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Juan José Morales

De mar adentro a tierra firme

 

Alejandra Flores

La voz de Juan José Morales suena como el torrente de un viejo río, a veces embravecido, y otras suave, casi silente. Como en el gusto del café americano reina una inadecuada simpleza, nos salva entonces una conversación plena de carcajadas, de imágenes divertidas, amenas, aleccionadoras.

—A ver Juan José, estoy frente a un hombre que recibió el Premio Nacional de Divulgación Científica y el Premio Latinoamericano a la Popularización de la Ciencia y la Tecnología, entre muchos otros premios. Eres un periodista científico de amplia y prolífica trayectoria. Quienes hemos estado pendientes de tu quehacer, sabemos que acabas de perder a la mujer que te acompañó por casi 40 años y también que recién saliste de una delicada operación al corazón. Te vemos caminar sereno y sonriente, con un motorcito que parece incansable. ¿Quién eres hoy? ¿De qué estás hecho en estos tiempos? ¿De recuerdos? ¿De sueños? ¿De proyectos? ¿De mar? ¿De tierra firme? Muchas cosas quiero preguntarte pero empecemos por el Juan José Morales niño, ¿a qué jugabas?

Mientras habla, Juan José Morales sonríe y deja que sus manos pinten paisajes, y dibujen perfiles.

—Nací y crecí en Progreso, Yucatán, así que me la pasaba en los muelles. Si mi santa madre hubiera sabido dónde me metía, se muere del susto. Andaba yo en los barcos, en los botes, me iba a pescar a la ciénaga, al mar. Me iba con amigos o con alguno de mis hermanos, aunque más con amigos o solo, y andaba en los andenes de maniobras de los barcos, subiéndome a los vagones. Era normal, vivía en un puerto y me subía a los barcos.

—Ese contacto con el mar y la vida en los barcos fue fundamental en tu carrera periodística, ¿verdad?

—Siempre me ha gustado el mar, y siempre he dicho que una de las mejores épocas de mi vida fue cuando trabajé en la revista “Técnica Pesquera”, una revista especializada en oceanografía, biología marina y pesca. Eso me permitió andar por todas las costas de México, en pueblecillos de pescadores que la gente ni conoce ni se imagina que existan, lugares como Punta Abre Ojos, Santa Rosalita, Punta Eugenia, Bahía Tortugas, la costa de Michoacán, Oaxaca, Tamaulipas, andar en toda clase de barcos como uno cosechador de sargazo gigante en Baja California. Por la zona de Ensenada crece un sargazo que es materia prima de donde extraen algo que se llama “alginatos”, que se usa para fabricar cerveza, moldes dentales y un montón de cosas. Hay barcos que lo cosechan por medio de podadoras gigantes.

UN “ROJILLO” CONVERTIDO EN PERIODISTA CIENTÍFICO

—¿Y cómo llegaste a la revista “Técnica Pesquera”?

—Porque un amigo fue su editor, el fotógrafo Rodrigo Moya*, un fotógrafo muy famoso, ya retirado, muy bueno. Un amigo suyo, entonces Director de Pesca, me invitó a colaborar, y yo encantado de la vida. A Rodrigo lo conocí de otras revistas, como “Suceso”, de la que fue director Mario Renato Menéndez, hoy director del periódico “Por Esto!” Anduvimos en muchas revistas de política y en muchos movimientos sociales. Éramos rojillos.

—¿Rojillos? ¿Y eso? ¿De dónde te viene lo “rojillo”?

—Siempre he dicho que debo mi educación a los estibadores de Progreso y a Lázaro Cárdenas. Estudié la primaria en una escuela (todavía existe) que se llama Maniobras Marítimas, fundada por los estibadores de los muelles en su propio local sindical. Ahí tenían las aulas, les pagaban a los maestros, ellos amueblaron; todo lo pusieron ellos (decían que tenían que educar a sus hijos para que estuviesen mejor), y claro, estaba abierta a toda la población. Después pasó al Gobierno Federal, pero funcionaba en el local sindical. Luego hice la secundaria en un internado que fundó Cárdenas para hijos de trabajadores, donde daban un lugar para dormir, comida bastante buena y, de vez en cuando, alguna ropita. Llegaba gente de Campeche, de Yucatán, de Tabasco y Quintana Roo.

—Sigo con la duda del “rojillo”. Pero antes cuéntame, ¿a qué se dedicaba tu papá?

—Era mecánico, especialista en motores de barcos. No trabajó nunca en barcos, porque se mareaba, así que era marinero de tierra firme. Mi padre se llamaba Narciso y fue un mecánico electricista muy innovador. En Progreso, fue el primero que llevó equipos de soldadura autógena y el primero en llevar un torno. Luego se fue a vivir a Mérida y fue el primer especialista en instalación de aires acondicionados. Se fue a estudiar a Monterrey e hizo grandes instalaciones, la del Aeropuerto de Mérida él la hizo. Cuando hizo la instalación del Consulado de Estados Unidos, de principio no le querían dar el trabajo porque era mi papá y yo ya era conocido como comunista.

—¡Qué bien! ¡Regresamos al tema! Así que “rojillo”, comunista. ¿Integrante del Partido Comunista y toda la cosa?

—Estudié la prepa en la Universidad de Yucatán, cuando se crea la Juventud Comunista. En la secundaria ya había hecho un periódico mural, y en la prepa hicimos un par de periódicos estudiantiles. Así que empecé a escribir para el periódico del Partido Comunista, como corresponsal en Mérida. Les gustó cómo escribía, y me invitaron a que me fuera a la Ciudad de México a sumarme a su redacción. Para mí era una oportunidad porque entonces tenía la intención de estudiar Física. Pero al llegar a la Facultad de Ciencias me di cuenta de lo terrible que era no contar con preparación suficiente (pues en la preparatoria de Yucatán ¡no llevábamos matemáticas!) Y claro, no tenía las bases mínimas, y ahí supe cuán maravillosas eran las matemáticas. Gracias a grandes maestros entendí la belleza de su simplicidad. Aunque claro, como yo no tenía ni siquiera bases de cálculo, me perdía. Con el tiempo me di cuenta de que hubiera sido un pésimo físico. Para ser científico tienes que ser muy ordenado, muy organizado, muy sistemático, y yo no tengo esas cualidades. Actualmente, la mayor parte de mi tiempo busco datos que sé que tengo, pero quién sabe dónde.

—Ahora entiendo mejor: primero el periodismo, luego la física y de ahí, el camino hacia la divulgación de la ciencia como consecuencia natural.

—Cuando el periódico del Partido Comunista cerró, yo ya escribía para otros periódicos y otras revistas. Como en las redacciones sabían que estudiaba en la Facultad de Ciencias, yo creo que pensaban que era como un bicho raro, algo así como un genio, y entonces comenzaron a encargarme artículos de ciencia. Estaba de moda el asunto espacial, que si la conquista de la Luna. Eran los años 60. Escribiendo, descubrí que lo que me gustaba de la Ciencia era difundirla, no tanto hacerla. Y sí, así decidí que me iba a dedicar a la divulgación científica.

Tenía la atingencia de mis contactos en la Facultad de Ciencias, en la Torre de Ciencias, donde estaban varios institutos e investigadores a los que yo les pedía información. La verdad es que eran muy recelosos: habían tenido amargas experiencias con otros periodistas que distorsionaban lo que decían, pero yo tenía el cuidado de pasarles mis textos a revisión, antes de cualquier entrega. Así me gané la confianza de muchos investigadores.

En la época de la revista “Técnica Pesquera” (años 70s, 80s), me concentré más en temas oceanográficos, biológicos, en dinámicas de población por los asuntos de la pesca. Fue una gran época porque tuve oportunidad de viajar a Perú, a Dinamarca, a Noruega; me tocó la pesca de arenque cerca del círculo ártico.

Para escribir había que embarcarse y vivir la vida de cada barco. Había incluso que participar un poco en sus faenas. Por ejemplo, salí en un barco atunero en el Golfo de México en lo que llaman pesca de palangre, que son líneas de anzuelo muy largas y que pescan atunes de 50, 60 y 70 kilos. La máquina va jalando líneas de 15, 20 kilómetros de largo, cada cien metros van las líneas de anzuelo y bueno, cuando estás ahí, quieres saber lo que se siente levantar un bicho de esos; claro, no lo haces solo, sino entre dos o tres y hasta cuatro personas. O está la pesca con vara también de atún. El azuelo no tiene lengüeta, o sea no se queda trabada, muerde y tienes que dar el jalón con la precisión suficiente para que no vaya a dar del otro lado del barco. Según el tamaño del atún, puede medirse como de un palo, de dos palos o tres palos; imagínate sacar un atún de cuatro palos: tienen que participar cuatro personas, y hacerlo todo con una sincronía de la que solo saben los pescadores.

—La sola imagen de ese movimiento sincrónico me hace pensar en la belleza de las artes de pesca, en que son como una gran coreografía al ritmo del mar.

—Es verdad, era muy bello. Aunque ya no se pesca así. Me tocó ver y vivir muchas cosas, como bucear con escafandra en La Paz, andar en pueblitos perdidos de pescadores… Me conozco muy bien las costas de Quintana Roo, desde Xcalac hasta Holbox. Me tocó estar en el nacimiento de Mahahual, cuando era solo un punto en la costa y los pescadores salían de ahí a Banco Chinchorro. Se formó una cooperativa y se fraccionó Mahahual. Y yo estuve en la firma de creación de la cooperativa pesquera. Lo documenté para la revista “Técnica Pesquera”.

—Y de este estar mar adentro ¿qué me cuentas? ¿Qué es lo que más te emociona de estar en altamar?

—Creo que lo que más me gusta de viajar es conocer gente. Las personas que trabajan en los barcos se ven día y noche los unos a los otros, y llega un momento en que ya no hablan, ya no tienen nada que decirse, así que cuando llega un extraño, ¡ufff!, te platican muchas cosa. Por eso a los pescadores y marinos los respeto profundamente. Llevan una vida dura que me ha tocado compartir con ellos. Momentos terribles de peligro en serio.

Un día, en el Golfo de Tehuantepec nos agarró un Norte violentísimo, porque hay dos cordilleras muy bajas; el viento sopla como si fuera un embudo. El barco era uno camaronero, de esos viejos, que crujía por todos lados. Ya estábamos preparados para lo peor. El capitán era de Polonia y ya casi no podía gobernar la nave. Ya teníamos nuestro chaleco salvavidas y habíamos avistado a un barco relativamente cercano a nosotros que podría ser nuestra salvación. En algún momento, empezamos a ver cucarachas por todas partes. Y pensamos, esto sí se está poniendo feo. Mi mayor preocupación fue cuando el capitán dijo: “Ahora si ya nos llevó la chingada”. Por fortuna amainó el temporal, pero casi sí nos lleva.

“VACA SAGRADA” EN LA REVISTA “CONTENIDO”

—¿Y la revista Contenido?

—Ah, la revista “Contenido” es otra historia. A Armando Ayala, su director, lo conocí en la revista “Mañana”, y de ahí salió para hacer su propia revista. Me llamó y me convertí en una de sus plumas fundadoras. “Contenido” fue una revista pionera en su campo, y, con el tiempo, yo me convertí en una especie de vaca sagrada. Cada año se hacía una convención para planear el año siguiente y mis textos no eran pasados a evaluación: solo informaba mis temas y se publicaban sin más. Me pagaban bien y tenía una columna que se llamaba “Que no le digan, que no le cuenten”. Muchos años después la revista “Contenido” fue comprada por Carlos Slim, y como uno de sus negocios más jugosos son los medicamentos milagrosos, obviamente la primera columna que eliminan es la mía. Luego bajaron mi sueldo y yo dejé de escribir.

—También trabajaste para el Conacyt.

—Sí, estuve trabajando unos años en el Conacyt, haciendo radio, televisión, selección de noticias y capacitación. Incluso en la Facultad de Ciencias Políticas, establecí, no sé si aún se conserve, la materia de Periodismo de la Ciencia, como parte de la Carrera de Ciencias de la Comunicación, cuando fue director Julio Del Río, quien me invitó a dar clases y se creó esa materia.

Gracias al Conacyt, cree una Agencia de Noticias Científicas, InterCiencia, y la historia está así: a Conacyt le criticaban el hecho de que fuera un monstruo burocrático. Así que nos liquidaron para que formáramos una empresa a la que Conacyt contrataría para realizar lo que ya estábamos haciendo.

Mi falta de visión empresarial me hizo cometer un gravísimo error. Pagaba costos altísimos en un personal que, además, estaba en capacitación constante. Mis presupuestos eran entonces muy altos, y esta relación con Conacyt estaba en veremos justo en los tiempos en que estoy decidido a venir a Cancún. Mi idea original era mantener la agencia y seguir escribiendo, como lo he hecho siempre, en periódicos y revistas, pero al final cerré la agencia y también dejé de escribir por un tiempo.

PARA MÍ, QUEDARME EN CANCÚN SIGNIFICÓ PERDER MUCHO

—¿Qué te trajo a Cancún?

—“Peces” (Guadalupe Ortiz González), mi esposa; bueno, entonces aún no éramos ni novios.

            —Así que escribieron una historia de amor con vista al mar.

—Pues sí, la verdad, sí (risas). Ella era maestra en una escuela de niños muy ricos, el Colegio Peterson, en la Ciudad de México, donde tenía como alumnos lo mismo al hijo del Embajador inglés, que al del dueño de los cines Hollywood, o del dueño de Aurrerá. Enrique Riquelme, quien estaba construyendo las primeras mil casas de Cancún y estaba pensando en venir a vivir aquí, también tenía a sus hijos en ese colegio y le preocupaba que hubiera una buena escuela para sus hijos. Así que le propuso a “Peces” que se viniera a hacer una escuela acá, porque estaba feliz con la forma en que les enseñaba a sus hijos. Ella vino a Cancún en 1975, primero con un grupo de alumnos, para que conocieran la zona; en realidad querían convencerla de que abriera la escuela y lo logró. Se vino primero con un grupo de maestros, pero al final se quedó sola; así que me vine a ayudarla. Yo también tenía a mis hijos en el Peterson, no porque fuera rico sino porque tenían una buena beca; también vine en ese viaje de reconocimiento y… me enamoré.

—¿Y con qué te encontraste, además del amor?

—Cuando yo llegué a Cancún no había nada. No había un solo centro de investigación. No había ni siquiera teléfono. Había solo dos líneas de larga distancia. Yo, acostumbrado a que cuando tenía una duda, levantaba el teléfono y llamaba a algún amigo del Instituto de Física o de Astronomía… ¿Bibliotecas? No había Internet en esa época. En México me iba a las bibliotecas ¿pero aquí? Tenía mis suscripciones a revistas científicas que siempre podía consultar, pero, la verdad es que llegar aquí fue un shock.

—Para mí, quedarme en Cancún significó perder mucho. Entonces también estaba haciendo un programa en Radio UNAM que se llamaba Actualidades Científicas, que era toda una tradición, con el que ya tenía 18 años al aire (por cierto, los locutores se peleaban por grabar ese programa). Decían que era el único programa que podían grabar sin perder el aliento. Y los entiendo porque había programas que eran soporíferos. Yo creo que, afortunadamente, el que yo escribía no lo era tanto. Ese programa lo grabaron voces como la de Enrique Lizalde, Oscar Chávez, Claudio Obregón, López Moctezuma, gente que destacó luego en el cine, en el teatro, en la música.

Aquí me dediqué primero a apoyar a “Peces”, luego ya me fui involucrando con las cuestiones del Medio Ambiente y la Biología. Cuando se formó el Centro de Investigaciones de Quintana Roo (CIQRoo), resultó que Alfredo Careaga era hermano de un amigo mío en México, y me pidieron que me encargara de algunos asuntos de difusión. Luego se creó Amigos de Sian Ka’an, y para ellos estuve haciendo también algunos trabajos de divulgación y me fui especializando en flora, fauna y recursos naturales. Algunos creen que soy biólogo, pero no: soy periodista científico.

PIONERO DEL PERIODISMO CIENTÍFICO EN MÉXICO

—¿Cómo aprendiste a escribir, además del propio ejercicio periodístico? ¿Influyen el contacto con otros periodistas? ¿Asististe a cursos de redacción? ¿Llevando contigo a tu yo lector?

—Bueno, sí, todo eso junto; pero como bien dices: leyendo mucho. Cuando me ha tocado dar cursos, mi máxima es decir: si quieren aprender a escribir: lean. Porque al leer vas absorbiendo la forma, el mecanismo, la regla. Yo, sinceramente, no recuerdo ni una sola regla; bueno sí, la de no empezar un texto con una palabra en gerundio. El resto no sé cómo nombrarlo, pero lo sé. El yo lector absorbe las reglas de la sintaxis.

—Fuiste pionero del periodismo científico en México.

—Así es, fui pionero del periodismo científico en México, me hice en el ejercicio de escribir. No había nadie a quien imitar.

—¿Y cómo sistematizas tu información a la hora de escribir? Me refiero a tu metodología como escritor. ¿Hay alguna receta que te hayas inventado?

—Trato de concentrarme en aspectos muy particulares. Porque si uno quiere abordar un tema muy general, va  a resultar un texto muy vago, muy impreciso o muy, muy aburrido. En un principio yo escribía de todo, lo mismo de antropología que de química orgánica, lingüística, física, astronomía, biología, y así fui adquiriendo algunos conocimientos generales. Ya ves, sé un poquito de mucho y mucho de nada.

—¿Y cuál es tu secreto?

—Creo que mi secreto es haber evitado el tono pedagógico magisterial, eso de que al leer sientas que tienes a un maestro enfrente; es horrible. Yo quiero que la gente lo capte sin que sienta que le estoy explicando. Y hay muchos métodos, conceptos, fórmulas que me fui inventando para hacer posible un estilo.

Aunque para decir la verdad, yo no escribo, lo que hago es fusilarme los artículos de las revistas científicas (risas). Hoy día ya no tengo un horario, escribo de acuerdo a lo que puedo; a veces estoy investigando, recopilando datos, y me voy trazando rutas temáticas. Trabajo mis textos en la noche, con música clásica, instrumental. Tengo algunas estaciones de radio por Internet que tienen selecciones interesantísimas, y que están ahí a tu alcance. Duermo unas siete, ocho horas y cuando despierto leo, o salgo a caminar, a veces nado, o estoy de ocioso buscando información que sé que luego me va a servir.  Tengo unos cuatro o cinco libros para publicar.

—¿Y cómo llegas de la divulgación científica a los cuentos de ciencia ficción?

—En el Colegio Itzamná daba la clase de Ciencias Naturales, y hacíamos ejercicios de imaginación. Les pedía que cerraran los ojos e imaginaran un viaje en submarino o en globo, y la idea es que ellos hicieran sus propios viajes imaginarios.

Cuando vi la convocatoria de Concurso de Cuento de Divulgación Científica para Niños, nació el libro: “La Nave del Profesor Itzamná” que publicó el ayuntamiento de Mérida. Los cuentos de ciencia ficción fueron una etapa de mi vida, pero ya no escribo cuentos.

—Me cuesta trabajo entender eso. ¿De verdad no te interesa hacer literatura?

—Bueno, es que el periodismo, para mí, es como hacer literatura. Mis reportajes estaban llenos de pasajes literarios, lo mismo para describir un atún o la sensación de cómo cambia el paisaje al llegar a un puerto. No creo que haya mucha diferencia entre hacer literatura y el reportaje o la crónica.

De todas maneras te voy a contar algo que se me quedó muy marcado. Me lo dijo Fernando Benítez: Morales, así me decía. Morales, tú nunca vas a ser famoso. ¿Y eso por qué? Porque tú escribes para que te entiendan (risas).

Y estoy de acuerdo. Hay quienes escriben de una forma tan confusa y tan ininteligible, que los lectores a veces piensan: bueno, si yo no le entiendo, entonces él debe ser inteligentísimo.

Otro elogio lo recibí de Emmanuel Carballo, que fue corrector de estilo en “Contenido”. Una vez estuvo en Cancún, cuando yo era director de la Casa de la Cultura. Entonces me echó una flor y dijo: “Corrigiendo los textos de Juan José yo aprendí cómo se escribía con claridad, sencillez y de manera atractiva”.

QUE MI PALABRA ESCRITA SIGA SIENDO ÚTIL

A sus 75 años, Juan José Morales sigue oteando el horizonte del Caribe desde su casa en Puerto Juárez. Complementa su día a día con lecturas, paseos, conversaciones aderezadas con whisky, recreando pasados recientes, sobreviviendo ausencias, padeciendo extrañamientos y melancolías, pero dedicado al arte de vivir al día y en paz. Sus eventuales visitas a Querétaro y los Estados Unidos para reunirse con sus hijos, aumentan su anecdotario sensorial y hasta se da tiempo de soñar con seguir recorriendo el mundo en su propia nave de observación.

Mientras usted lee esta entrevista, Juan José Morales ha lanzado una moneda al aire y no sabe si sus velas le llevarán a Londres o Alaska, donde buscará la luz de su siguiente faro. Lo único cierto, asegura, es que ya no le teme a la muerte, hace poco dialogó con ella durante una intervención quirúrgica de naturaleza cardiaca y se supo al borde de la línea mortal. Con plena conciencia, se sabe listo para partir en cualquier momento.

—Ya hablaste con la flaca, ya te coqueteó, así que te haré una pregunta obvia. ¿Cómo quieres que te recuerden en el momento final?

—Bueno, todavía no me quiero ir, pero cuando llegue ese momento, creo que me conformo con que sigan leyendo mis libros y que mi palabra escrita siga siendo útil durante muchos años.

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Alejandra Flores (México). Licenciada en Comunicación Social por la UAM. Periodista cultural en radio, prensa escrita, televisión e Internet. Actualmente dirige el proyecto de difusión multimedia Agenda Libre, y un proyecto de publicación independiente, Librélula Editores. Imparte talleres de creatividad.

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Entrevista publicada en TROPO 2 (septiembre, 2013, nueva época).