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London: Historia de una madre

Miguel Ángel Meza

Flora Wellman tenía dos meses de embarazo el 4 de junio de 1875 cuando trató de suicidarse con una fuerte dosis de láudano. Como el intento fue fallido, al día siguiente tomó una pistola y dirigió un tiro a la frente, pero la bala pasó rozando y sólo le ocasionó una herida leve. Casi enloquecida aún por la crisis nerviosa, fue llevada por los vecinos a una clínica cercana y luego a casa de una amiga donde pudo por fin recuperarse. Había vivido hasta ese momento en unión libre con un espiritista que no sólo desconoció la paternidad de la criatura, sino que arrojó a Flora a la calle debido a que ella no quiso consentir el aborto.

            Sola y sin dinero, pudo sobrevivir el embarazo gracias a las colectas que realizaba en las juntas espiritistas a las que asistía y en donde recitaba los pormenores de su historia. Tenía treinta y tres años al nacer su hijo y se encontraba en la necesidad de hallarle un  padre que los mantuviera a ambos. Su vástago se convertiría con el tiempo en el famoso Jack London, un mediano escritor de tendencia socialista, más popular que bueno, pero que dejó una interesante literatura dirigida al público adolescente y una rescatable novela autobiográfica titulada Martín Edén.

Según la pormenorizada biografía de London, escrita por Richard O’Connor, Flora en ese entonces era una mujer poco agraciada. Las penas la habían avejentado y una tifoidea mal atendida en la niñez le había ocasionado una calvicie prematura que ella ocultaba con una peluca de bucles patéticos poco favorecedora. Tenía un rostro de rasgos demasiado toscos y una propensión a utilizar sus ataques de histeria para dominar a la gente y obtener una posición ventajosa.

            Ocho meses después del nacimiento de Jack, Flora se casó con un granjero cuarentón, pasivo, trabajador e insignificante, que tenía dos hijas y una enorme necesidad de que alguien se las cuidara. La unión, pues, benefició a ambos. Al inicio, Flora vivió un pequeño lapso de bonanza económica, ayudando al esposo en sus negocios, tomando lecciones de piano, asistiendo a reuniones espiritistas y atendiendo lo menos posible a aquel vástago que le recodaba la “vergüenza” de su amor ilegítimo. Luego, la pésima administración doméstica de Flora y su adicción a los juegos de azar y al espiritismo agudizaron la pobreza de aquella familia. De esa época, Jack recordaba sólo una cosa: siempre tenía hambre, de alimentos y de amor materno.

            La relación entre madre e hijo fue traumática. Un día, Flora, furiosa y rebelde, propinó a Jack una golpiza cuando éste tenía tres años, sólo porque él había cortado una flor y se la había ofrecido cuando ella atravesaba una crisis de ira. En ocasiones, Flora utilizaba a su hijo de cinco años en las sesiones espiritistas que ella organizaba, lo que originó en Jack daños irreversibles al sistema nervioso y lo volvieron introvertido, meditabundo y propenso a la fugas de realidad, algunas de las cuales fueron benévolas (la literatura, los viajes, las mujeres) y otras lo condujeron al desastre (el alcohol, la inseguridad, los fármacos).

            Jack nunca olvidó la herida emocional generada por la privación de amor materno. Flora, por su parte, nunca se recuperó de lo que consideraba el estigma de un hijo ilegítimo y responsabilizó a Jack de su infelicidad. El niño lo pagó con creces, literalmente, pues desde los diez años trabajó en diversos oficios para mantener a aquella familia y pocas veces contó con dinero propio pues todo iba a parar a las ávidas manos de Flora. Aun así, la madre siempre le recriminó su falta de apego. Incluso muchos años después del suicidio de Jack London —a los cuarenta años con una sobredosis de narcóticos—, Flora Wellman se quejaba del abandono del hijo escritor. Víctima de su tiempo y su circunstancia, maltrecha y dolorida por los golpes de la vida, Flora sólo reclamaba, a su manera, con impotencia e incertidumbre, el derecho a su propia parcela de felicidad, una parcela que, sin embargo, nunca supo ni pudo cultivar.