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Hesse y la historia personal

El estado de plenitud

a partir del propio logro

 

Miguel Ángel Meza

Cuando Hermann Hesse pone en boca de uno de sus personajes que la verdadera vocación del ser humano es sólo una: llegar a sí mismo, el autor alemán más popular del siglo XX está expresando una de las ideas fundamentales de su pensamiento acerca de la humanización: la necesidad que cada individuo tiene de vivir su historia personal de acuerdo con un secreto designio interior. Un designio que cada quien debe descubrir por sí mismo, a partir de la aceptación de la enorme diversidad y riqueza del universo y a partir de la superación de la dicotomía propia del ser humano.

Esta idea, de engañosa sencillez —que esconde una poderosa filosofía humanista de índole individualista e irracional, y que muchos libros de autoayuda explotan ahora de manera superficial— fue desarrollada por Hesse a lo largo de su obra de diversas maneras. Sin embargo, es en su famosa tetralogía —Demian, Siddharta, El lobo estepario y El juego de abalorios— donde el influyente escritor resalta con brillantez y claridad —y desde enfoques distintos— la importancia de vivir la historia personal a partir de diversas renuncias, y dramatiza lúcidamente la enorme dificultad que constituye para el individuo de todas las épocas llevar a cabo verdad tan elemental.

Recuérdese, por ejemplo, aquel emotivo pasaje de Siddharta, cuando el joven brahamán, cuyo nombre da título a la obra, toma la dolorosa decisión de despedirse del Buda Gautama, abandona una vida dedicada sólo al espíritu y decide exponerse al mundo de los sentidos y la experiencia. Ha resuelto que para llegar a la meta de paz absoluta que busca, es necesario abandonar a sus maestros (varios a lo largo del libro: primero su padre, los brahamanes y los ascetas; luego su amante Kamala, el comerciante y su amigo el barquero); y debe descreer de las doctrinas (incluso la del mismísimo Buda), a fin de encontrar el propio camino.

Igualmente, en Demian, Emilio Sinclair descubre la necesidad de reemplazar a los guías que aparecen a lo largo de su vida, aun cuando sea doloroso separarse de ellos —sobre todo de los líderes escogidos por uno, incluido el propio Demian—, a fin de alcanzar la propia meta. Como Siddharta, Sinclair aprende que no se trata de buscar una doctrina establecida a la cual se pueda uno aferrar, sino el conocimiento de sí mismo. Ambos saben que la meta (el estado de plenitud a partir del propio logro) es la misma para todos los individuos; lo distinto es el camino que ha de seguir cada quien. Sin embargo, ambos reconocen igualmente que nada es más difícil para el individuo que hallar ese camino personal y vivir su propia y verdadera vida de acuerdo a principios interiores. La tendencia natural es que el individuo recaiga en la rutina acostumbrada y acepte las normas del grupo.

La idea de vivir la historia personal es sólo una entre tantas de las que desarrolló el escritor dentro del marco de su pensamiento de individuación. Por ejemplo, el pensar mágico, es decir, la búsqueda de una nueva totalidad de la realidad a través de la aceptación del caos. Otra, su visión milenaria, es decir, la instalación de una utopía estética en la cual los valores son reunidos en una intemporalidad omnímoda que anula la amenaza de la muerte. Igualmente esencial resulta su concepción triádica del desarrollo de la humanidad, es decir, la transición desde un hombre masa hacia el superhombre, en el sentido espiritual de la meta nietsztcheana. Y, finalmente, el sentido del humor, es decir, la necesidad de encontrar en esta vida una perspectiva de realidad que eluda la desesperación cotidiana cuando fracasa la realización de la meta y se cede el poder personal a fuerzas exteriores.

La obra de Hesse —la que parte de Demian y concluye en El juego de abalarios— es una de las más ambiciosas del siglo pasado. Su riqueza de símbolos, su interpretación del pensamiento oriental y su estética romántica con preocupaciones existencialistas la convierten en una de las más atractivas y propositivas para el hombre contemporáneo. El pensamiento de Hesse, que siendo romántico rebasa las limitaciones del romanticismo y anticipa la conciencia existencial del absurdo, posee una evolución filosófica y estética de hondos alcances.

Al acercarse a esta obra, el lector reconocerá la paternidad de muchas ideas que se han dispersado y banalizado por ahí, enriqueciendo a sus autores. La idea de la historia personal es una de ellas. Yo recomendaría, por tanto, ir a las fuentes. Una en especial, entre las más nutritivas espiritualmente, es, sin duda, la obra de este escritor alemán.