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Los amores de Balzac

Derroche de talento y pasión

 

Miguel Ángel Meza

Honorato de Balzac amaba a las mujeres mayores. El fuego lento de las hembras maduras lo encendía mejor que las “llamas jóvenes de las muchachas”. La superioridad de la experiencia vital femenina lo sedujo siempre, sobre todo al principio cuando, casto e inseguro, se sentía un genio incomprendido y necesitaba afirmación maternal y ayuda. De las amantes —sucesivas y simultáneas— del autor de Papa Goriot, sólo una era menor que él. Las demás rondaban o rebasaban los cuarenta años. Con ellas satisfacía el éxito amoroso, una de las tres tentaciones que lo consumieron en vida; las otras dos eran los títulos nobiliarios y la fortuna económica y literaria.

Madame de Berny, la iniciadora en la pasión, la que lo educó para brillar en sociedad, tenía 43 años cuando se enamoró del novelista, de 21. Para él fue el primer amor, para ella el último. Madame de Berny supo vislumbrar en él al genio y le fue leal hasta el final. Para Honorato —tan tosco y ambicioso— fue un amor de formación. La “Dilecta” —como le llamaba el novelista— le dio, por un lado, sabiduría mundana para moverse entre la nobleza, y, por otro, apoyo sentimental y económico para emprender sus otras aventuras, las amorosas y las empresariales, estas últimas condenadas al fracaso. (Las deudas de Balzac —por las quiebras y por su desproporcionado nivel de vida— son legendarias: gastaba mucho más de lo que ganaba con sus novelas, que no era poco).

Luego vendría Laura de Abrantes, duquesa posesiva y autoritaria que apresuró el idilio con esta frase: “soy su amiga para siempre y su amante… cuando lo quiera usted”. Tenía casi la misma edad de Madame de Berny. Él, a sus 25 años, advenedizo en pleno ascenso, no podía ser indiferente a una bella mujer que le ofrecía, además, la destreza del código de la Corte. Dandy que iniciaba su camino de falso aristócrata (había añadido la partícula “de” a su apellido), Balzac amaba el lujo, la belleza y la frivolidad inteligente.

La misma impronta señaló su siguiente amorío, con la marquesa de Castries, descendiente de los Estuardo y lectora insaciable de la obra de Balzac. Cuando decidió escribirle para conocerlo, ella tenía 33 años y él 28. La diferencia era mínima, pero abismal la distancia de clase. El pasado íntimo y escandaloso de la marquesa y el brillo fatuo de su superioridad mundana, deslumbraron a este plebeyo ávido, que, sin embargo, sólo obtuvo de ella “promesas incandescentes”. No se sabe si realmente se consumó la inicial efusividad, pero lo cierto es que la vanidad de Balzac salió lastimada de esta escaramuza amorosa, en la cual la dama exhibió con maliciosa habilidad el arte de “ofrecerse sin entregarse”.

Los otros amores, no por incidentales fueron menos determinantes. Sarah Lowell, guía y colaboradora, hizo célebre el refugio de soltero de Balzac; Carolina Marbouty, se disfrazaba de hombre para entrevistarse con él; Elena de Valette inspiró una de las novelas del escritor; y María du Fresnaye —quien le escribió: “Ámame un año. Y te amaré toda la vida”—, la única menor que él (veintitrés años), la enigmática María de la dedicatoria en Eugenia Grandet, casada desde los diecinueve y madre de la hija del escritor…, todas ellas fueron mujeres que señalaron intermedios amorosos, picantes o tiernos, en la desbocada carrera de Balzac hacia el éxito.

¿Cómo hacía este titán de la novela para atender amoríos e intrigas sociales, para asistir a suntuosos bailes en la Corte y a representaciones teatrales, para evadir a decenas de acreedores y vivir como un dandy, todo al mismo tiempo, mientras escribía la Comedia Humana, uno de los proyectos novelísticos más descomunales de la historia literaria? Es decir, conjugar una existencia dispersa, saturada y derrochadora con un ideal literario tan noble y ambicioso: tan sólo de marzo de 1829 a enero de 1834 Balzac —con una voluntad indomable— escribió treinta y siete novelas, de las más de cien que produjo.

Lo cierto es que además se dio tiempo para vivir intensos idilios epistolares. Uno de ellos, el que sostuvo con Zulma Carraud, duró treinta años. Se había iniciado suavemente, pasó por un momento de paroxismo sexual por parte de él —que ella resistió con dignidad— y derivó en una amistad profunda, quizás heroica y sacrificada por parte de ambos, quizá la única amistad desinteresada que mantuvo el escritor con mujer alguna. Carraud, casada y tres años mayor que él, fue una amiga completa: lo quiso, lo admiró, pero también fue su más honesta crítica y su mejor consejera. La abundante correspondencia entre ambos es indispensable para juzgar con precisión el espíritu balzaciano.

La otra relación epistolar, la que sostuvo con Evelina Hanska, la extraña condesa polaca, constituye por sí sola un episodio digno de figurar entre las mejores historias de la Comedia Humana. “La extranjera” —como la denominó el escritor—, impresionada por la obra de Balzac, le escribió un día a éste y propició un encuentro meses después. El escritor acudió al llamado y entabló una intimidad que, tras eventuales encuentros, se interrumpió en 1835. No volvieron a verse más debido a la distancia y a un obstáculo más real e incómodo: el conde Hanska. A partir de entonces, y durante más de ocho años, la relación se mantuvo exclusivamente por carta, hasta la muerte del esposo, lo cual permitió reanudar el contacto.

Tal vez cansado de relaciones amorosas clandestinas —vividas en el límite y la tentación del adulterio—, tal vez necesitado de una estabilidad doméstica o tal vez porque en verdad amaba a la condesa, Balzac le propuso matrimonio. Hanska resistió un poco, pero terminó aceptando. El 14 de mayo de 1851 la pareja se casó en Kiev y se instaló en París. La felicidad fue breve. Tres meses más tarde, este amante insaciable, creador de millares de personajes —que consumió cincuenta mil tazas de café en este frenético ritmo de vida—, él mismo personaje cien por ciento balzaciano, falleció a los cincuenta años de edad, el 18 de agosto de 1851, con un corazón hipertrofiado y una peritonitis rotunda. La condesa Hanska no estuvo ahí para cerrarle los ojos.

Retrato de Madame de Berny, por Auguste Louis Lepére (1849-1918). Museo de arte de Birmingham.