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Ingmar Bergman

El duende y la memoria

 

Miguel Ángel Meza

El pasado es un invento de la memoria. Lo reconstruimos con recuerdos e imaginación. Inventamos aquello que desconocemos para completar y entender lo que sabemos, para llenar con sueños y fantasías los abismos de incertidumbre y oscuridad que el tiempo sedimenta en nuestras vidas. Se trata de recuperar algo muy querido, entrañable y bello; algo que sabemos perdido para siempre, pero que la nostalgia se empeña en añorar. El pasado es, por lo tanto, una re-creación. Principalmente, re-creación de una atmósfera en donde flotan vivencias, recuerdos de olores y sabores, adorables imágenes entrevistas. La infancia es, en este sentido, uno de los territorios donde se incuban las añoranzas futuras.

Niños del domingo (Tusques, 1993), de Ingmar Bergman, es, desde esta perspectiva, el lúcido intento del gran cineasta sueco por recuperar un íntimo y preciado momento de su propia vida, cuando tenía ocho años, en una etapa determinante para su formación como ser humano y para su entendimiento de las complejas relaciones familiares que le tocó vivir. Bergman se empeña en recordar, y cuando no se acuerda, inventa: “No recuerdo qué palabras se dijeron, recuerdo la imagen y el frío del suelo, creo que recuerdo el tono y el rico perfume de las flores y el jabón de mamá. Pero no recuerdo las palabras. Son inventadas, adivinadas, reconstruidas sesenta y cuatro años después del instante que nos ocupa”; por eso percibimos que la obra oscila entre la novela y el libro de memorias.

El pacto narrativo de Bergman es claro desde un principio. Cuando habla de su familia y de Pu —el propio Bergman a los ocho años— utiliza la tercera persona, pero no porque le interese crear la ilusión de un narrador omnisciente al margen de los hechos. Al contrario, cuando lo necesita, se incluye como voz narrativa en primera persona para recordarnos continuamente que es un hombre de más de setenta años el que recuerda al niño de ocho, él mismo, pero ahora como personaje de ficción. La honestidad del recurso es de eficacia notable: crea una doble ilusión, de cercanía y distancia simultáneas, como si estuviésemos ante una película del propio cineasta.

En tal sentido, hay explícitas referencias cinematográficas. Cuando describe la reunión para la cena familiar, hay un momento en que, de plano, el narrador se dirige al lector y le dice: “Vamos, entra en el encuadre, puedes colocarte ahí, junto a la puerta de la galería, o sentarte en el panzudo sofá debajo del reloj de pared, vamos, entra…”. De esta forma, el autor no sólo narra la historia de cuando era un niño de ocho años, sino que, además, muestra sus imágenes a la manera de secuencias fílmicas que se exhiben a sí mismas. Y, al mismo tiempo, nos invita a participar de la acción. Bergman, así, está dentro y fuera del relato que cuenta, en una muestra de libertad lúdica.

La historia que se desarrolla entre un sábado y domingo de finales de julio no puede ser más sencilla. Una familia veranea en una casa de campo y experimenta vivencias domésticas y cotidianas que nos dejan la sensación de que en realidad no ocurre nada: la familia se instala en la casa, planea su estancia, se dispone para convivir naturalmente, prepara sus comidas y organiza sus paseos al campo. Es decir, en lo exterior lo que ocurre está signado por las actividades de todos los días, por esas minucias que la mayoría de nosotros vivimos en la niñez y que, no obstante, son las que hacen la vida. Sin embargo, sentimos la intensidad de la existencia pululando en cada hecho, en cada suceso, en cada nimiedad. Es, sin duda, el tono adoptado por el autor de Linterna mágica e Imágenes, lo que nos comunica esa sensación de intimidad, esa impresión de estar asistiendo a un momento trascendente en la vida del personaje. Ese tono, además de entrañable, es, a ratos, festivo y cordial, lo cual transmite familiaridad, credibilidad, confianza.

Niños del domingo —que el hijo de Bergman, basándose en la novela y el guión de su padre, llevó a la pantalla con el mismo título— es, finalmente, la historia de una transformación en el mundo interior del pequeño, una ruptura con el padre y una reconcilliación dolorosa con el futuro, cuando lo único que queda por hacer es reconocer el momento indicado para perdonar.

De eficaz y lograda factura, con un sutil manejo de las emociones y los sentimientos y con un lenguaje depurado de sencilla poesía, Niños de domingo es una novela memorable. Lo es en el sentido en que percibimos agudamente la vida sensible palpitando entre sus páginas.

Una creencia sueca afirma que cuando un padre le dice a su hijo que es un “niño del domingo” se refiere “a que éste le parece un niño especial —casi siempre observador, sabio, listo, algo perturbador—; una especie de duende”. El viejo Bergman en esta novela —así como en sus mejores películas— ha confirmado que lo habita un sabio duende, un ser perturbador y admirable, un “niño del domingo”.

(Publicada en abril de 1995 en La Crónica de Cancún).