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Teresa Dey: Mujeres transgresoras

Miguel Ángel Meza.

El libro de relatos de Teresa Dey Mujeres transgresoras (Océano, 1997) pudo haberse titulado también Las hijas de Lilith. Este mítico personaje, símbolo bíblico del deseo, la rebeldía y la libertad habita el espíritu transgresor y la actitud insumisa de las demás mujeres protagonistas de las historias que conforman este bello y sugestivo ramillete de diez cuentos.

            Presentado como “un libro de mujeres para mujeres invocado por una mujer”, su resultado estético y literario rebasa con mucho cualquier intención genérica y se entrega como un cuerpo frondoso, de posibilidades lúdicas, que acepta gozoso la caricia de miradas masculinas, dispuestas asimismo a entregarse, sin afán de confrontación o posesión, sin inhibiciones sentimentales, confiadas en los encuentros acaso imposibles.

            Correctamente estructurado —de acuerdo a una íntima progresión histórica, geográfica y lingüística— el libro podría dividirse en dos tipos de relatos: aquellos que despliegan una imaginación lírica colindante con la más pura estirpe fantástica; y aquellos otros que se anclan, sin demérito de la concreción artística, en un realismo reconocible tanto en su ámbito espacial como en su lenguaje.

            Hay dos, sin embargo, que siendo realistas establecen un ángulo de visión subjetivo —son largos monólogos— y aportan el punto de vista de las vencidas: una mujer azteca violada por los españoles, inconforme con la mezcla de razas y transmisora de una admirable dignidad étnica; y una santera mestiza de ojos azules acusada por su enemiga castiza de practicar la brujería y condenada a la hoguera por la Inquisición.

            En los relatos que desbordan fantasía, se encuentran cuatro claramente discernibles: La historia de Lilith, Eleonora y el unicornio, La bolsa de Yong Tai y Apocalíptica. En ellos la disposición metafórica del lenguaje y el afortunado uso de símiles alcanza niveles propios de los poemas en prosa, pero sin perder la hebra discursiva que anuda el entramado de las historias. Estas historias, que se desarrollan en espacios narrativos casi fantásticos, míticos o refractarios a los cambios sociales (el Edén bíblico, un castillo medieval, una granja agrícola en la China revolucionaria) tienen el encanto de las leyendas antiguas que siempre nos han hechizado.

            Las mujeres de estas historias defienden con violencia amorosa su derecho al placer y a la disidencia, aun a costa de violar reglas, mandatos o leyes. Lilith, la rebelde, “la de pubis de fuego”, es capaz de violar el mandato de Dios para hacer valer —en contra de Adán y Eva— su sentido de la justicia y su reafirmación lúbrica; Eleonora, la virgen, jura permanecer fiel a su corcel unicornio (en un relato de insólita sensualidad zoofílica) y prefiere morir por propia mano antes que entregarse al ambicioso mago Miríadas; o la inteligente Yun Li que, contrariando la tradición de sus ancestros, traiciona a su abuela y asume las ventajas del poder de seducción que la sensualidad y la belleza le dan para dominar a los hombres.

            Destacables son sin duda los textos más realistas. Sobrecogedor por su breve intensidad, Carta inédita descubre la confesión de una mujer que por encadenarse al deber vacío de sentido de su familia, y aceptar su papel de esposa-objeto, como propiedad de un hombre que no la comprende, vive los desencuentros cotidianos con su pareja con la sensación innoble de la flaqueza o la molicie, antes de tomar una decisión dramática.

            Irónico en su sensualidad, Insh’allah narra la historia de una esclava que aun en una sociedad casi medieval y represiva como la musulmana encuentra el terreno fértil para florecer su libre elección sexual sin faltar a los deberes de servidumbre.

            Sorprendente por su actualidad, Un error de apreciación presenta el momento culminante de una joven con complejo de Cenicienta que cree que el matrimonio es un estado idílico, un estado que, además, la liberará de la tiranía materna, sólo para descubrir una nueva tiranía —ahora conyugal— en donde se verá utilizada como “bacinica de los placeres de otro”. Este relato, por la exposición clara de preocupaciones comunes a las jóvenes modernas es de una pertinencia notable, pues muestra que los tabúes y el indigno sometimiento a los convencionalismos sociales es aún una realidad no superada en ciertos círculos de la clase media alta.

            Y, finalmente, El hombre ideal, estupendo relato que cuenta la historia de Diana, una profesionista de cuerpo rubenesco, que ante su incapacidad de dominar el arte de conseguir pareja, decide recurrir a una agencia especializada en esos menesteres, únicamente para confirmar, con dolorosa resignación, que el hombre ideal existe… sólo bajo ciertas insólitas condiciones.

            Si bien todos los relatos ensayan técnicas diversas, un dogma formal los unifica: todos obedecen al formato clásico del final sorpresivo. De cualquier forma, El hombre ideal, Un error de apreciación y La bolsa de Yong Tai, son, para mi gusto, los más subyugantes, y podrían ubicarse sin duda entre los mejores cuentos escritos por mujeres de esta generación, preocupadas por ventilar la problemática y la sensibilidad de la mujer en un mundo aún marcado por la impronta masculina.

            Libro que articula sus historias en torno al amor —el más añejo y actual de los temas—, Mujeres transgresoras se inscribe en cierto modo dentro de un realismo pesimista. Su canto a la independencia intelectual, a la autonomía vital, a la insumisión, es un canto solitario. Un canto en donde no hay hombres sensibles, inteligentes ni cultos, sólo machos y posesivos. Los hombres que sugieren estas historias son tontos, insensibles, convencionales, idiotizados por el trabajo y el alcohol o dominados por el hambre de poder.

            Ciertamente disfrutable y provechoso, Mujeres transgresoras está alentado por una ambición temática sumamente sugestiva: la mujer que infringe es una mujer libre, consciente de que su transgresión a las normas impuestas por la cultura masculina le permitirá realizar una nueva y audaz conciencia de ser en el mundo. Una conciencia que tiene un sustento poderoso: la rebeldía inteligente, la reivindicación de una sensualidad propia y la independencia con sentido.