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Elvira Aguilar

Extraño el pasado que no viví

 

René Vera Conteras

Mientras trataba de dormir en el autobús que me conducía a Chetumal, algunas imágenes de los cuentos de Elvira Aguilar aún rondaban en mi mente. Y cuando llegué a la ciudad “donde nunca pasa nada” —esa ciudad que a las cinco de la mañana aparece como sumergida en una fotografía estática—, descubrí que aquellas imágenes hablaban del inquietante movimiento que vibra debajo de esta aparente inmovilidad.

Y es que en sus cuentos, Elvira sabe abrir una ventana hacia la otra realidad de la ciudad, hacia un mundo lleno de vigor, donde se proyecta otra vida, luminosa y aparentemente irreal, que suele pasar inadvertida. De ahí que intuyamos que su realismo —manifiesto en la fijación en el detalle— se nutra de una estirpe de leyenda —en sus tonos, en sus enfoques, en su nostálgica lejanía—, que nos afecta y se mezcla con la vida cotidiana de todos aquellos que conocemos estos rincones del Caribe.

Mujer de aspecto serio y elegante, Elvira Aguilar regala una sonrisa al dar las buenas tardes mientras me recibe en su oficina de la Biblioteca Central Javier Rojo Gómez donde se desempeña como directora de la Red Estatal de Bibliotecas Públicas del estado, cargo que la obliga a atender diversas actividades, como su asistencia al Congreso de Bibliotecas en Costa Rica, a donde fue enviada por el Gobierno del Estado y del cual acaba de regresar.

De tez morena clara y cabello corto, destacan en el rostro de Elvira unos ojos de mirada intensa que indaga, que devela y escruta, una mirada ante la cual uno se siente expuesto, seducido. A este perfil hay que sumar una actitud generosa, amable, cuando de pronto es ella —la escritora con trayectoria— la que pregunta al que esto escribe, la que se interesa, como si esto le hiciera recordar sus propios inicios como escritora.

—¿Entonces, se nace con talento? —aprovecho para iniciar la entrevista cuando ella toca el tema del don para escribir, la importancia del talento innato.

—Creo que se nace con algo. Sí, debes de nacer con alguna intuición al menos. Con algún talento. Pero creo también que lo desarrollas con lecturas, con técnica, con otras vivencias. Cuando uno es pequeño todo lo que escucha lo puede volver imagen. A mí me pasó. Como yo aprendí a leer y escribir muy grande (a los siete años), recortaba figuras, las formaba en el suelo y luego contaba historias para mí o para algunas de mis muñecas. Leer y escribir fue el primer gran éxito de mi vida, tal vez el único y el más notable, y el que mejor tenía que capitalizar porque comencé tarde.

—¿En qué momento te das cuenta de que quieres ser escritora?

—Cuando tenía doce años. Cuando aprendí a escribir, lo primero que hice fue una canción dedicada a mi mamá; era como un cuento. Empecé a llevar diarios. Tenía varias libretas; era como una disciplina. Me fui haciendo una disciplina los tres años que viví ahí. Y me di cuenta que para ser escritor necesitas una disciplina. Me dije: esto me encanta, yo me quiero dedicar a escribir.

—Al inicio escribías poesía y después derivaste hacia la narrativa. ¿Cómo fue el proceso?

—Primero quería estudiar periodismo (en una preparatoria en Monterrey). Me decía: “si quiero escribir, tengo que ser periodista porque quienes escriben son los periodistas”. En mi mente no existía toda la variable que tiene el periodismo. Yo pensaba que cualquier periodista podía hacer literatura porque estaban preparados para escribir. Entré a la carrera y me gustó, pero me di cuenta de que el periodismo es una cosa y la literatura es otra. Y no es que estén divorciados. Pero la escuela de periodismo no te forma como escritor. Tal vez ninguna institución te va a hacer escritor si no tienes el interés, la intuición, la idea.

—¿Te fuiste a vivir sola?

—Viví nueve meses con una hermana. Luego viví sola desde los dieciséis. Me fascina vivir sola. Lo único que me aterra es estar enferma y sola, porque cuando me enfermo, de lo que sea, me siento desvalida. Me siento como que no sobrevivo y que me puedo morir, aunque sea de una gripe. Si no me enfermara de aquí hasta el día de mi muerte repentina sería muy feliz y yo podría vivir sola. No necesito de nadie.

—¿Por qué dejas de escribir poesía?

—Me di cuenta de que tenía más posibilidades con la narrativa. Admiro a los poetas porque en pocas palabras dicen cosas profundas, y yo no soy de pocas palabras, a mí me gusta describir, detallar, tener una biografía que sustente a mis personajes.

—¿En qué momento te das cuenta?

—Probablemente cuando no pude publicar mi libro de poesía en Monterrey debido a un asunto económico de la Universidad de Nuevo León, quien financiaba. Tenía las portadas, las pruebas de impresión, todo listo, pero el libro no salió. Me quedé con todo, pero no me mortificó. Entonces me dediqué a escribir cuento, que ya publicaba en la revista de la universidad.

—Tienes entonces un libro inédito de poemas.

—Se llama Este mar de hoy, sueño de seis años, después de mis quince. Yo tenía 21 años. No me desilusiono. Recuerdo que agarré mis originales y me fui a mi casa, porque en ese entonces no teníamos archivos electrónicos. Nunca he tenido obsesión por publicar.

—Después llegaste a la escuela de escritores. ¿Cómo fue tu paso por ahí?

—Me gustó. Llegué a tener de maestro a Vicente Leñero, a quien recuerdo con mucho afecto porque nos respetó mucho. Tenía la humildad para leer el texto de cada uno en voz alta, dando consejos y técnica. También Emmanuel Carballo, una vaca sagrada, más distante, un señor muy fino, muy elegante, que se sentaba en el escritorio y cruzaba la pierna. O Eduardo Casar y el maestro Carlos Illescas. O nuestro maestro de Historia del Arte, Germán Robles, un actor al que le decían el vampiro del cine nacional. Me gustaba mucho porque sabía dibujar: mientras nos hablaba, iba ilustrando sus palabras en el pizarrón. Como cada lunes nos llevaban a un escritor, conocí a José Agustín, estuve en una conferencia con Cristina Pacheco, escuché a Elena Poniatowska. En la escuela aprendí técnica. Aprendí que debes publicar menos de lo que escribes, que entre la gente que escribe no debemos decirnos “mira qué bonito”, ni “qué hermoso”. Hay que tener rigor, técnica y eso lo vas puliendo con el tiempo.

—Como mujer te encontrabas en un ambiente dominado por hombres. ¿Cómo te recibieron tus compañeros?

—La escuela de escritores no era un ambiente dominado por hombres: había mucho equilibrio en cuestión de género y mucho respeto. La gente se admiraba; no había problema. El único problema fue cuando al final yo propuse hacer un libro. El fin de curso era señalado por un pin de oro —que tú mandabas a hacer— y una placa —que te daban—. Me parecía gracioso que te dieran un diploma donde decía que ya estabas capacitado para escribir. Si estábamos terminando, en lugar de invertir en una placa, decidimos hacer una edición. La propuesta fue aceptada. El libro se llamaba Licencia para escribir, un poco jugando con el título de la película Con licencia para matar, y la ironía de ya tener licencia para escribir. Lo curioso es que solo aparecemos mujeres de la generación (veinte) porque a ninguno de los hombres le pareció atractivo el proyecto. Este libro tiene un prólogo de Vicente Leñero, quien amablemente se ofreció.

—Has comentado que lo peor para una mujer es no ser inteligente.

—Sí, lo comenté durante la presentación del libro Cierro los ojos y te miro, en la Feria internacional del Libro del Palacio de Minería. Alguien preguntó qué es lo peor que le puede pasar a una mujer. Contesté: no ser inteligente. Creo que es lo peor que le puede pasar a una mujer y a cualquier ser humano. De hecho, vemos tanta gente poco inteligente que anda por ahí, hiriendo y perjudicando.

—Inés menciona en Rincón de selva que no había encontrado cómo ser sabia. ¿Cómo es ser sabia?

—A lo mejor adelantarte un poco a lo que va a pasar, pero también no dedicarte al noventa por ciento en una cosa. La vida es amplia, el mundo es amplio. Hay que salir y conocer. Respeto a quien no quiera salir, pero creo que ser sabio es no dedicarte noventa por ciento a una sola cosa. Yo no quiero una gran casa, un gran carro, yo quiero salir a conocer.

—¿Al final Inés alcanza la sabiduría?

—No lo sé, pero alcanza la soledad plena.

—Tienes una fijación por lo cocodrilos, ¿dónde nace?

—Cuando veía los cocodrilos en revistas notaba el interior de sus fauces color rosa o color amarillo, como un colchoncito amarillo. Entonces tenía la fantasía de que algún día dormiría en ese colchoncito dentro de esas fauces. Era como mi camita: un lugar cálido y acogedor. Además, el color amarillo me encanta. Cuando era niña, me decían que el cielo no era de ese color, y yo decía, “pero mi cielo, sí”, y lo pintaba de amarillo. Los colores amarillo, naranja y rojo me encantan, y pintaba todo de esos colores. Los cocodrilos me gustan también porque son animales prehistóricos, muy fuertes, muy poderosos. Su sangre tiene propiedades que los curan, son máquinas de poder. Tal vez porque no soy tan poderosa y en algunas etapas de mi vida me he sentido débil los admiro. Si tuviera la oportunidad de renacer me gustaría hacerlo en un cocodrilo.

—En Rincón de selva, el cocodrilo de Inés está domesticado. ¿No es eso quitarle poder?

—Lo hago porque en la ficción soy poderosa: el poder en la ficción es el único que me importa. Me puedo reír del poder material, del poder político. Pero en la ficción me encanta poder matar, poder transformar a una persona, darle voz a un cocodrilo, darle sentimientos y pasiones humanas. En la vida real ni me gustan los animales disecados. El cocodrilo disecado que tengo, me lo mandaron de regalo. Decidí aceptarlo para que al menos así tuviera una buena vida, porque su muerte fue fea y cruel. Lo tengo en la sala de mi casa, a veces en mi cama, a veces en el comedor. Se llama Romeo y lo he llevado aquí a una feria del libro. Ha salido en obras de teatro. Me gusta que me lo pidan prestado mis amigas actrices.

—¿Cómo te preparas para escribir? ¿Tienes algún ritual?

—Abro todas las ventanas de mi cuarto, o del lugar donde escriba, y mi mesa de trabajo tiene que estar impecable. No puedo escribir si siento el polvo. Mi cuarto debe de estar muy bien arreglado y todo recogido. No me gusta escribir con música: necesito la soledad. No me gusta ni contestar el teléfono ni que me vayan a ver ni que me hablen. Admiro a la gente que dice que puede escribir un cuento en los aviones; yo no. Yo solo puedo tomar apuntes; para escribir necesito soledad.

—Se percibe en tu obra una nostalgia por el pasado de esta región. ¿Cuál es su origen? ¿Es deseo de preservar la historia de este lugar o es una añoranza?

—Son muchas cosas. Me gusta leer mucho sobre la historia de este lugar. Es una historia bonita, difícil y muy joven. No solo podemos leerla sino, además, hablar con muchos de sus protagonistas. Se ha escrito y estudiado sobre ella, aunque no lo suficiente, y quienes se han ocupado lo han hecho muy bien. Sin embargo, estos historiadores tienen una visión sociológica o antropológica. No les importan las anécdotas. Y lo que a mí me gusta es la parte de la que no se habla, por ejemplo, las relaciones interpersonales, las pasiones.

A veces pienso que extraño el pasado que no viví. Es muy curioso, a veces me pregunto cómo habrá vivido fulanita, o cómo habrán hablado los niños de la primaria Belisario Domínguez en 1916, cuando la escuela se inauguró. Siento una nostalgia por el pasado que no viví. Entonces me da mucha ilusión trabajar, reconstruir, darle vida a los personajes, describir cómo se visten, qué medicamentos tomaban. Me gusta mucho porque además yo quiero esto. Yo nací aquí, en Chetumal. Mis papás llegaron muy jovencitos, vivieron eventos como el Janet y les tocó quedarse sin casa y sin nada, pero se quedaron. Mi papá, dentista militar, se quedó recogiendo muertos, reconstruyendo, apoyando a la gente. Mi mamá solo se fue un tiempo mientras mi papá buscaba un lugar donde vivir.

—En Mirando al puerto de Payo Obispo —donde prevalece el tono de crónica— recuperas la migración libanesa hacia Chetumal. Es tu deseo tal cual de recuperar los orígenes; añoras ese pasado…

—Sí, el sur de Quintana Roo se pobló de gente de muchísimas partes del mundo, gente a la que le gusta contar su historia. Añorar y escribir sobre Payo Obispo es mi manera de hacer un homenaje a la gente que sufrió, vivió y le tocó levantar una ciudad. Es para aquellos a quienes les tocó ver sus casas volar en pedazos y luego reconstruirlas. En este libro está la historia de una familia que llegó en el mismo pontón que Otón P. Blanco y que luego recibe como regalo un barco —en ese tiempo aún de vapor— en el cual se va a Cayo Venado. Ahí desarman su barco y con eso construyen su casa. La historia narrada en el cuento, es literal: yo entrevisté a la gente que vivió ahí. Si alguien te lo cuenta parece ficción. No quise que se perdieran estas anécdotas hermosas: quise preservarlas en literatura. Escribí este libro con el apoyo de una beca, que me permitió contratar una nana, comprar grabadora reportera, cinta, papel y libros, y dejar de trabajar para dedicarme a la novela. Investigué un año exactamente y escribí el libro en siete meses. Así, pude entrevistar a mucha gente, revisar documentos, ver fotografías. Es el libro que más quiero y el que más me gusta. Solo se imprimieron mil ejemplares que desaparecieron; la gente lo quería tener.

—Estás escribiendo una novela y un libro de cuentos. ¿Cuándo los veremos?

—Estoy haciendo una novela que empieza en Payo Obispo y termina en Chetumal. El eje central es la educación socialista como punto de desarrollo para un pueblo en la época en que fue gobernador el general Rafael Melgar. Es una parte de nuestra historia que no se ha escrito. Creo tenerla lista en un año y el libro de cuentos probablemente igual, porque lo estoy escribiendo de forma simultánea. Quiero publicar también mi tesis de maestría sobre educación socialista, como historia de la escuela Belisario Domínguez. La escuela era como el eje rector.

Entrevista publicada en TROPO 7 (febrero de 2015, nueva época).