del amor ciego por Pablo, y del placer exacerbado que éste le proporciona, en un mundo privado construido para ella, en una realidad de tiempo estacionado. Las edades de Lulú es, por ello, y asimismo, una sobrecogedora historia de amor alimentada por el cumplimiento de las fantasías eróticas cada vez más descabelladas y el reconocimiento de que, una vez traspasado el umbral de los deseos peligrosos, dolor y placer se conjugan en una experiencia de subido tono erótico, estrechamente ligada con la muerte.

            Lejos de los infantes crueles y sádicos de Georges Bataille (en Historia del ojo) o de la malicia y cinismo de las nínfulas de Vladimir Nabokov (en Lolita), Lulú, por el contrario, es la definición misma del desamparo y la inercia que flota en la búsqueda del placer por el placer, en la continuidad de un amor que la inserta en el ámbito de los excesos sexuales y en un estilo lúdico de vida en donde la creatividad hace de cada noche una promesa excitante.

            Si bien esta es una novela erótica por excelencia, con descripciones continuas de sexo explícito de alto contenido lúbrico, también es, sin duda, el conmovedor retrato psicológico de una personalidad consciente de su excentricidad asumida como destino. Es, asimismo, un esclarecedor descenso al mundo de los homosexuales del Madrid despiadado en donde la exclusividad de la relación de pareja, hermética y uniforme, del mundo heterosexual, pierde sentido ante la avasalladora promiscuidad —llena de sadismo, crueldad y malicia— de los gays que hacen del placer erótico una vivencia estremecedora y decadente.

            Ante ellos, ante los travestis, bisexuales y heterosexuales que la rodean, frente a la fauna pervertida más diversa, Lulú es, no hay duda, un ingenuo ser purificado por el amor. Perversa niña eterna, Lulú oscila siempre entre dos edades: los quince años, cuando descubre su pasión por un joven amigo de la familia, que la hace mujer y la inicia en los rituales fogosos del erotismo pesado, y los treinta, cuando es imposible detener más el tiempo de los juegos amorosos de la niñez, satisfaciendo la pedofilia de un esposo que ahora busca en otras mujeres-niñas eternizar sus fijaciones sensuales.

            Con un tono evocador, a ratos confesional y siempre desprejuiciado, Las edades de Lulú está narrada en primera persona, desde un presente indefinido —cuando Lulú tiene poco más de treinta años— con regresos a diversos momentos del pasado, nunca lineales, obligando con ello al lector a reconstruir en su mente la confusa cronología de una vida marcada por la impronta del deseo anómalo perpetuamente reciclado, nunca totalmente satisfecho.

El estilo de la narradora es eficazmente fluido. Su lenguaje sencillo, de sintaxis funcional, está sometido al impulso cadencioso y sensual de los hechos que está contando. Esto es particularmente destacable en tres episodios: cuando Lulú descubre su debilidad como voyeur de sodomías a través de la cinta porno que le presta una amiga, y luego como participante activa de esos juegos; cuando se monta el escenario donde se consuma el incesto que la acechó desde niña —una escena de enorme intensidad sensual con tintes sadomasoquistas— y, finalmente, cuando asistimos a la escena en donde Lulú llega al límite de su adicción poniendo en juego incluso su propia vida.            

La española Almudena Grandes (Madrid, 1960) —quien obtuvo con ésta, su primera novela, el XI Premio La sonrisa vertical— ha escrito una excelente obra de candente factura erótica. Una obra que alcanza en varios momentos descripciones notables, insospechadas, reveladoras de un erotismo femenino cuyas apetencias y fantasías pocas veces habían sido tratadas con tanta sensibilidad en el género de la literatura erótica. (Publicado en 1995 en La Crónica de Cancún).