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Alicia Ferreira

En la emoción, renuncio al riesgo:

me tiro yo misma de las riendas

 

Karinna Maich

Indoblegable. Cinco sílabas que se mecen en la lengua al describir a Alicia Ferreira. Está instalada en la comodidad de su recámara, ese espacio a medio camino entre la intimidad de sus sueños y la informalidad de los encuentros: cuando el dolor físico arremete, el taller literario no para y desde allí imparte sus clases. También es allí donde recibió mariachis, que una de sus alumnas le regaló, a pedido de la propia Alicia.

Está flanqueada por una ventana —su mirador al mundo, al mundo más allá de las cuatro paredes pero también al mundo más acá de su propia piel, como lo describiría—, y con  gran cantidad de películas en VHS —probable herencia de su compañero de vida—. Algunos cuadros decoran el ambiente, y un dibujo especialmente querido, realizado por una antigua alumna del taller, donde una mujer se dirige hacia un faro, en clara referencia a su libro La mujer en el faro.

Alicia se toma su tiempo, sin prisa pero sin pausa, para ir desgranando las historias con voz sonora.  Se nota su goce al bucear en sus recuerdos, recuerdos de su Montevideo al que no volvió a pisar desde su llegada a México en 1971. No titubea ni un instante para recordar una fecha, un nombre. Pocos gestos cruzan su semblante. Aunado a su mirada penetrante y agudos comentarios, su voz toma cuerpo y reproduce un humor típico inglés, donde fondo y forma chocan para provocar la chispa que, tan contenida como ella, finalmente escapa.

Recuerda sus juegos de niña y los compara con los juegos actuales. Los recuerdos la llevan a evocar una historia reciente: “Me gustaba jugar con luciérnagas. El otro día entró una a mi cuarto. No sabía si dejarla salir o no. Si la dejaba adentro, tal vez no viviría. Si la dejaba salir, no la vería más. Como no sabía qué hacer con ella, entonces le escribí un poema. Al día siguiente ya no estaba. Quise pensar que se había ido”.

Con sus ojos azules examina y, a su vez, ampara: ahora, ella es la ventana y a través de sus ojos se puede atisbar el cielo.

 —En Hace un silencio, tu más reciente poemario, se percibe una intensidad emotiva, pero contenida, como si la emoción estuviera a punto de desbordarse.

—Yo creo que en mi propia vida más o menos me mantengo en esos límites. Está muy claro: en este poemario hablo de la renuncia a lo exótico, a no correr riesgos… Y de esto “hace un silencio”: me tomé un tiempo para pensarlo… El silencio me dio la posibilidad, y al final renuncio a cosas arriesgadas: me porto bien. Me tiro yo misma de las riendas…

             —Tu poesía se caracteriza por un ritmo muy pausado, de lenguaje poco discursivo, de imágenes muy duras, muy abruptas, especialmente en este poemario de poemas cortos. ¿Qué tan consciente eres de esto cuando escribes?

—Soy consciente y no. Es lo que me gusta, la extensión del poema… Casi todos mis poemas son cortos… Son cortos porque de una vez ya dije lo que tenía que decir… Si vuelvo a insistir, estoy repitiendo el concepto y no me interesa. Doy el mensaje y ya, comparto algo y ya… Respecto al ritmo, siento que sí empatiza con el lector. Mis poemas llevan el ritmo que tienen que llevar…

           —¿Cómo defines la poesía que escribes?

—De Alicia. Es poesía de autora. A pesar de que cambio de temas, hay una identidad. Por ejemplo mi libro La mujer del faro. Aquí hay, todo el tiempo, una búsqueda formal, donde me fui planteando temas, formas. Y todo eran búsquedas, y hoy los veo como logros. Quizá lo que más se disparó fue la plaquette Graffitis del silencio, pues ahí sí el ritmo varía de una hoja a la otra, por razones del propio contenido. El ritmo poético está bien delimitado y es fácil para el lector. En él pude expresar poesía y humor, mezclarlos y lograr un buen resultado. Creo que es el libro que tiene más éxito, aunque no sea el mejor.

¿Has modificado la visión de la poesía que tenías cuando llegaste a Cancún o es la misma?

—Es la misma. No me hago problema, más bien escribo, dejo que salga. Hay cosas que no puedo ni revisarlas, pues hacerlo implicaría cambiarlas y, una vez escritas, me es difícil. Salvo que vea cacofonías o repeticiones, si no, prefiero escribirlas y aceptarlas… Es respetar…

            —¿Consideras que, con el paso del tiempo, tu poesía se ha ido haciendo más compleja, más estricta, más de búsqueda interior?

—Pudiera ser… algo así. Inevitablemente, en este poemario es más crepuscular… por mi edad (y ríe). Y más crepuscular es Silabario del dolor, de próxima publicación. Lo escribí antes de que me pasara todo lo que me pasó (se refiere a su reciente viudez), y fui delimitando los dolores… No solo dolores míos, al contrario: el dolor del mar, de un niño. Termino con el adiós. No lo había terminado cuando me empezaron a pasar “dolores”. Y sentía, de alguna manera, que había invocado los dolores. Y me dije: lo voy a tirar… Pero al llegar a la casa lo leí y pensé: es parte de mí. Lo tengo atascado, lo tengo que sacar… Y lo terminé. Es duro…

La ventana es importante en el poemario. ¿Cuál es la importancia de la ventana para Alicia?

—La ventana es, en muchos casos, estar fuera, fuera de mí, detrás de una ventana, fuera de otras cosas. Te pones detrás de la ventana y ves. Es un punto de observación, como un mirador desde donde ves lo que pasa… Y te vas dando cuenta y vas descubriendo…

Si pudiera hablarse de influencias en tu obra, ¿qué poetas crees que han marcado el rumbo de tu poesía y por qué?

—De chica influyó Federico García Lorca. Tengo una gran facilidad para escribir como Mario Benedetti, salvando las distancias… Sobre todo cuando empecé, escribía cosas parecidas, sin luchar mucho, pero te tienes que salir. Yo creo que me han influido todos. Por ejemplo, a mí me gusta mucho Octavio Paz, pero no puedo decir que me haya influido. Sin embargo, me parece un camino. Respecto a mujeres poetas, puedo nombrar a Delmira Agustini. Todo mi libro Delmira en llamas (Invocación), es contar la vida y la muerte, el final de Delmira. Pero, a su vez, yo la invoco. En el último verso ella acude a mí, a mi memoria… o a mi presencia. Con Delmira me pasó lo siguiente: quería escribir sobre una mujer; anduve buscando sobre poetas uruguayas, y fui descartando. Con Delmira me pasó que empecé a escribir como ella… Y me salía bastante bien, lo cual me asustó mucho; yo no quería copiar a Delmira. Entonces, empecé a invocar a Delmira para que viniera, que me hablara, que me explicara y eso fue lo que escribí. Me referí fundamentalmente a su muerte violenta, a su carácter. Escribí un poema respecto a cómo ella, con sus ojos, ve la cama; en otro, ella cuenta cómo quedaron los cuerpos devastados. Hay otro poema que cuenta por qué se reunía con el marido, por qué la mató… Creo que la invocación se vio compensada. Pero los poemas no tienen el estilo de Delmira, bendito sea Dios (ironiza). No tienen nada que ver… Como te decía, tengo facilidad para imitar estilos, y eso es un riesgo. Por eso, si me preguntas qué influencias tengo, pues todas.

Eres parte de una primera generación de escritores de Cancún, la primera que empezó a escribir literatura en serio en este lugar. ¿Qué opinas de esta generación y cómo visualizas la literatura que se está haciendo ahora? ¿Se puede hablar ya de una literatura de Cancún?

            —Creo que todos nos fuimos formando, contaminándonos o ayudándonos. Hay gente valiosa, y otros que no pudieron seguir por distintas razones. Yo creo que sí hay una literatura. Felizmente, no hay un solo género, una sola dirección sino diversidad de intereses, de formas, de temas. Hay gente que tiene la capacidad, la inteligencia, pero no pueden dedicarse a escribir por diferentes razones.

            —¿Cómo has vivido los reconocimientos personales recibidos durante su trayectoria?

—No me gustan mucho los reconocimientos públicos, de alabanza, de discursos. Incluso, como directora de la Casa de la Cultura, siempre traté de ser informal, de no darle demasiada seriedad al asunto. Agradezco los reconocimientos, pero no creo que tenga que recibir los reconocimientos. No porque no los valga, sino que tengo un fólder lleno de reconocimientos y me pregunto qué hago con ellos. Me gusta más el comentario, que me digan “leí tu cuento y me gustó mucho” o “no le entendí un cacahuate”. Prefiero que me publiquen libros. Eso sí me gusta. Por ejemplo, ahora tengo dos libros para publicar.

            —¿Cómo vives la poesía en la vida cotidiana?

—Bueno, hablo raro. A algunas personas les digo cosas muy sencillas pero no me entienden; se ve que yo las complico. Veo mucho, pero veo cosas internas. Es lo que te mencionaba de la ventana; no me preocupo de si está limpia la mesita. Eso me hace dispararme un poco. En una palabra: soy rara. Una vez me reuní con un grupo de gente para enseñarles a cocinar cosas sencillas: pan, pizza. Al final, me felicitaron, les gustó mucho. Pero me dijeron: “Tú hablas con palabras raras hasta para hacer una pizza”. Tropo

Karinna Maich S. (Uruguay, 1969) Egresada en calidad de actriz de la EMAD (Montevideo). Fue becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en el género Literatura (2001) con el proyecto de libro de minificciones “Agujas y alfileres”. Docente desde 2003 (en secundaria, preparatoria y universidad). Correo-e: karinnam@hotmail.com

1 Entrevista publicada en el número 1 de Tropo (primera época, 2013).