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Mi amigo el dandy

 

Miguel Ángel Meza

Cuando uno ha convivido con una persona como mi amigo B. no dudaría en afirmar que es un raro espécimen, sobreviviente directo del siglo XIX. Su tipo humano, que nunca dejará de sorprenderme, ha soportado los cambios históricos y sociales de todo un siglo —pasando por el socialismo, por supuesto— y se ha instalado en nuestra época con gran desparpajo y singular éxito social. B. es, en la práctica, un simpático reaccionario y un frívolo encantador, pero su concepción teórica del mundo es propia de una democracia de café y de una indiferencia individualista a ultranza, formas características de nuestro tiempo. La moda —ser democrático— le exige manejar con soltura una terminología ad hoc que lo pone a salvo de las críticas.

            Si Honorato de Balzac —en su Tratado de la elegancia— dividió a los hombres entre los que trabajan, los que piensan y los que no hacen nada, B. no duda en incluirse sin rubor alguno, y quizá con cierto orgullo, en la última categoría. Entre la vida ocupada, la artística y la elegante, B. elige la tercera y la barniza sin pudor con la segunda. Cuando uno aprecia su nivel de vida, puede entender entonces cabalmente el aforismo de Balzac —que B. ha impreso metafóricamente en cada comportamiento suyo, en cada objeto que lo rodea, en cada amistad que lo distingue—: “La vida elegante, en la más amplia acepción del término, es el arte de alentar el reposo”. Es decir, hacer nada, simulando estar siempre ocupado. Sin embargo, tengo mis dudas. Ya Balzac reconocía un tipo de dandismo que era una herejía de la verdadera elegancia.

            Entre el dandy literario y el dandy real, mi conocimiento —hasta antes de conocer a B.— se limitaba al literario. Lord Byron y Oscar Wilde fueron personalidades que representaron la elegancia, y la rebeldía a las formas anquilosadas y decadentes de su tiempo. Estos extraordinarios personajes encarnaron una filosofía literaria basada en la frivolidad, la amoralidad y el desprecio a la trascendencia. Para Wilde, por ejemplo, lo más importante en la vida de un hombre es el buen gusto, el genio y la inteligencia. Sin embargo, en el dandismo actual —y que B. me perdone—, sólo veo valores contrapuestos a la seriedad y la sinceridad: es decir, frivolidad y mentira disfrazadas de paradoja y cinismo, este último como máscara del verdadero sentido del humor.

            El dandismo literario de aquellos grandes escritores era válido porque representaba una forma de rebeldía a la hipocresía de su tiempo, al esquema de valores defendido por la mentalidad burguesa y a un sistema económico totalmente mercantilista. El hombre elegante de hoy —tipo B.— es un dandy banal —perdón por la redundancia— integrado y camaleónico. Incluso la democratización de la moda hace difícil distinguirlo como dandy. Su originalidad no se manifiesta ya en el vestido, sino en un escepticismo cómodo y en una excentricidad escapista que odia lo colectivo y que tiende al misticismo de la nada.

            El refinamiento y la frivolidad del dandy actual, al estilo de mi amigo B., son, no obstante, necesarios: contrarrestan la fealdad y la miopía cultural de nuestro tiempo. Más allá de las ingenuas tonterías de algunas de sus manifestaciones de clase (ver, por ejemplo, las páginas de revistas de sociales), el aporte del dandismo al mundo contemporáneo —es decir, la frivolidad inteligente— es un valor rescatable ante los valores de trascendencia moralista y seriedad laboral que nos quieren imponer, por un lado, el new age con su moral de receta, y, por otro, el neoliberalismo con su nuevo sistema de control: la incitación liberalizada al consumo de un hedonismo de uso fácil, un hedonismo de úsese y tírese, incluyendo los cuerpos.

            Sin duda, B., como buen dandy que es, hubiera escrito lo anterior mucho mejor que yo: con agudeza y simpático cinismo. Es un tema que a todas luces le pertenece. Yo dudo alcanzar algún día la altura frívola de él. No nací rico, ni creo nunca convertirme en ello. No soy ni parezco refinado. Lo más que puedo decir es que mi sentimiento de la elegancia es puramente espiritual. Por ello, puedo afirmar con Balzac: “un artista vive como quiere… o como puede”.

En la imagen: Giovanni Boldini, Ritratto del conte Robert de Montesquiou-Fézensac (1897). Parigi, Musée d’Orsay.