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La realidad como metáfora

Los desafíos de la poesía en el siglo XXI

 

José Díaz Cervera

Para Karla e Italiby
llamo a la luna sol y es de día.
Luis Cardoza y Aragón

 

Se llamaba María Celsa y no tenía edad. Había nacido en Carcassone, esa formidable villa amurallada al sureste de Francia, cercana a Cataluña. Toda su ascendencia era catalana, pero la Guerra Civil alejó a la familia del terruño; ella cruzó los Pirineos en el vientre de su madre, quien a pie llegó hasta la región de Languedoc. Algunos meses después, a bordo del Sinaya, siendo el pasajero más joven, llegó a Veracruz. Yo la conocí en Coyoacán, cuando por enfermedad de mi amigo Carlos Illescas, me hice cargo de su taller de poesía en la Casa de la Cultura, para salir de ahí doce años después. Celsa había vivido cuarenta y tantos años, pero no tenía edad.

Recuerdo sus ojos azules y su cabellera como de oro viejo; las charlas largas en el café de Santa Catarina. Éramos dos buenos amigos, éramos dos viejos amigos. A mí me desesperaba ver cómo, entre diálogo y diálogo, ella llenaba una cucharita con azúcar y se la metía a la boca. “¡Prou!”, le decía yo, y ella sonreía. Recuerdo que su gran entendimiento no le alcanzaba para comprender la existencia de un taller de poesía; ella sólo pasaba por ahí y a mí sólo se me había hecho temprano.

Una tarde me leyó los “Cuatro Cuartetos”, de Eliot, y quedé boquiabierto. A los pocos días nos encontramos entre los pasillos de la librería Gandhi, y me convenció de que las casualidades no existen. En fin, ella no tenía edad, y ahora la recuerdo porque me enseñó que las casualidades no existen.

Hace ya varios meses que desde esta inoperancia de lo casual, me vengo preguntando algunas cosas. Me asombra descubrir cómo los asuntos relevantes para el ser humano, por estar muy lejos del pragmatismo cotidiano, carecen de definición. Amar, sufrir, alegrarse, son sólo imposturas, como la política o la solidaridad; esta sensación de vivir en lo perecedero, nos ha llenado de nombres que únicamente ocultan la realidad de lo que somos: sólo olvido en tránsito de olvido.

Estamos, pues, llenos de nombres y de indefiniciones; hay un boquete cada vez más grande entre aquello que nombramos y aquello que ignoramos. La realidad parece un libro gigantesco del que sólo comprendemos las letras, sin entender lo que dicen los espacios en blanco de las páginas: por alguna razón hemos extraviado el código en que están cifrados.  Hasta ahora, el hombre ha ido conquistando medianamente los territorios del nombrar, pero se ha olvidado que la palabra existe solamente en la medida en que habita incrustada en el silencio. La palabra pronunciada tiene la estatura del ojo que se abre, pero el silencio tiene la hechicería del decir callando.

Por eso, ahora que el destino me ha traído a este recinto para hablar de los desafíos de la poesía en el Siglo XXI, tomo la invitación con gratitud y con reserva, pues yo soy solamente un poeta que todavía no aprende a dominar el miedo y que apenas entiende la diferencia entre dormir y despertar. Quisiera decir lo necesario y callar en el momento justo.

A pesar de ello he ido comprendiendo algunas cosas que ahora quiero compartir. Tengo algunos años luchando con las palabras; ellas insisten siempre en llevarme a donde se les da la gana, pero yo me rebelo. Pocas veces les he ganado la batalla, y cuando creo que ya tengo las claves para dominarlas, ellas me rompen la nariz o me patean en la canilla. ¡Cómo disfruto, sin embargo, mis magras victorias! ¡Cómo se muere con ellas cualquier atisbo de soberbia! En la derrota, ellas —las palabras— me han enseñado a ganar y a perder con dignidad. Y es que en toda palabra hay una circunstancia que, por obvia, permanece oculta en el misterio: además de sonido, cada palabra es también una forma del silencio.

Así, todo lo que decimos se sustenta en lo que no decimos, de manera tal que ahora se hace necesario que el poeta aprenda a escribir también con el lado oscuro del sonido, desde el silencio y en el silencio, entendiendo que el lenguaje es una guarida siempre provisional porque siempre es cambiante: una guarida que vive con la tentación de convertirse en cárcel o en camposanto.

La poesía es menesterosa: crea realidades y revela realidades; es clara pero no ramplona, es autónoma pero no egoísta, es abstrusa pero no confusa. Por ser una forma de conocimiento, supone siempre el ejercicio más noble de la crítica. La poesía es, según Luis Cardoza y Aragón, la única prueba concreta de la existencia humana. Por eso no quisiera que se confunda lo que digo; no estoy pidiendo la aniquilación de la palabra, no estoy pidiendo la nada. Estoy simplemente diciendo que, si analizamos la historia de la poesía, nos daremos cuenta de algo fundamental: hace tiempo que la poesía pide que el poeta aprenda a internarse en los territorios del silencio. Mallarmé y los simbolistas comenzaron el descubrimiento; ellos entendieron que ya era tiempo de que la poesía aprendiera a conquistar sin la necesidad de decir, y entonces sólo sugirieron buscando despertar en el otro la elocuencia propia, su capacidad de crear realidades y nombrarlas.

No, las casualidades no existen, y un tiro de dados jamás abolirá el azar. Por eso, en el rostro de la poesía moderna está el rostro de cada uno de nosotros; ése que no queremos ver porque nos entrega realidades infaustas y estremecimientos que nos hacen intuir que el universo tiene otra escala que no estamos en condiciones de soportar.

Y es que el silencio es el espacio puro, ése en el que suelen perderse los niños y del que los regresamos violentamente; ése al que las flores se abren infinitamente, como diría Rilke. El silencio que nos recuerda también que la poesía es una forma de abrir los ojos a lo inexplicable, para trascender las visiones consuetudinarias de la vida; al abolir el preciosismo insustancial, al transgredir las formas fosilizadas de la expresión lingüística, al obliterar la sintaxis y al descubrir la tensión en la que coexisten los tentáculos de la realidad, el poema convierte su lenguaje en una mitificación de lo silencioso.

No hay evasión posible. Lo que no dice la palabra lo grita el silencio; las palabras resultan incómodas para el que vive en la banalidad de su inconciencia, pero el silencio le resulta aún más insoportable. Por eso se le tiene tanto miedo a la poesía, por eso los poetas somos casi como aves de mal agüero: ponemos aserrín en el lugar de la sal y nombramos la soga en la casa del ahorcado.

La poesía ha descubierto así que lo sugerente es más poderoso que lo afirmativo, ya que abre una zona de intersubjetividad que compromete dramáticamente al interlocutor como coautor de un discurso, y por lo tanto de una realidad. A partir de la distorsión, la poesía moderna busca nuevas sensibilidades y con ellas la posibilidad de que la palabra se libere de la necesidad de significar unívocamente; con ello el poema deja de ahogarse en los conceptos y deja también de tropezarse con el melódico organillo de la insustancialidad.  Así, la irrupción de lo sugerente en el poema supone también un severo cuestionamiento tanto de aquello que llamamos “la realidad”, como de aquello que conocemos como “el orden cósmico”; desde entonces las palabras adquirieron propiedades mágicas, dejaron de ser simples herramientas o instrumentos y subvirtieron su vocación de espejo para convertirse en realidades de orden superior. Desde la contradicción, la palabra alumbra universos nuevos que ponen en tela de juicio la realidad y su sentido.

Aun así, lo que hasta ahora ha sido considerado como una especie de refundación del lenguaje, es en el fondo una redefinición de las cualidades del silencio. Cada día la poesía se hace más con lo que callan las palabras que con lo que nombran, cada día son más importantes en el poema lo que dicen los espacios blancos de la hoja de papel; de ahí que el gran reto de la poesía en el Siglo XXI sea el de eludir la circunstancia de que la palabra se convierta en mera concupiscencia sonora, en jerigonza, en cachondeo y en ruido, o bien, que el lenguaje termine de una vez y para siempre enmudeciendo para dejarnos sin mar y sin orillas.

Hace tiempo que la poesía ha ido eludiendo la banalidad de los problemas personales, hace tiempo también que ha perdido la fe en los valores de la racionalidad occidentalizada. El poema de amor ha caído en desuso. No sé si podamos volver atrás y no califico los hechos ni los miro con nostalgia; a fin de cuentas, la poesía es un salto en el vacío y sólo los inocentes (por decirlo eufemísticamente) buscan la salvación en ella.  Martín Heidegger decía que los hombres más arriesgados son los poetas, porque a través de su canto intentan revocar su vocación de vivir a la intemperie desde lo invisible de su intimidad: el poeta canta porque se sabe lejos de la salvación; el poeta quiere, pero su querer no tiene objeto. Su querer no quiere más que eso: es la tiniebla y la fuga, es la huella y el reclamo de lo que siempre está por decirse, de lo que nunca termina por alcanzarse.  Por eso la poesía es (permítanme decirlo con una imagen de Rilke) un caos encrespado.

Pero si la poesía se ha desembarazado del estatuto biográfico del poeta y aún de la necesidad de reflejar la realidad, ¿qué podemos solicitar de ella ahora?

Vivimos en la esquizofrenia. Nuestra relación con lo real se ha mediatizado, es decir, se ha mediocrizado y no puede establecerse sin intermediarios. Hemos desordenado nuestra interacción con el cosmos en la medida en que lo hemos dotado de un orden que consideramos natural. La historia humana nos ha enseñado que la cultura supone la forma en la que el hombre se ve reflejado dentro del universo; los productos del devenir siempre han buscado establecer la manera en que los seres humanos percibimos la realidad. Hoy día, sin embargo, el esquema se ha invertido; la televisión ha irrumpido en nuestra vida cotidiana y ahora resulta que, en lugar de reflejarla, la construye y condiciona. No, la televisión no busca parecerse a la realidad, por el contrario, la realidad tiene cada vez más el aspecto de un mal programa de televisión. Los recientes video-escándalos que han permeado a la política no alcanzan a todos los corruptos; son selectivos y tienen la particularidad de construir nociones de los hechos; no exonero a nadie ni me interesa hablar de complots y mucho menos de asuntos partidistas, yo sólo soy un poeta que quiere entenderlo todo desde su nihilismo: amo la política, pero no creo en los políticos ni en los partidos (nunca he votado y ni a credencial de elector llego); me encanta Dios, pero mi religiosidad es más bien inexistente; además, mis escasos contactos con el poder y con los poderosos, me resultan siempre repulsivos. Lo que me interesa de esa circunstancia escandalosa es el hecho contundente de cómo se construyen realidades y cómo se manipulan en el doble discurso de mostrar algo para ocultar algo. Bien visto, éste es el principio del sinsentido y por ende, del no-pensamiento. Antonio Gamoneda, quien seguramente es en la actualidad el poeta español de mayor relevancia, dice a propósito: “… la democracia se identifica con un pensamiento falaz que segrega un pensamiento programadamente débil (…) la privación de sentido es el arma por antonomasia de la democracia pervertida y falseada”.[i]

Instalada pues en el sinsentido, nuestra sociedad vive en la inmoralidad. Ama la diatriba y el escándalo sin intentar comprenderlos éticamente, adora la fama y la celebridad sin entender lo grotesco que hay en ellas. Vivimos en una sociedad que cierra los ojos a lo injusto de un orden construido en el sinsentido. El filósofo catalán Xavier Rubert de Ventós afirma al respecto: “El poder, violencia física cruzada de violencia simbólica, no sabe sino unificar, es decir, desordenar. Y sólo podemos salvar nuestro medio de tal desorden desarticulando aquella simbiosis de un poder que queda así grotescamente escindido en órdenes inoperantes y símbolos vacíos”.[ii]

Cerrar los ojos y acuñar símbolos vacíos, no son sólo frases efectistas. Casi sin darme cuenta, pero ciertamente buscándolo, se han juntado las dos puntas de la pinza. Hace algunos minutos mencioné que la palabra permite al hombre abrir los ojos y que gracias al silencio el lenguaje se colma de símbolos múltiples. El poeta ha hecho de la palabra un depósito de rebeldía en una sociedad que garantiza su perpetuidad a partir de la administración de los discursos. Foucault dice que, en la medida en que el discurso está íntimamente ligado con el deseo y el poder, en esa medida tiene una potencialidad temible que no debe dejarse al alcance de cualquiera. Por eso, el lugar de la lucha de clases es también el lugar de las batallas por el discurso: de su uso, de su dosificación y de su validez. El poeta abre los ojos, se instala éticamente en el mundo, reconoce la realidad y sus conflictos, se incorpora a sus limitaciones y desde ahí intenta reconstruir la existencia, comprobando que ella es sólo una metáfora del universo. No hay trampa, no hay casualidad, no se muestran los guantes para ocultar las garras: se pronuncia la palabra intentando que con ella se manifieste también lo que habita en el silencio.

A estas alturas se hace necesario establecer una distinción fundamental entre el silencio y el mutismo, porque de ella depende el que nos entendamos de mejor manera. Comenzaré citando un poema de Roberto Juarroz:

 

El retroceso posterior al poema,

la retirada a lo neutro,

a la tierra de nadie de las intermitencias,

la caída hacia el hueco de atrás de las palabras,

allí donde ni siquiera se sabe

si volveremos a hablar,

equivale a la pérdida del reino,

a la inseguridad del retorno a la tierra verbal,

al abandono del único espacio

donde a veces nos sentimos eternos.

 

El contragolpe del poema

nos deja a la deriva entre antiguos cansancios,

ecos irresponsables

que no completan su ciclo

y la cruel deslealtad de las leyendas.

 

El eclipse se extiende

como un ballet pasmado.

Las palabras semejan alas disecadas.

El callejón de la espera

parece aplastar en cada esquina

cualquier posible advenimiento.

 

Y es entonces cuando surge a veces

la verdadera contraseña,

la palabra-silencio,

el signo de la fidelidad de las ausencias,

la reapertura hacia el poema,

que ya no depende de su eventual retorno

ni de su definitivo alejamiento.

 

La fidelidad en las ausencias:

la casa secreta del poema.

 

Me parece que este hermoso texto de Juarroz, contenido en su Poesía Vertical, establece las claves de lo que quiero decir. A final de cuentas, el silencio funciona en la poesía como la contraseña que nos arranca del mutismo. No hay contrasentido; el silencio es el preludio de la revelación y ella no conoce más lenguaje que el de la poesía.  El maestro Gamoneda, a quien ya cité en líneas anteriores, lo dice con claridad meridiana: “… el pensamiento poético se genera en la confusión profunda de una causa musical y una causa significativa. Lo que yo llamo deliberada y hasta provocativamente confusión, es una fusión privilegiada que puede resolverse en revelación (…) el lenguaje poético es inteligible bajo condiciones de sensibilidad. (…) el pensamiento poético es un pensamiento que canta.”[iii]

Así, la fidelidad de las ausencias que devuelven de nueva cuenta al poeta a la epifanía de las palabras, supone un estadio posterior a la circunstancia de haber vivido en la cárcel del mutismo. Estar mudo es estar cerrado a la revelación, por ignorancia o por soberbia; el que enmudece está entonces condenado al alboroto de las palabras y a sus bajas pasiones. La diferencia entre el silencio y el mutismo es diáfana: el primero es una canonjía, el segundo es un castigo; aquél es una elección, éste es una imposición.

La tradición judeo-cristiana nos dice que en el principio fue el verbo y esto implica necesariamente que antes de él lo único que había era silencio. La misma tradición señala que con el final de los tiempos habrá de regresar todo a su estado silencioso. Y es que mientras el silencio anuncia los grandes acontecimientos, el mutismo los oculta; uno convierte en majestuoso todo lo que toca, el otro lo degrada; uno supone celebración, el otro aniquilamiento; uno es el dueño de la verdad que hay en el nombre, el otro es sólo un usurpador de las palabras.

La tierra verbal es entonces el único espacio donde nos sentimos eternos. Ahí el hombre se ensancha, se hegeliza y se newtoniza como dijera Efraín Huerta mientras viajaba por la ruta del Juárez-Loreto, fauleado por los ladrones y las suripantas camioneras del México de los años cincuenta. Pero los territorios del verbo se alejan cada vez más y ceden ante los embates de un mundo que se construye en las imágenes. Los diálogos de los video-escándalos políticos que ya he referido, han pasado de largo a nuestra memoria; del hecho sólo queda la imagen de un hombre guardándose fajos de billetes en las bolsas y aún llevándose las ligas. La realidad es más contundente si se proyecta como imagen televisiva; hay alguien que es más ladrón que todos los ladrones simplemente porque no supo ocultarse del lente de una cámara. De nueva cuenta reitero que lo que pase con este personaje me tiene sin cuidado, que la referencia a estos hechos me resulta un magnífico ejemplo para ilustrar que hay una forma de construir la realidad que busca enmudecernos y que ante ella sólo tenemos por únicas respuestas las respuestas que nos entrega la poesía.

Sabemos ya que la poesía construye realidades ontológicamente superiores y epistemológicamente más profundas que las que construye la televisión. Por eso ella (la poesía) es frecuentada solamente por unos pocos. Ante esa circunstancia no podríamos plantear jamás que entre los desafíos de la poesía en el Siglo XXI esté su popularización; tendríamos que renunciar a la profundidad y al ordenamiento superior para que ello suceda, y eso sería claudicar. La globalización tiene que mirarse desde una perspectiva ética para ponderar en ella su carácter apocalíptico; el mundo global amenaza los aspectos más elementales de lo humano con el agravante de que es arrebatadoramente seductor. Ante ello, la única posibilidad que tienen la poesía y todas las cosas verdaderamente relevantes para el hombre, es resistir. Desde la resistencia, la poesía ha comenzado ya a construir un futuro. Su gran metáfora es la realidad sedienta de frescura, la realidad mejor. Muchas cosas han pasado en el mundo en los últimos años: en la selva amazónica, en Chiapas, en Irlanda, en Irak, en Bolivia, en Sudáfrica y en Afganistán; si las vemos con objetividad suficiente, veremos que en todas ellas la resistencia ha adoptado el silencio como una forma de luchar contra las promesas no cumplidas por el neo-liberalismo. El silencio es amenazador para el vacío y ello inquieta a los poderosos que caen en la cuenta de algo fundamental: ellos tienen la palabra, ellos se apoderaron del discurso buscando enmudecernos,  pero con ello sólo nos pusieron en el camino de engendrar nuestro silencio. Ahora estamos en posibilidad de tomar la sartén por el mango y es necesario que cuando ello suceda lo hagamos poéticamente, es decir, de buena fe. La dignidad del poeta verdadero es absolutamente incorruptible. El poeta se hace cada vez más poderoso en la medida en que se desinteresa del poder.

La poesía no puede claudicar, porque ella es la depositaria de una realidad alternativa. Hemos trascendido ya la noción del poeta mago o del poeta brujo que guarda celosamente el lenguaje de la tribu para que no se extravíe en la oscuridad del devenir, hemos trascendido también la concepción del poeta vigía que atisba el horizonte en busca de territorios, y poco a poco también vamos dejando atrás la idea del poeta dios, para sustituirla por la del poeta como sacerdote del silencio. ¿Hay otra manera de celebrar la vigilia que no sea con el sueño? ¿Hay otra forma —que la de quedarnos callados— de combatir el brutal ruido existencial que padecemos?

El hombre del Siglo XXI no se reconoce más que en la realidad que la televisión le ha fabricado para enmudecerlo. Su forma de callar no es silenciosa sino muda. Debajo de su voz están las malas artes del ventrílocuo: no es dueño del decir y por eso no tiene ninguna potestad sobre el silencio. El poeta del Siglo XXI se reconoce en una realidad distinta y poco a poco va entendiendo que todos, incluido él, se han olvidado del silencio. Por eso ahora busca conquistarlo pues intuye que en él está la clave de la construcción de una realidad menos dolorosa y aún susceptible de ser embellecida.

Voy arribando al final después de haber traído de los cabellos muchos asuntos y algunos recuerdos, como el de aquellas tardes lluviosas en que María Celsa me explicaba que en un mundo en el que todo está cifrado no pueden existir las casualidades. Eliot sonríe en la portada de su libro después de haber enloquecido a su mujer, tal y como debiera hacerlo todo poeta que se precie; abro una página al azar y encuentro lo que dijo el trueno cuando se jorobó el silencio. Otra vez el parto del verbo, otra vez la poesía conquistando el privilegio de callar y el privilegio de resistir y el privilegio de decir.

Me doy cuenta que ha llegado el momento de regalarles lo que empieza a resonar en mi silencio. Tropo 39

[i] GAMONEDA, Antonio. Conocimiento, revelación, lenguajes. Cuadernos del Noreste, 3. León, España. 2000.  P. 20.

[ii] RUBERT DE VENTÓS, Xavier. Ensayos sobre el desorden. Ed. Kairós. Barcelona, España. 1976. P. 9.

[iii] GAMONEDA, A. Op. Cit. Pp. 15 y 16.