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Milan Kundera: Elogio de la lentitud

Miguel Ángel Meza.

El culto a la velocidad es uno de los males que corroe el espíritu del hombre moderno. Estamos obligados por los actuales mecanismos sociales a imprimir a nuestras vidas ritmos tan acelerados, que si bien nos hemos vuelto muy dinámicos, llenos de fuerza y energía, también nos hemos impedido gozar del sabio placer de la lentitud.

            “La velocidad es la forma del éxtasis que la revolución técnica ha brindado al hombre”, afirma Milán Kundera, pero también —añade— es un estilo de vida que ha marginado otros estilos, tal vez más prometedores. Son estilos que antaño gozaron de cabal popularidad. Por ejemplo, el dulce placer de la ociosidad. Hoy día la ociosidad, incluso en su aspecto más fecundo, está vista como una desocupación que, por tanto, hay que superar con la eficacia. Desde esta perspectiva, “el desocupado está frustrado, se aburre, busca constantemente el movimiento que le hace falta”.

            A partir de reflexiones como las anteriores, surgidas durante un viaje que Milán Kundera (1929) y su esposa realizan hacia un castillo en los alrededores de Francia, el escritor checoslovaco nacionalizado francés ha construido su novela, La lentitud (Tusquets, 1994) y al hacerlo nos ofrece una muestra más de un talento que se regocija en señalar con astuta precisión algunos signos grotescos característicos de nuestra era.

            Dueño de una facilidad pasmosa para moverse a través de distintos planos —reales y ficticios, temporales y espaciales—, todos ellos vertebrados por la idea de la lentitud y su vínculo con el recuerdo, Kundera aprovecha su asistencia a un congreso de entomólogos para entrelazar la historia y análisis de una novela del siglo XVIII y las historias paralelas de varios personajes, comunes, mediocres, representativos del mundo actual.

            De este pretexto se sirve para dramatizar sus reflexiones y ofrecernos un indicio más de las ideas que conforman su aparato crítico, su análisis del mundo contemporáneo, su corrosiva visión de la sociedad moderna. Así, en distintos momentos de la novela, hace surgir los temas que lo desvelan en su tarea como escritor: la velocidad actual y su correspondencia secreta con el olvido; el culto idiotizante a la imagen y su estrecha relación con la hipocresía; el individualismo narcisista y sus vínculos inconfesables con el exhibicionismo; y la desnudez y el vacío, ésta última como enfermedad endémica de nuestro tiempo, tras un equívoco erotismo degradado en ejercicio sexual.

            Siguiendo similar esquema de novelas anteriores —específicamente, La insoportable levedad del sery La inmortalidad, en las cuales conjuga magistralmente la exposición de ideas sobre nuestra condición posmoderna y el humor paródico y tierno de situaciones que ilustran dichas ideas—, Kundera se inclina en La lentitud más hacia el juego y el humor, derivando incluso en lo grotesco.

            El explícito deseo de Kundera de escribir un día una novela “en la que no hubiera una sola palabra seria”, “una Gran Tontería por Puro Gusto”, parecería encontrar en La lentitud su más plena satisfacción. En efecto, campea a lo largo y ancho de esta muy disfrutable novela el tipo de humor propio de una composición ligera y divertida, sin más complicaciones para el autor que las que se tomó para darse el placer de escribirla. Es, así, dentro de la obra kunderiana, un auténtico divertimento.

            No obstante, no se llame nadie a engaño. Si bien la obra es divertida, no por ello es superficial. Aunque arranca de situaciones totalmente gratuitas que nunca se solucionan, el eventual desarrollo de éstas obliga a su autor a reflexionar, como ya se dijo, acerca de la condición posmoderna del hombre contemporáneo. Detrás del tono desenfadado y burlesco, detrás de la aparente sencillez estructural, hay llamadas de atención del autor que no permiten la duda: son auténticos guiños kunderianos que figuran como señales para detectar grados de crítica y profundidad.

            Un ejemplo de lo anterior es la hilarante situación escenificada por dos de sus personajes: Vincent y Julie. Lo que se prevé como un posible romance compensatorio de frustraciones y humillaciones, se convierte en un absurdo encuentro-desencuentro erótico existencial de dos seres que en su aislamiento nunca hallan la fórmula para acercarse plenamente, de modo que puedan hacer de su momento una historia inolvidable. Al contrario, al fracasar en ese intento —por hacerlo veloz, por precipitarlo sin tino—, lo vuelven fugaz y lo único que se les ocurre en el fracaso es mandarlo al olvido. El contraste con la maravillosa lentitud erótica del encuentro entre el caballero y la intrigante y seductora Madam T. en el siglo XVIII, dentro de la novela que recuerda el escritor, es más que evidente.

La misma brevedad del libro es engañosa. Sus 168 páginas y su estilo y tono ligeros parecen prometer una lectura rápida, de expediente fácil. Sin embargo, el mismo Kundera nos previene. Recordemos las dos ecuaciones elementales dentro de la matemática existencial del autor: el grado de lentitud es directamente proporcional a la intensidad de la memoria; el grado de velocidad es directamente proporcional a la intensidad del olvido. Para que el disfrute de este libro vaya más allá de la última página, hay que hacer del corto lapso empleado en su lectura una forma bella, es decir, hacer de ésta una lectura lenta y sustanciosa, la única que permite un libro tan divertido como éste, que además nos incita a pensar. (Publicada en julio de 1995 en La Crónica de Cancún).