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Figura materna en la literatura

 

 

Miguel Ángel Meza

La figura materna —como formadora y deformadora de individuos y conciencias— ha sido tratada profusamente en la literatura de todos los tiempos. La generosidad incondicional y la abnegación, rasgos considerados característicos del amor materno, han sido enfocados de diversas maneras por los autores más disímiles a través de personajes hoy inolvidables para el lector.

            La mayoría de las novelas ha reflejado a la madre como un ser casi perfecto, idealizado por el hombre, que sólo se mueve a la sombra del padre, como eco de sus acciones. Aunque hoy la tendencia en las novelas contemporáneas es radicalmente distinta, pues la madre que reflejan representa en su mayoría un nuevo tipo, más actual, más complejo, con otra psicología, recordemos algunas obras que presentan —y al hacerlo exaltan, condenan o critican— a la madre tradicional o a la madre moderna.

            En dos obras, por ejemplo —La madre, de Maximo Gorki, y el cuento “Cabecita blanca”, de Rosario Castellanos (incluido en  Álbum de familia)—, se lleva a extremos memorables, aunque en sentidos opuestos, el amor incondicional mencionado arriba. Las dos representan a la mujer sumisa, adaptada y sometida a un rol atávico e impuesto. Pero mientras en la novela del ruso el personaje se sublima hasta volverse símbolo social, en el cuento de la mexicana constatamos los efectos nocivos de la tendencia ancestral a renunciar a sí misma, a no tener pensamientos propios a fin de amoldarse a esquemas heredados, ajenos a íntimas necesidades.

            Pelagia Vlasev, la protagonista de esa célebre epopeya revolucionaria que es La madre, evoluciona desde madre silenciosa y apagada hasta la que pronto recoge el ideal revolucionario de su hijo Pavel —cuando éste es encarcelado— y arenga a la muchedumbre con frases de rebeldía. La madre de Gorki, frágil en apariencia, se convierte así en un firme símbolo de la idea revolucionaria.

            Por el contrario, en “Cabecita blanca”, el irónico relato de Rosario Castellanos, Justina es una madre típicamente deformadora. Es la madre que desarrolla en sus hijos, con su alarmante ceguera, hipocresías, anormalidades y comportamientos ofensivos y humillantes que sólo ella se niega a ver. El cuento es una devastadora sátira crítica de aquellas “cabecitas blancas”, aparentemente inofensivas, procreadoras de homosexuales y machos irredimibles en la sociedad mexicana.

            Úrsula Inguarán, en Cien años de soledad de Gabriel García Márquez es, por otro lado, un personaje entrañable. Madre vigorosa e infatigable, Úrsula es un símbolo de resistencia ante la adversidad y un modelo de abnegación en favor de la buena marcha de los asuntos domésticos. Úrsula resiste guerras civiles, locuras de parientes —esposo, hijos y nietos— y pasa cien años tejiendo y destejiendo el tiempo familiar con silencios y trabajos incontables, cohesionando con sensatez pasmosa el mundo caótico que la rodea, poniendo orden entre tanta pesadumbre.

            ¿Quién no recuerda a la madre de La romana, la novela de Alberto Moravia? Este personaje, amargado y con mezquinas ambiciones, nos mueve a compasión en su enorme patetismo, debido a que ejemplifica el cumplimiento despiadado de roles impuestos por la sociedad patriarcal en seres que presienten con angustia la cancelación de sus posibilidades a una vida más plena.

            Igualmente recordemos la angustia de Anna Karenina cuando se enfrenta al eterno dilema de la mujer, entre ser madre, esposa o amante, y sufre al reconocer sentimientos de culpa cuando sabe que prácticamente ha abandonado al hijo para ejercer su derecho a la pasión en un mundo de convenciones y reglas rígidas que la condenan por adúltera.

            Estos pocos ejemplos revelan el tratamiento que algunos novelistas han dado a la figura materna tradicional. Otras escritoras, como Virginia Woolf, Anäis Nin, Simone de Beauvoir, Marylin French, y tantas otras, han dado, en cambio, enorme relieve a la madre como personaje, la han vuelto más compleja, más rica, más libre y autónoma, más participativa.

            Hoy, la madre retratada en la literatura tiene ambiciones y personalidad propias. Sus deseos de encontrarse a sí misma son ineludibles, auténticos, consecuentes con una realidad que le exige integrarse a las nuevas formas de representación social. La madre moderna tiene dudas existenciales, dudas que la llevan a preguntarse sobre su papel como ser humano en el mundo, como ser libre e independiente.

            Las heroínas de las novelas modernas se ven continuamente enfrentadas a este dilema: o se adecúan a papeles de vida secundarios, subordinados y de falsa pureza; o se atreven a afirmar cotidianamente su independencia, su autodisciplina, su derecho a gozar del placer, con responsabilidad y sin culpa, eligiendo —o, mejor, conciliando— sin engaños ni autocomplacencias, entre la vocación o la pareja, entre el amor y la realización personal, en suma, entre ser madre tradicional o madre moderna.