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Antonio Leal

Hay mucha mediocridad en el ambiente literario

 

René Vera Contreras

Con una amable sonrisa en los labios, que no esconde cierta reserva, y un libro y varias revistas en los brazos —como argumentos anticipados para avalar la importancia de sus inminentes declaraciones—, el poeta chetumaleño Antonio Leal se presentó puntual a nuestra cita para sostener una entrevista ante la cual ambos guardábamos cierta expectativa: yo buscaba descubrir el lado más humano de uno de los poetas importantes de Quintana Roo, pero considerado “difícil” en el medio literario; y él mostraba una desconfianza explícita hacia el resultado de este encuentro. Sin embargo, pronto la charla para ambos fue fructífera, reveladora y sincera, si bien pasó por momentos rígidos.

Autor de Thalassa, “uno de los poemas supremos de nuestra letras”, en palabras de Jaime Labastida, Antonio Leal ha lamentado siempre su regreso a Quintana Roo, luego de haberse formado y dado a conocer en la ciudad de México (a donde llegó en 1959) tras haber acudido al taller célebre de Juan José Arreola, donde compartió lecturas críticas con figuras de la talla de José Agustín, René Avilés, Alejandro Aura, Elsa Cross, Leopoldo Ayala, y en cuya revista publicó sus primeros poemas (en los números del 7 al 10).

Su estancia en Quintana Roo desde hace treinta años —a donde regresó para vivir los últimos días de su madre y encontrar estabilidad económica—, no le ha reportado, sin embargo, el reconocimiento que el poeta asegura que merece (especialmente a nivel nacional), y le ha dejado “un vacío respecto a oportunidades en cuestiones literarias, en cuanto a publicar en suplementos y revistas, por ejemplo, en el suplemento cultural de la revista Siempre! donde lo hacía cada vez que quería”.

Ahora ya no le publican —dice—, porque quienes dirigen los medios literarios del país no lo conocen: “no les intereso o no me ubican. O sea, no leen. Se enteran nada más de lo que hay, de los mismos que hay y las tendencias, yo no aparezco ahí.” Y agrega con un dejo de amargura:

—En la literatura hay política, hay muchos escritores a los que se les hace creer que son buenos y que en realidad son mediocres. Hay mucha mediocridad en el ambiente literario. Yo entré a la literatura por la puerta chica. A mí no me recomendó nadie. Pese a todo, aparezco en esta antología, selección de un paisano nuestro, Juan Domingo Argüelles.

Muestra entonces la Antología general de la poesía mexicana. Poesía del México actual. De la segunda mitad del siglo XX a nuestros días, la abre y ubica su poema.

—Incluso, Argüelles, en su libro Quintana Roo, una literatura sin pasado, dice que yo soy el que inicia las letras en el estado. Lo dice porque me conoce y porque me ha leído. Pero hay otras antologías donde no soy mencionado.

A mí, ningún cabrón me enseña nada ya

—¿Asistes a encuentros literarios en la Ciudad de México?

—No, no me invitan. Por ejemplo, el encuentro reciente que organizó Marco Antonio Campos. Puedo decir que él me conoce. No sé si me lea, no sé si respeta lo que escribo, pero no entro dentro de sus grupos.

—¿Y de la región?

—De la región tampoco. En Yucatán no me invitan y, la verdad, ahí sí no me interesa mucho.

—¿Por qué no?

—Porque más bien voy de maestro, voy a enseñar, y eso no me gusta. A mí no me enseña nada, no encuentro nada, solo uno o dos poetas por ahí y algunos textos. Te lo digo sin dolo, pero no me siento retroalimentado.

—¿No crees que tu actitud con los poetas del Sureste es la misma que tienen los del centro contigo?

—No. Ahí está la muestra en el libro de Argüelles. Alguien me dijo que en literatura hay política. Eso me descorazonó mucho. Se refería a que muchos de los poetas que publican lo hacen por cuestiones de amistad y política. Eso aplica para los encuentros literarios. Es fácil entenderlo, y ni modo. Las personas que organizan encuentros literarios (sé quiénes son) no me invitan, tienen algo en contra de mí, y si lo digo se van a molestar. Pero si lo miras bien, son grupos que organizan encuentros literarios para invitarse entre ellos mismos. Por ejemplo, ese de Granada en Nicaragua, a mí no me invitaron, y veo una lista de gente que participa, no sé de cuantos países, y yo literariamente no les tengo ningún respeto.

—¿Crees que no te llaman porque no te vinculas lo suficiente con las personas?

—No les interesa, no les reditúo si voy. Incluso puede ser que les moleste.

—Recuerdo la primera vez que te vi: fue en un encuentro literario en Bacalar, Oxígeno 2012.

—Yo ni me acuerdo.

—Fuiste a leer; fue un encuentro organizado por Ramón Iván Suárez Caamal. Hace como cuatro años.

—¿Uno donde vinieron de México?

—Sí.

—Me fue muy mal.

—Yo recuerdo…

—Me fui encabronadísimo.

—…recuerdo que te estabas saliendo de tu tiempo y no quisiste terminar tu participación. Y te pidieron que acabaras, y tú les preguntabas por qué y seguiste leyendo. Tuviste una actitud difícil en el escenario, frente al público.

—Vinieron unas personas que no conocía, que tienen su interés. Que por cierto, han desaparecido. No sé si han publicado.

—Sí, se desenvuelven en el medio. Algunos trabajan en algún periódico.

—¿Tu estuviste en la lectura de la laguna que hubo una noche? Fue desastroso. Todos ellos se escucharon, se leyeron, se aplaudieron, y cuando yo leí, nadie estuvo presente, nada más como ocho personas, los demás estaban nadando en la laguna. Es una real mierdés, eso ponlo: una real mierdés.

—Pero ya había pasado lo de la primera lectura.

—Sí, pero ahí igual leyeron. Mostraron una actitud, no en contra mía, pero me parece una descortesía. Lo mismo pasa en otros encuentros literarios, donde les dan pasaje  y hotel. Algunos escritores llegan, leen y no van a la siguiente lectura. A mí no me importa que sea importante el escritor o la escritora, es una falta de respeto.  No es la primera vez que me ocurre: ir a un encuentro literario, presentarte diez minutos e ir dos o tres días y que no vuelvas a leer es algo absurdo. Fui a un encuentro en Cuba, fui con la idea de encontrarme con poetas que me deslumbraran, que me enseñaran algo. Y a mí, ningún cabrón me enseña nada ya. Ese es el punto, a eso yo me opongo, por eso no voy. No me interesa que me inviten.

—Mucho se habla de tu forma de ser “algo intensa”. Proyectas la imagen de ser una persona difícil de tratar, complicada.

—No me doy cuenta. Yo me hablo con medio mundo. No sé quién me vea desde esa perspectiva. Soy sensible, demasiado. A Rulfo le pasaba lo mismo, no le gustaban los eventos. En las presentaciones de libros no socializaba, yo lo vi. Le decía “maestro, qué hace usted ahí”, y me decía: “esos quién sabe qué quieren, ¿estarán locos?”

Las palabras me llevan a puertos distintos

—Pasando a tu trabajo como creador, ¿cómo sabes cuando un poema vale la pena?

—Si me permites voy a hacerte una trampa. Te voy a dar a leer un texto y tú me vas a decir si es un poema.

—El propósito de la pregunta es que nuestros lectores puedan saber lo que Antonio Leal piensa sobre lo que distingue un poema. ¿Cómo le dirías a alguien que lea algo? ¿Cómo descubres que vale la pena?

—Con mi experiencia de lecturas. Por crecimiento personal, por interés personal, después donde descubres que hay un giro distinto a todas las cosas.

—¿Qué procedimiento sigues cuando escribes?

—Es cierto que el inicio de un texto se da de diversas maneras, a veces una palabra, un sonido, alguna idea, un sentimiento que uno descubre y que llega a ser constante y llega a manifestarse claramente, hace que el escritor se siente a escribir. En mi caso, debo declarar que medito en este momento en lo que señala Paul Valéry: jamás se llega a concluir un texto literario. Lo que ocurre es que uno lo abandona. Repito, en mi caso, esto me da la oportunidad de apelar a la inspiración. Leo y releo varias veces el texto. A veces a uno no le satisface, ya como lector; entonces, hay que tener la valentía y honestidad para cambiarlo, de modificar aquí y componer allá.

Pienso que los demás no pueden ser culpables de los malos textos no logrados que caen en sus manos. Uno, como escritor es el primer lector. Entonces, hay que ser rigurosos, nunca expresar cosas, sentimientos que no están claros. Hay que redactar bien, de otra forma, se presentan galimatías; esa tonta idea de que hay autores que le dicen a sus lectores, “bueno, tú que entiendes de lo que dije, de lo que escribo”, y eso, pues no debe de ocurrir, de otra forma uno puede esperar que cualquier lector al que se le ocurra una palabra pueda modificar tu texto, y eso, pues es absurdo.

Yo, como autor, no espero nada de mis lectores, lo que entrego eso es así, como está escrito, y se me hace difícil darle una oportunidad a cada uno de mis lectores de que llegue a pensar “a mí me hubiera gustado que esto lo dijera este autor así o asá”.

A veces el texto se impone (y de hecho se impone siempre). Me ocurre que según yo llevo el asunto controlado, y resulta que el texto, la idea, de pronto me arrastra hasta otras cosas, el asunto va a donde quiere, y lo que uno debe de hacer, al menos, es reconocer cuál es el mejor camino. Quiero decir, me ha ocurrido, que un texto inicialmente se me presenta con la exigencia de que tendría mejor final si fuera escrito todo con métrica; entonces procedo.

Tengo escritos, en este sentido, con versiones en distintas métricas; el asunto es el mismo, pero las palabras me llevan a puertos distintos. Aquí lo que se debe de hacer es que el texto sea válido, que logre tener realce en el entorno literario que nos es común. Al final, yo resulto beneficiado: siendo el primer lector, me divierto. En este momento, para mí escribir es un divertimento. Generalmente tengo cinco o seis textos iniciados con anterioridad, que no son borrados si logran permanecer y el tiempo me dice que el tema es pertinente y que vale la pena escribirlo en forma de poema. Cada quien mata sus propias pulgas como puede.

—¿En el trascurso del tiempo ha tenido más importancia para ti la forma que el fondo del poema?

—Si hablamos de arte en serio, el fondo y la forma van siempre del brazo. Cada letra un mundo, cada palabra un universo nuevo. Aunque repito, la forma, puedo elegirla de antemano. Puede ocurrir que el propio autor decida “aquí voy a escribir solo poemas en forma de sonetos”, entonces tenemos un libro de sonetos; o que decida “voy a escribir poemas en verso libre”, entonces tenemos un libro de poemas en verso libre. Quisiera pensar que Pablo Neruda eligió de antemano la forma de cómo escribir los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, en impecables versos alejandrinos. Hoy vemos que hasta las amas de casa pueden leer ese libro, sin saber ellas que están leyendo poesía, sin reparar en la métrica.

Entrevista publicada en TROPO 8 (julio de 2015, nueva época).